Manuel Conthe

El invitado

Juicios en blanco y negro

En Le Portrait du Diable, el historiador francés Daniel Arasse describe el profundo cambio que el Renacimiento produjo en la representación del diablo: los artistas italianos abandonaron las figuras monstruosas inspiradas en faunos y sátiros —que hacían memorable a unos creyentes incultos los peligros del Infierno— y atribuyeron al demonio rostro humano. Colofón de esa tendencia fue el “El Juicio Final” de Miguel Ángel, en el que el artista, dolido de que el Cardenal Biagio de Cesena, al visitar el proyecto con el Papa, juzgara sus desnudos más propios de unos baños públicos que de una capilla papal, se vengó del prelado retratándole como rey del Infierno. Años más tarde, el religioso y humanista Giovanni Andrea Gilio reprocharía en sus Due dialogi (1564) a Miguel Ángel que hubiera abandonado la tradicional costumbre de pintar a los ángeles con alas, y a los demonios de color negro, con cola y grandes cuernos, “para que así se pudieran distinguir con facilidad unos de otros”. 

El reproche de Gilio es trasunto de esa inclinación humana a dividir el mundo entre “buenos” y “malos”, atribuyendo a los primeros un amplio abanico de virtudes y nobles propósitos, y a los segundos un sinfín de defectos y aviesos propósitos. Esa tendencia sería denominada “efecto aureola” (halo effect) por Edward Thorndike, un psicólogo americano que, al estudiar durante la Primera Guerra Mundial cómo evaluaban los oficiales a sus soldados, comprobó que cuando un soldado era evaluado favorablemente, lo era en casi todos sus rasgos (inteligencia, puntería, liderazgo…); y si su superior tenía de él mala opinión, se extendía a todos sus rasgos. En los años setenta, un estudioso de las relaciones internacionales, Robert Jervis, constató una polarización parecida  —que llamó “belief overkill” (“monolitismo de creencias”)— sobre los ensayos de armas nucleares; y otros investigadores sociales percibieron un fenómeno similar sobre la pena de muerte: quienes la rechazaban por razones morales, la creían también ineficaz para prevenir delitos; y quienes la admitían moralmente, elogiaban su efecto disuasorio, sin que nadie la rechazara por razones morales a pesar de atribuirle eficacia disuasoria.

Esa monolítica visión del mundo en blanco y negro arraigará odios viscerales entre naciones, aficiones o grupos sociales enfrentados; dividirá a los ciudadanos entre quienes ven en un mismo magistrado, Baltasar Garzón, a un heroico martillo de dictadores y corruptos, víctima de una conjura ultraderechista, y quienes ven solo en él a un magistrado fatuo, descuidado y con ambiciones políticas; llevará a los ingenuos a depositar una confianza ciega en el prócer financiero bien relacionado, aunque se llame Madoff y les acabe desplumando; y hará, en fin, que atribuyamos virtudes inexistentes a quienes admiramos y exagerados defectos a quienes odiamos. 

En una de sus memorables películas en blanco y negro, El hombre que mató a Liberty Valance, John Ford narra el regreso del prestigioso senador (James Stewart) al pueblo del que se convirtió en héroe años atrás, cuando mató en duelo a Liberty Valance, un forajido que les atemorizaba. Regresa para asistir al entierro de un cow-boy bebedor (John Wayne) con quien trabó amistad. Cuando un periodista le pide que rememore su heroica gesta –en la que, sin experiencia con armas de fuego, abatió a un diestro pistolero–, el senador le desvela un secreto: fue el cow-boy quien, a sangre fría, disparó la bala que abatió al malhechor, según le contó para que no se atormentara por haber matado a un hombre. Conmocionado por la inesperada revelación, pero reacio a destruir el mito, el periodista pronuncia una célebre frase que, seguida a rajatabla por muchos cronistas a lo largo de la Historia, ha protegido tantas aureolas: “Cuando la leyenda se convierte en realidad, publica la leyenda”.

Yo discrepo: prefiero que las películas y los juicios sean realistas y en color, como los frescos de Miguel Ángel en el “Juicio Final”.