José Julio Cabanillas

El invitado

El oficio del poeta

Desde que se instaló la sociedad industrial, los escritores buscaron algún lugar en ella, pues mal que bien el mecenazgo les había hasta entonces facilitado la vida, al menos la de sus bolsillos. Los novelistas encontraron acomodo en los periódicos, con aquellos novelones por entregas tan leídos entonces; además, la prensa política del siglo xix no se había alejado del todo de la vida literaria. Los autores teatrales siguieron estrenando con frecuencia en los teatros públicos.

Sólo los poetas parecen desnortados en las nuevas circunstancias. Charles Baudelaire, el padre de la poesía contemporánea, parece ser el símbolo de ese desarraigo. Sus melenas pintadas de verde, sus flores del mal, su afán por escandalizar al acomodado y gordo burgués, nos lo manifiestan. Desde entonces, con él queda fijada la imagen del poeta maldito, que vive en su buhardilla porque su oficio no da beneficios. Una corte de tipos bohemios, melenudos y hampones es la imagen que todavía  evocan muchas personas cuando oyen hablar de un poeta. Para Baudelaire, el poeta es un albatros, un ave acostumbrada a vivir en mares abiertos y cielos infinitos. Cuando los marineros alguna vez lo cazan, se entretienen quemando y mutilando su pico y sus alas. Doloroso destino el del poeta que anhela la eternidad, el infinito, la belleza, la unidad del ser todavía anclado en sus transcendentales. Qué es lo que encuentran a cambio, sino una ciudad fea y negra, hiperactiva, donde esos valores han perdido definitivamente vigencia social.

Da la impresión de que el poeta no ha encontrado su sitio en este mundo. Y debemos poner énfasis en lo de este mundo, porque el mundo de verdad –no éste de mentirijillas creado por los hombres– ha salido de las manos de Dios y es fuente inagotable de inspiración y maravilla. Dios le entregó a Adán la capacidad de poner nombre a los animales que le presentaba. Y esa capacidad, incluso en estado de naturaleza caída, el hombre la sigue conservando, para su alegría o su daño. El libro de la creación se nos ha ido llenando de erratas. Donde pone miel, reescribimos hiel y donde luz, pus y así un interminable borrón de erratas.

¿Cuál de los dos mundos es cierto? Don Quijote anda perplejo entre los dos. ¿Es que es un loco? Lo que es castillo, cuatro gañanes lo llaman venta y a quienes son damas del más cortés requiebro esos mismos gañanes las tratan –¡menudos insensatos!– de mozas del partido. El mundo entero –desde el lucero al grillo– que a cada instante  es sostenido en el ser, ese mundo de verdad el poeta lo nombra procurando evitar erratas y malentendidos. Es como si de aquella tierra novísima del Edén, todavía se conservara una veta fértil en medio de esta tierra agrietad y estéril. El poeta –como todos los hombres con ojos en la cara– planta su casa en esas vetas del remoto Edén.

A quien tiene casa en tan buena tierra, qué le importa el desarraigo social, no pisar moqueta ni áureas rotativas, no tener un ático en Serrano. Todo eso forma parte del continuo ejercicio de purificación de todo poeta que sea tal. Al cabo, se trata de arrancarse, aunque duela, esas escamas de los ojos que nos hacen ver el mundo cosificado, gris, como algo sólido, estable, inmóvil. O sea, una máquina engrasada por el azar y las leyes químicas, donde todo está explicado y archivisto. Si el poeta logra quitarse esas escamas verá con claridad que el mundo no es un mecanismo, sino un esplendor que le ciega, que casi, casi le deja sin palabras.
 
Uno va por la calle o en un parque y ve a un joven sentado solo en un banco. Tiene un libro en las manos. Por un instante levanta los ojos de las páginas y mira al aire, no sabemos qué, con cara de estar papando moscas. Alto ahí, lector amigo, guardemos respetuoso silencio. Ahí está un poeta. Ahora mismo anda de memoria a pasitos torpes por el mismísimo Edén. Tiene en las manos una enorme, invisible goma de borrar. Está devolviéndole al mundo su esplendor primero, está borrando erratas.