Rafael Domingo

Cátedra Abierta

Entre el chronos y el kairos

Los griegos llamaron kairos, a diferencia del monótono tiempo secuencial (chronos), a ese instante fugaz, momento adecuado, en el que algo importante sucede. Kairos es la ocasión, la oportunidad favorable que cambia el destino del hombre. Es el dies veniens, ese tiempo en el que todas las circunstancias convergen para la obtención de un máximo rendimiento. Kairos es fortuna, riesgo y peligro. Un segundo, un instante radiante que se inmortaliza. De alguna manera, es el Aleph.

La escultura de Lisipo alegórica del kairos fue colocada en su propia casa, en el ágora de Sikyon, y al pie de ella se esculpió el famoso epigrama de Posidipo. El kairos se muestra de puntillas, con alas en los pies y el cabello sobre sus ojos para que pueda asirlo quien salga a su encuentro y no, en cambio, quien lo persiga. Dice Ausonio, que el arrepentimiento, la metanoia, camina en pos del kairos cuando este emprende su fuga. El kairos es único e irrepetible. Si se aprovecha el instante, se eterniza; cuando se duda, se esfuma, como todo lo pasajero. Kairos es el siempre hecho hoy y ahora para que el instante se transforme en un siempre. Kairos es el “I have a dream” de la oratoria, pero también de la música, el arte y las ciencias. Es el “No tengáis miedo” de la religión y la poesía. Kairos es el punto de inflexión, de ruptura, de conversión. Es el momento en que el artista deja de hacer para que su obra prosiga su propia vida. Los impresionistas pintaron el kairos irrumpiendo en el chronos: el instante de luz sin formas subyacentes.

Kairos es el momento en que una mujer se sabe madre, en que un general intuye el triunfo de la batalla, en que el ideal de un político cautiva a su pueblo, en que el juez toma su decisión inapelable en un hard case. Kairos es el instante en que la voz humana irrumpe en la novena sinfonía de Beethoven, del apretón de manos que pacifica dos pueblos, de la entrega del libro que cambia una vida, de la mirada que convierte en amantes eternos a dos extraños. Kairos fue el instante de la conversión de Saulo, del descubrimiento del Nuevo Mundo, el minuto universal de Waterloo o de la primera huella humana en la Luna. Pero sobre todo el instante de la encarnación del Logos, del ¡hágase! virginal. Kairos es el punto de encuentro entre la providencia, el cosmos, la persona y la historia, entre el ius y el fas. Es la flecha divina que atraviesa el tiempo para herir de amor el corazón del ser humano.

El conocimiento científico es al chronos lo que la intuición artística es al kairos. El chronos es reglado, ordenado, metódico, principial; el kairos, en cambio, genial, litúrgico, transcendente. Kairos y chronos se complementan, como la cerradura y la llave. Pero son autónomos, tienen sus ritmos, sus secuencias y espacios.

Para mí, educar es preparar el chronos personal para el advenimiento del kairos. Sí, los años universitarios, de creciente práctica académica y fuerte pasión intelectual, son tiempos de chronos y kairos. En ellos, el chronos se entrecruza con el kairos como los eslabones de una cadena. Son años de lectura y estudio, de reflexión atenta y debate intenso, es decir, de rutina, de chronos, pero también de intuiciones geniales y decisiones firmes (kairos) que comprometen la vida de un corazón joven. En el fondo, un buen campus universitario es un lugar donde se vive en la monotonía del chronos respirando kairos. Quizá esto explique cuanto pasa en el campus de la Universidad de Navarra.

Rafael Domingo [Der 85  Phd 87]  es senior fellow en Emory University (EE. UU.) y catedrático de Derecho Romano de la Universidad de Navarra.

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