Conchín Fernández

El invitado

Madame Efínole

El taller se encuentra en uno de los barrios más deprimidos del centro de Kinshasa. Lo bordea un murete y alrededor, como si fuera el foso de un castillo, un riachuelo de aguas residuales. La calle no está asfaltada y, para llegar, mi 4x4 ha subido y bajado pequeños montículos en los que se acumulan basura y barro. Anoche llovió con mucha intensidad. Aparco. Segundos después se abre la puerta del taller. Con porte de reina, aparece una mujer. Podría ser la dueña de un palacio así vestida, con un pañuelo anudado en la cabeza, y una falda de vivos colores azules y verdes. Es delgada, tiene un cuello largo, de cisne, y una mirada orgullosa. Se mantiene inmóvil sobre la única baldosa que, como un puente levadizo, une el taller con la calle. Veo que cojea. Tiene un bastón en la mano derecha. Comienza a andar y enseguida se aleja entre la bruma. 

Hacía unos meses que había oído hablar de Madame Efínole, pero nunca me había creído la historia. ¿Una señora coja, por la polio, que chapurrea el francés, congoleña y da trabajo a más de 500 mujeres minusválidas? ¿Y que lo ha hecho ella sola, empezando con una máquina de coser, luego tres, luego cinco hasta, veinte años después, dirigir un taller?  ¿En qué cabeza cabe? Y sin embargo, una, dos, tres, siete, diez, veinte y muchas más mujeres salen de esa puerta, sin piernas, sin brazos, cojeando, arrastrándose con las manos, todas sonriendo. Qué espectáculo más increíble. ¿Dónde está el truco? 

Detengo a dos mujeres que caminan juntas, la una apoyándose en la otra. Me disculpo. Les pregunto si trabajan en el taller de Madame Efínole. Me dicen que sí. Parece que están contentas. “Más que eso”, me responde la más joven, “estamos felices porque ganamos un salario”. ¿Quién es esa mujer que ha obrado el milagro de que mujeres minusválidas, viudas, víctimas de guerra, madres solteras o abandonadas por sus maridos, las más vulnerables, las más pobres entre las pobres, se sientan sin embargo felices, sin complejos y con ganas de encarar la vida con la mejor de las sonrisas? 

Entro al taller. Unas cincuenta mujeres se afanan en coser: la una un cojín, la otra un tapete; la de al lado está diseñando un portamonedas, que luego otras mujeres venderán en el mercado, y así ganan todas. El calor es bochornoso, pero ellas charlan animadamente, se ríen, se cuentan su vida. Muchas se han levantado a las cuatro de la mañana. Vienen de muy lejos, a unos 50 kilómetros. O más. Han cogido varios taxibuses hasta llegar aquí, algunas mujeres con muchas dificultades porque los conductores pasan de largo. La muleta ocupa el espacio de un pasajero.

Sigo caminando por el patio. Una decena de chicas aprenden a leer. Son madres adolescentes. Veo que también hay un piso arriba, algo destartalado. Luego me entero de que allí viven catorce mujeres abandonadas con sus hijos. Todas minusválidas. Todas a cargo de Mamá Mosega. A cargo del taller. 

De pronto aparece ella, majestuosa, saliendo del edificio de administración, donde se encuentra su despacho. Nunca la había visto, pero no tengo dudas. Me dirijo corriendo a cogerle la mano. Ya para entonces me ha ganado a través del testimonio de las mujeres. Es un momento emocionante.

—“Gracias por venir”, me dice, a pesar de que no esperaba mi visita, ni sabe quién soy yo, ni por qué estoy allí.

—“Había oído hablar de usted. Sólo quería saludarla y ver su trabajo”, le respondo tímidamente, con miedo a que me eche a la calle. No en vano, había entrado en su propiedad sin avisar, y andaba por ahí como Pedro por su casa, interrogando a todo el mundo, como si fuera Sherlock Holmes. Pero no me echa. 

Al contrario. Con un inmenso cariño, con una voz dulce como la seda, como si yo fuera una más de las muchas mujeres vulnerables que se le acercan cada día a pedirle ayuda, me coge del brazo y me hace sentirme como en casa. Esta mujer tiene luz, incluso algún poder hipnótico. Si hubiera sido una religión, me habría convertido en ese momento a ella. Era fan de Mamá Mosega, y a mí también me hizo muy feliz conocerla.