Ignacio Uría

La primera

Divino Manuel

Poco a poco anochece camino de Belén y, entre sombras, se recorta la figura de José y María. Él camina en silencio agarrado al ronzal del borrico, ella se arrebuja en su capa para no coger frío. No hablan y apenas se miran cuando atisban la aldea. Son dos judíos que deben cumplir con la ley de Roma. Una ley ajena, pero que acatan aunque suponga un penoso viaje desde Nazaret. Sobre todo para ella, embarazada de muchos meses.
Ya es de noche en Belén. María reza sobre la montura mientras le dice dulzuras al niño que lleva dentro. Tiene miedo y siente paz. Todo al mismo tiempo, así es la vida. Sabe que pronto nacerá el Hijo de Dios y ella es su Madre, Inmaculada. Está preparada para acunarle y darle besos, para pasar noches en vela cuidando de Él, el Salvador, el Cristo Jesús.
Mientras María se deshace en ternuras, José rumia empeños. Tiene que encontrar posada, pero el mundo desconfía de un extraño que, de noche, llama a las puertas. Una tras otra llegan las negativas. “Está todo lleno”, “Es muy tarde”, “No hay sitio libre”. La Virgen observa un poco triste a José al oír las negativas. Él es bueno y siempre ha aceptado la voluntad de Dios. Aunque no la entienda, aunque otros le inviten a repudiar a su mujer, encinta sin haber conocido varón.
Un herrero les dice que a las afueras hay unas grutas donde se resguarda al ganado. Quizá allí encuentren refugio. José agradece el consejo mientras María escucha. Él la mira con infinita ternura, pero un fuego interior le abrasa. Ella, mujer al fin, adivina sus pensamientos e insiste. “No te tortures, José. Dios está con nosotros”. Es cierto. Dios les acompaña desde el principio de los tiempos, desde que los eligió y les dio un nombre. Son hijos suyos, hechos a su imagen y semejanza, escogidos para ser los padres del Mesías, el Redentor, el Ungido. ¿Qué pueden temer?
Con esfuerzo, el asno sube una pequeña loma. Atrás han dejado a unos pastores que les indican el camino. Hace frío y es de noche, pero nada importa ya. Nada importa. Dios está con ellos. Sólo Dios basta.  Sin darse cuenta, sin ruido de palabras, va a comenzar el hecho más transcendente de la Historia. En realidad, el único acontecimiento verdaderamente histórico. Será en una remota aldea de cabreros, en los confines del Imperio, mientras los grandes y los poderosos oprimen a sus pueblos y los aplastan y los tiranizan, ajenos al Dios que llega. En Belén de Judea el Niño está a punto de nacer. Divino Manuel.