Paco Sánchez

Vagón-bar

Marc Marginedas

Los actos meramente imaginados pueden hacer mucho daño o mucho bien, pero todavía permanecen bajo el control de quien imagina y apenas afectan a nadie más. Una vez que lo imaginado se traduce en hechos, y estos tocan el mundo real, ganan vida propia y resultan incontrolables: tanto los buenos como los malos. La recién terminada Breaking Bad lo explica de un modo acertadísimo: de hecho el protagonista pasa las cinco temporadas intentando controlar las consecuencias, multiplicadas, del mal que genera.  Una pretensión imposible. Quizá por eso me asusta tanto dar clase. Puedes hacer daño sin querer, con la mejor voluntad de ayuda. Cuando pasa el tiempo y me encuentro con antiguos alumnos, siento alegría y miedo, porque a veces se quedan con unas palabras que quisieron ser una broma cariñosa, porque me expliqué mal aquel día en clase, porque recuerdan una frase que les ha servido de guía y... bueno, no se corresponde exactamente con lo que pienso ahora. En fin, con el tiempo se aprende que basta con mirarlos bien, quererlos mucho y como son, darles buen ejemplo y pocos consejos. 

Digo todo esto porque, cuando me comunicaron que Marc Marginedas había sido secuestrado por un grupo rebelde mientras cubría la guerra de Siria, se activó una especie de moviola que me llevó a un despacho situado en los sótanos del Edificio Central de la Universidad de Navarra: aquel decorado con los bastidores de un camarote de capitán. Entonces, al igual que otros profesores, recibía allí a los alumnos. Marcos venía muy a menudo y casi siempre nos daban las tantas, de modo que terminaba encaminándome a casa para que no llegara tarde a comer. Cursaba quinto de Periodismo y poseía una determinación muy precisa: quería convertirse en reportero de guerra. Pero le temblaban en la cabeza –su cabeza siempre fue inquieta– muchas dudas. Primero, sobre sí mismo. En su humildad, aquel chaval no estaba seguro de reunir las condiciones adecuadas al empeño que se proponía. Se daba cuenta de que debería dominar varios idiomas y, en una previsión que resultó acertadísima, empezó por el árabe. Pero le volvían las dudas y regresaba al despacho para que se las disipara, quería convencerse. Y yo hice el trabajo que ahora me asusta. 

Marc cubrió en estos años multitud de guerras y se convirtió, en mi opinión, en el enviado especial más completo, fiable y seguro del país, quizá del mundo. La extensísima relación de crisis, conflictos y guerras sobre los que ha informado para El Periódico de Cataluña demuestran sobradamente su valía. Pero si alguien duda, siempre puede leer su libro Periodismo en el campo de batalla

Hemos seguido en contacto, pero apenas nos hemos visto después del lejano junio de 1990 en el que obtuvo su licenciatura. La última vez, hace un par de años, vino por A Coruña y no tuve miedo, sino la sensación de que aquel hombretón ya en los cuarenta y tantos, con un currículo pasmoso a sus espaldas, seguía siendo el mismo chaval lleno de dudas, ilusión y afecto. Alguien que sabe de riesgos y de miedos, pero sabe también por qué y por quién los asume. Poco puedo hacer por él en esta hora de sufrimiento: solo rezar todos los días y ayudar a mantener en la memoria colectiva, a recordar que su liberación sigue pendiente.

 

Paco Sánchez [Com 81 PhD 87] es periodista

 

@pacosanchez

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