Jorge Latorre

De tejas arriba

Elías Querejeta y la memoria de la Transición

La muerte de Elías Querejeta ha provocado, como era de esperar, un aluvión de artículos de homenaje, muy merecidos sin duda, al que fue la conciencia política española de la Transición democrática. La carrera cinematográfica de la productora Querejeta ha hecho ver la luz a más de 70 proyectos, entre los que destacan muchos primeros premios, y grandes obras de arte; un conjunto ejemplar de películas realizado a pesar de la censura y por encima de regímenes políticos y condicionantes socioeconómicos diversos, que habla con brillante elocuencia sobre el buen hacer del productor. No podríamos hablar hoy del cine de autores consagrados como Carlos Saura, Jaime Chávarri, Víctor Erice, León de Aranoa, etc. sin el apoyo de Querejeta, empero los normales conflictos y desavenencias que se producen siempre entre director y productor, como ocurrió con Erice en la realización de El Sur (1982), que motivó la separación profesional de ambos. Pero El espíritu de la colmena sobre la que he escrito un extenso ensayo (Tres décadas de El espíritu de la Colmena, 2006), salió adelante gracias a él, a pesar de las críticas adversas de los que ahora tanto la alaban:

"Querejeta realiza un cine culturalista, ambiguo, consumido y producido para y por la pequeña burguesía, críptico, lleno de tics neuróticos, con abundantes tendencias hacia la abstracción, que ni cuestiona la realidad, ni sugiere nuevas formas de interpretarla, ni propone modelos progresivos de convivencia, y que difícilmente puede ser asimilado como ejemplo de cine que pretende transformar la realidad y explicarla según los intereses de la mayoría de la población"(1).

Quizás este tipo de críticas desde la entonces alternativa ideológica progresista, según metodologías tardomarxistas, influyeron demasiado en que el productor se volcara en un tipo de cine social de carácter político que, aunque implicaba un compromiso con su propio tiempo, menguó la proyección universal de buena parte de su producción, que no supera, salvo las excepciones citadas, los umbrales de lo que fue calificado certeramente por Quintana como “realismo tímido español” (2). Hay sin duda en la obra producida por Elías Querejeta una defensa de la injusticia política y social y una toma de postura en favor de los más desfavorecidos, pero con una visión excesivamente trágica y desesperanzada que, aunque busque la reacción contraria en la audiencia, como ocurre en las tragedias positivas del realismo socialista, produce un vuelo excesivamente corto y local.

Por eso, Querejeta no será, salvo en algunas excepciones, la memoria imperecedera del tardofranquismo y la Transición española, como lo fue Víctor Hugo para la Francia que le tocó vivir. Cito a Víctor Hugo porque, viendo la reciente adaptación cinematográfica de Los Miserables de Tom Hooper, que añade el despliegue escenográfico de Hollywood al musical ya consagrado, no he podido evitar pensar que quizás el siglo XX sólo ha sido un paréntesis en la historia, y que seguimos dependiendo todavía de los grandes artistas que unían a la conciencia social y el talento poético, una visión más transcendente del tiempo y del ser humano, que tanto se echa en falta en el arte contemporáneo y en buena parte del cine español más reciente. En su libro Dios lo ve, Óscar Tusquets ha sabido expresar de modo simpático y actual estas ideas:

"Si el arte como educación nos parece catequesis; el arte de denuncia, un ajuste de cuentas; el arte de propaganda, vana publicidad; el arte como satisfacción del público, pura comercialidad, y el arte como novedad, lo más déjà vu, ¿qué nos queda? Nos queda una dimensión espiritual? ¿Puede existir un Arte trascendente totalmente agnóstico? En vista de lo que el agnosticismo es capaz de producir, y aunque la existencia de Dios no nos acabe de convencer, ¿no sería mejor hacer como si Dios existiese y pudiese juzgar nuestras obras?".

George Steiner habló mucho también del arte como forma de destino, y la decadencia inevitable que produce esta pérdida de una referencia trascendente: donde la presencia de Dios ya no es una suposición sostenida, donde su ausencia ya no es un peso sentido y, de hecho, abrumador, ahí no pueden alcanzarse ciertas dimensiones del pensamiento y de la creatividad. Esa forma de mirar el cine como arte es la de Víctor Erice, como supo ver muy bien Antonio López hablando de él, en relación con el famoso documental El Sol del Membrillo (1992) que hicieron juntos, pues Antonio López fue también productor in extremis (o no se hubiera terminado), además de protagonista:

"El arte surge casi siempre porque está el espectador detrás, pero de vez en cuando surge el arte que tiene un destino, que se hace para Dios, que se hace en una especie de despojamiento de la vanidad, de la soberbia, de todos los elementos impuros. Y eso ocurre muy pocas veces. Entonces es cuando aparece el tiempo... Víctor tiene mucho desdén por todo lo superfluo (...) Él llega hasta el final, hasta el desastre. Yo entiendo muy bien esa postura pero lo veo como algo temible".

No cabe duda de que hacer este tipo de cine implica una actitud muy arriesgada, que Querejeta no quiso o no supo asumir, pues de lo contrario tendríamos muchas más películas como El Espíritu de la colmena, y El Sur estaría terminada. Opino que una visión del cine como arte-compromiso que trasciende el tiempo, y no sólo como compromiso de denuncia política y ajuste de cuentas hubiera beneficiado mucho a toda la producción de Querejeta, que pasaría a la historia como la verdadera memoria de la Transición y no tan sólo como un importante capítulo, quizás el más largo e interesante, de la historia del cine español.

Pero no quiero que este artículo parezca un ajuste de cuentas a los difíciles y apasionantes tiempos que le tocaron vivir a Querejeta, que son también los de mi infancia y adolescencia, sino un homenaje agradecido al productor-cineasta español por excelencia. Terminaré por eso con una anécdota que le oí contar al propio Querejeta en el Festival de San Sebastián de 2003. Cuando jugaba todavía en la Real Sociedad, que estaba en primera división, su amigo Eduardo Chillida, que había sido también de la Real, le dijo un día después de un buen partido de fútbol: “Elías, juegas muy bien; déjalo ya, o te pasarás toda tu vida detrás de un balón”. Elías contaba que, como siempre que hablaban de vasco a vasco, con palabras justas, esenciales, le hizo caso; y no se arrepentía, pues ha disfrutado mucho haciendo cine. También nosotros agradecemos a Chillida su consejo, y a Elías Querejeta ese pequeño sacrificio de entonces que ha significado tanto para el cine español.

 

(1) PÉREZ PERUCHA, Julio, “Tres años de cine español: la vía Querejeta hacia el posibilismo”, en Ínsula, n. 327, febrero de 1974. 

(2) QUINTANA, A. “Modelos realistas en un tiempo de emergencias de lo político”, Archivos de la Filmoteca, n. 49, 2005.