Javier Marrodán

Presentación

La lección de Sudáfrica

La primera rueda de prensa que ofreció Nelson Mandela después de 27 años de cárcel se celebró en casa del arzobispo anglicano Desmond Tutu. Más concretamente, en su jardín. Asistieron doscientos enviados especiales de todo el mundo que superaron con entusiasmo cualquier tentación de equidistancia: “El ser humano que había dentro de ellos se impuso al periodista, y de pronto se vieron, con gran confusión y sorpresa por su parte, rompiendo a aplaudir de manera espontánea”, cuenta John Carlin en El factor humano, el libro que inspiró a Clint Eastwood la película Invictus. El mundo civilizado llevaba cuatro décadas abochornado por el espectáculo del apartheid, y el mensaje conciliador y esperanzado de aquel hombre empeñado en deshacer los odios atávicos que dividían su país fue saludado con alegría y esperanza. En un continente desgarrado por algunas descolonizaciones apresuradas y oscuras, Sudáfrica era un país prácticamente abocado a una guerra civil. Y allí estaba aquel ex presidiario sonriente y conciliador empeñado en evitarlo.

Con todo, Mandela era consciente de que el futuro que deseaba para su pueblo no dependía de los apoyos internacionales ni del aplauso de la prensa extranjera: él sabía que el porvenir debían construirlo a la vez los blancos y los negros, a pesar de las heridas que aún los separaban. Por eso, apenas veinticuatro horas después de la multitudinaria rueda de prensa de Johannesburgo, Mandela convocó en su modesta casa de Soweto a cinco periodistas blancos que habían mostrado interés en entrevistarle. Todos eran afrikaners de pura cepa: descendientes, por tanto, de aquellos colonos holandeses que tres siglos antes se habían adentrado audazmente en el interior del país. Uno de los cinco elegidos fue Arrie Rossouw, redactor cualificado de Beeld, el principal periódico del aparato afrikaner. El encuentro fue largo y cordial, según el relato de John Carlin. Mandela les explicó que no salía de la cárcel pensando en la venganz,a y les hizo ver que los afrikaners eran la clave para lograr una paz duradera. “De pronto, me sentí tremendamente privilegiado de estar en su presencia —contaría después Arrie Rossouw. Me vi allí sentado, viendo a aquel hombre, y recordé que había rumores de estaba enfermo, gravemente enfermo, y pensé: ‘Por favor, Dios, que no sea verdad’. Porque comprendí la enorme importancia que iba a tener aquel hombre para el bienestar de nuestro país”.

Los acontecimientos posteriores demostraron que también el diario Beeld tuvo su importancia en la transición pacífica de Sudáfrica, y que supo mantener la posición a pesar de las críticas o de la paliza que recibió uno de sus fotógrafos en una concentración de extrema derecha.

Un eco de aquel deseo repentino de Arrie Rossouw late de algún modo en este número de Nuestro Tiempo. El reciente Mundial de Fútbol ha brindado una imagen de desarrollo, tecnología y entendimiento, aunque no ha logrado disimular la violencia, la pobreza y las desigualdades que Sudáfrica comparte con otros países de su entorno. Sin embargo, los aficionados de todos los colores que hacía sonar a la vez sus vuvuzelas estaban ofreciendo a Occidente un espejo en el que mirarse: ellos fueron capaces de reconciliarse y de cambiar el rumbo de la Historia.