Antonio Argandoña

Cátedra abierta

El Gobierno reparte camellos

No es un anuncio de un nuevo servicio ofrecido por nuestras autoridades, sino un chascarrillo para explicar el Estado del bienestar. Cuentan que iba por el desierto un beduino con su camello y que, al pasar junto a una tienda, oyó gritos. Entró y vio a tres hermanos peleándose. «No os peleéis, ¿qué pasa?». «Se ha muerto nuestro padre y nos ha dejado once camellos, y nos ha dicho: la mitad para el mayor, la cuarta parte para el segundo y la sexta parte para el tercero… y no matéis ningún camello. Y once no es divisible por dos, por cuatro ni por seis…». «¡Oh, no os preocupéis! —dice el beduino— os regalo mi camello». Así llegan a doce camellos: seis para el mayor, tres para el segundo, dos para el tercero; y sobra un camello, que el beduino se vuelve a llevar.

En nuestra sociedad el repartidor de camellos es el Estado, que da pensión al que se jubila, asistencia médica al enfermo o seguro de desempleo al parado. Los ciudadanos estamos sujetos a numerosos riesgos. Si son de pequeña cuantía, como una gripe, no necesitamos ayuda, pero sí si son grandes, como un trasplante de corazón. 

Algunos riesgos los pueden cubrir los seguros privados, pero no otros. Para un trabajador, por ejemplo, podría ser muy tentador ponerse de acuerdo con su jefe para que le despida y tomarse unas vacaciones largas, pagadas por la oficina de desempleo. En estos casos, se establece un seguro obligatorio para todos, con el que ampara las necesidades de todos los que pierden su empleo, estableciendo controles para que no produzcan abusos como el mencionado antes. Así funciona, el menos en teoría, el Estado del bienestar. 

Pero también tiene problemas. Los trabajadores pagan sus cotizaciones sociales cuando trabajan, y cobran cuando dejan de hacerlo. Esto, claramente, castiga la eficiencia económica e incentiva conductas oportunistas, como «vivir del desempleo» o engañar para cobrar una pensión. Los problemas éticos son importantes, aunque los políticos les presten poca atención y los ciudadanos acaben convencidos de que esos derechos caen del cielo para que paguen otros y me beneficien a mí.

De modo que llegamos al problema de la sostenibilidad del Estado del bienestar. El beduino del cuento necesita recuperar su camello, por lo que deberá de resolver el problema de los tres hermanos. Y de no hacerlo ya no podrá ayudar a otros. De esta manera, la actividad productiva debe generar ingresos suficientes para cubrir los gastos, y el recurso a la deuda es limitado porque, al final, hay que devolver el préstamo recibido. 

Este problema se complica al incentivar la generalización de las prestaciones. Todos queremos la mejor sanidad, y gratuita, pensiones más altas y mejores escuelas. Todo gratis, claro. El beneficiario no carga directamente con el coste, de modo que siempre deseará más, y los políticos se lo concederán, porque esto proporciona votos. Y, además, las necesidades aumentan por causas externas, como el crecimiento de la población, en el caso de las pensiones, o el progreso tecnológico, que dispara los costes de la atención sanitaria. 

Decididamente, el Estado del bienestar es un gran invento. Pero ha de ser eficiente, justo y sostenible. Habrá que reformarlo, eliminando, por ejemplo, algunas de las características que tiene en nuestro país, como su elegibilidad universal —todos, ricos y pobres, tenemos derecho a toda la atención sanitaria— o la igualdad de acceso —por ejemplo, una prestación por desempleo dirigida a proporcionar ingresos al parado, en lugar de animarle a encontrar empleo—.