Javier Marrodán

Presentación

Latidos

Julio Llamazares ha explicado alguna vez que cualquier novela esconde en el fondo un libro de viajes, un recorrido por el mundo, los paisajes, los anhelos y la vida de su autor, casi un autorretrato. Es tan difícil prescindir de la propia biografía frente a un folio en blanco, que su reflexión podría extenderse a otros géneros más impersonales o perecederos. Incluso a una presentación. Cuando Antonio Fontán escribió en junio de 1954 que “Nuestro Tiempo aspira a ser una revista que recoja los latidos de la vida contemporánea” estaba enunciando el propósito fundacional de la nueva publicación, pero también estaba hablando de sí mismo. Las semblanzas que se han divulgado con motivo de su fallecimiento permiten descubrir las múltiples facetas e iniciativas de un hombre que se movía con la misma soltura por la historia antigua y la contemporánea, que intuyó la conveniencia de profesionalizar la enseñanza del periodismo, que suavizó con un bálsamo de respeto y consenso los años difíciles de la Transición, un hombre que emprendió todas sus aventuras académicas, periodísticas o políticas movido por el afán de servicio. Un hombre, en el fondo, que se dedicó a auscultar el corazón de su tiempo, a recoger los latidos de la época que le tocó vivir. 

En este número que se publica 56 años después de aquel Nuestro Tiempo inicial, los propósitos que formuló Antonio Fontán conservan toda su vigencia. Como entonces, la revista sigue dispuesta a “hablar a sus lectores de los temas vivos que configuran la realidad contemporánea”, y mantiene abierta la misma “ventana” que hace medio siglo le permitió a él asomarse “a este mundo nuestro y a sus problemas, a sus dolores y a sus ambiciones”. Los reportajes, las entrevistas, las columnas, las reseñas o el ensayo responden –o pretenden hacerlo– a aquel mismo planteamiento. Las setenta personas que hemos participado en su elaboración, desde Gustavo Martín Garzo, premio nacional de Literatura, hasta la pequeña Cristina Gutiérrez de Cabiedes, fotografiada cuando aún no había cumplido un día de vida, formamos parte de algún modo de la generosa herencia que Antonio Fontán ha legado a su época. De forma más o menos consciente, todos hemos contribuido a perpetuar la cabecera y el espíritu que él quiso para aquella revista que vio la luz en un mundo “divivido por la guerra fría, por los errores políticos pasados y presentes”. Por eso, su corazón sigue latiendo en estas páginas.