Enrique García-Máiquez

Ahora bien

Gran hermano; hijo pequeño

Ayer, al darme el beso de buenas noches, a las nueve y media, exclamó mi hijo de cuatro años: «¡Qué bien afeitado!». A las siete de la mañana, en efecto, había cambiado la cuchilla. Quedé KO, como si en vez de un beso me hubiese dado un directo (sentimental) a la mandíbula. Y esta mañana se ha acercado al ordenador a darme el beso de despedida antes de irse al cole. Le ha sorprendido encontrarse en mi pantalla una mujer desnuda. No decía nada, pero me miraba. A él no iba a leerle «Claudia, cuya virginidad cuidaron los ángeles», el poema de Ibáñez Langlois, ilustrado por un cuadro de Egon Schiele, pero le he explicado que el arte extiende un pudoroso velo invisible. 

No sé si lo ha entendido, sí que se ha ido muy contento. Con lo que me preocupa, en estos últimos tiempos, el Gran Hermano posmoderno, un hijo pequeño es más implacable, su opinión importa mucho más y mi responsabilidad es infinitamente mayor. Vivir con tus hijos es estar bajo unos ojos a los que no escapa nada. Claro que, para los creyentes, por encima del Gran Hermano e incluso del hijo pequeño, está Dios Padre, que no duerme. Por seguir con el arte, en la «Mesa de los Pecados Capitales» del Bosco, el centro del círculo representa la pupila de Dios, con esta inscripción aclaratoria, por si alguno aún quiere hacerse el tonto: Cave cave D[omin]us videt («Cuidado, cuidado, Dios lo ve»). En una cámara de tortura de Éfeso grabaron la inscripción Inde Deus abest, esto es, «Donde Dios no está», porque los torturadores no podían trabajar con la mirada silenciosa de Dios sobre sus hombros. En un poema, José Jiménez Lozano relaciona aquella inscripción con la tranquilidad de conciencia que a los torturadores del Gulag y de Auschwitz dio la supuesta muerte de Dios.

Hasta cierto punto el Gran Hermano insomne viene para ocupar el hueco del Dios que velaba; y, por eso, ni los creyentes ni tampoco los que tenemos hijos pequeños debemos tenerle miedo ni respeto. Me lo digo para levantarme el ánimo porque justo antes de que el beso de buenas noches de mi hijo diese el pistoletazo de salida a estas reflexiones, andaba, como decía, preocupado con la cuestión.

Había discutido con algunos amigos más taurinos que yo y que, sin embargo, afeaban a Rivera Ordóñez la torpeza de colgar una foto en las redes sociales con su pequeña toreando, sin importarles que fuese un instante para cumplir una tradición familiar. Por supuesto, si yo me echase a torear siquiera un gato con mi hija en los brazos (y hasta solo) sería un loco de tomo y lomo. Pero a Rivera le sobra oficio. También hay turistas que llevan a sus niños a países perdidos, y navegantes que dan la vuelta al mundo con sus pequeños, y ciclistas que atraviesan la ciudad frenética con el bebé de paquete. Todo depende del dominio que los padres tengan de la actividad. La máxima protección, por regla general, es el amor paterno; y entrometerse ahí, fuera de casos patológicos, termina siendo más peligroso que lo que se pretende evitar. Pero lo políticamente correcto se entromete en todas partes. El Gran Hermano acaba siendo un abusón temible, propenso al bullying

La única escapatoria es plantarle cara. Que nuestra vida privada no lo sea porque la privamos a los ojos de todos, sino porque es privativa y la vivimos en plena propiedad, libremente. Recuerdo una idea de Julián Marías. Frente a la falta de intimidad del mundo moderno, no hay que tener nada que esconder. La mejor protección ante la transparencia es la limpieza. A la que nos ayudan los ojos de nuestros hijos pequeños porque son la prueba del algodón más blanco. 

Ahora bien, no todo es blando y esponjoso. Se necesita valor. Si pensamos que algo no tiene que avergonzarnos ante nuestros pequeños o frente a Dios, o que incluso puede enorgullecernos o que es necesario, no podemos achantarnos por el Gran Hermano. Si rabia, que rabie. Ya se le pasará.