Cristina Abad

El periscopio

El saber no ocupa lugar

Por San Jorge fue un libro y una rosa. Y por mayo, la presentación en la Feria del Libro de la plataforma digital creada por Mondadori, Planeta y Santillana para lanzar al mercado 7.000 títulos en e-book. ¿Qué dirían el Bardo de Avon y el Manco de Lepanto si levantaran la cabeza?

Cuando San Juan redactó su evangelio, los libros eran unos aparatosos rollos de papiro: “Hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales, si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir”.

Quizá Gutenberg pensó en la Biblia como primer libro impreso para responder al reto del evangelista y, ciertamente, inundó el orbe con los hechos y las palabras de Cristo, aunque, después de cinco siglos, todavía nos queda espacio. Hoy, el saber apenas ocupa lugar en unos pocos kilobytes de memoria y su capacidad de difusión es prácticamente ilimitada. Con el libro digital ya no nos ocurrirá lo que a don Quijote de la Mancha, que “llegó a tanto su curiosidad y desatino (…) que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos”.

Ipad, Kindle. Los escritores y editores tiemblan. La espada de Damocles pende sobre al mercado literario. ¿Leeremos más en un futuro próximo? Dudo que los que no leen en papel se animen ante la novedad digital, pero los lectores voraces leeremos más, sin duda. No reniego del progreso y prueba de ello es que he sido capaz de leer en la estrecha pantalla de mi PDA Ana Karenina, El retrato de Dorian Gray, La metamorfosis, La carretera y El candor del Padre Brown. La pregunta es: ¿Leeremos mejor? El e-book tiene sus ventajas: la ligereza, la portabilidad, la accesibilidad. Pero hay algo de relación amorosa entre el lector y el libro que pasa por la materia y que se pierde con el formato digital. Es posible que sea sólo cuestión de acostumbrarse, como lo hicieron nuestros antepasados del siglo XV al pasar de la miniatura y el rasgo vigoroso de la pluma a la letra de caja despersonalizada y fría como la lápida de un difunto anónimo. Esa relación está llena de pequeñas costumbres, de guiños, de ritos: el tacto del papel, el modo personalísimo de pasar las páginas humedeciendo el índice, las esquinas dobladas, las notas al margen que encontramos al curiosear en la biblioteca familiar o en la librería de viejo. Las fotos, los pétalos, los calendarios pasados… Todo esto perdemos como se perdieron las declaraciones de amor al pie de la ventana.

Los años, los meses, los días perdidos por librerías y bibliotecas; la ansiedad de la búsqueda, la ilusión atesorada, el afán con que arañamos el sueldo a fin de mes, el temor a que se agote la edición, la dicha incomparable del encuentro. Hay libros que nos transportan a noches de lectura clandestina con linterna bajo las sábanas, pasado el toque de queda infantil; libros jóvenes, vibrantes, de lomos prietos, que nos abrieron la mente a la verdad, a la vida y al amor, y que aguardan en sus estantes como testigos de nuestro crecimiento; libros-reliquia con reúma entre las páginas, de tapas desvencijadas que pican en las manos, en la nariz y en el corazón. Libros que son regimientos en orden de batalla, como los del padre de Profi, el niño judío de Una pantera en el sótano; libros que acaban por secar el cerebro, como los que, de claro en claro, leía don Quijote.

A un clic de iBookStore o de Amazon las cosas se ven de otra manera. Se da rienda al deseo, y, como pasa con todo consumismo exacerbado, la satisfacción dura menos. Asistiremos a una saludable convivencia generacional, hasta que, con los años, acabemos por acostumbrarnos a no palpar, no oler, no tener una manera personal e intransferible de amar las obras literarias. Es ley de vida. El progreso es inexorable y positivo. Pero déjenme que en estas postreras horas cante mi elegía al libro impreso. Después de más de quinientos años lo merece.