Dánel Arzamendi

Firma invitada

¿Democracia universal?

Era difícil imaginar que la muerte de un vendedor ambulante de Sidi Bouzid terminaría haciéndose un hueco en nuestros libros de Historia. El joven tunecino Mohamed Bouazizi mantenía precariamente a su madre y a sus seis hermanos con un modesto puesto de verduras. Todo cambió hace cuatro años, cuando su desesperada situación económica le llevó a inmolarse ante un edificio oficial. Jamás intuyó que su arrebato de furia acabaría dinamitando el panorama político en el norte de África y Oriente Próximo.

Aunque los efectos de la Primavera Árabe aún colean en la región, puede que tengamos la suficiente perspectiva temporal y emotiva para analizar su resultado con cierto fundamento. Pese a tratarse de un movimiento geográficamente heterogéneo, existieron algunos factores previos que permitieron englobar estos levantamientos en una misma marea: falta de libertades democráticas, precariedad económica agudizada por la crisis de 2008, progresivo peso social de una juventud crecientemente informada, etcétera. La población compartía el deseo de reventar el statu quo, pero no existía el menor acuerdo sobre qué ruta tomar a partir de entonces.

Esa falta de consenso en el objetivo final favoreció que los máximos dirigentes europeos observaran con inquietud los derrocamientos de Ben Ali, Gadafi y Mubarak, una actitud que la ciudadanía occidental no compartió en su momento pero que se ha confirmado como atinada: Túnez es hoy un país menos próspero y en equilibrio inestable por las tensiones entre islamistas y laicos; Libia ha celebrado recientemente unas elecciones constituyentes sin apenas participación, inmersa en una violencia crónica; Egipto vuelve a estar en manos de los militares, tras el problemático gobierno de los Hermanos Musulmanes de Morsi; Siria ha sido devastada por una guerra con más de cien mil muertos, y se enfrenta ahora a un movimiento fundamentalista que ha dejado trasnochado nuestro concepto del horror…

Las revueltas que persiguen la conquista de libertades públicas pueden fracasar por diferentes motivos: imposibilidad de derribar las estructuras previas, insuficiente respaldo popular, traición de los líderes rebeldes a sus principios originarios, etcétera. El movimiento que nos ocupa superó en gran medida estas dificultades, pero no llegó a buen puerto. ¿Por qué? Todo apunta a que la Primavera Árabe fracasó antes de nacer.

Uno de los reduccionismos más frecuentes en el análisis político consiste en identificar la democracia con el hecho de votar. Los referendos franquistas o los comicios alemanes de los años treinta parecen haberse perdido en nuestra memoria, y aplicamos automáticamente el adjetivo democrático al vencedor de cualquier votación. Olvidamos que junto a la democracia formal, centrada en los aspectos procedimentales, existe otra sustantiva, tan importante como la anterior, referida a sus principios irrenunciables: libertad ideológica y religiosa, igualdad de derechos entre hombres y mujeres, pluralismo político, libertad de expresión y de información, etcétera.

Parece que algunos bienintencionados seguidores de la Primavera Árabe lucharon por implantar sistemas de participación política sin tener en cuenta el perfil ideológico de gran parte de sus conciudadanos. No me refiero a esa minoría que simpatiza con la violencia desatada en la sede de Charlie Hebdo, sino a esa gran bolsa de población cuya mentalidad teocrática determina su posicionamiento electoral en favor de opciones totalitarias. El objetivo de exportar universalmente nuestro modelo de libertades es una meta loable, pero resulta ingenuo plantearlo allí donde no existe una masa crítica de ciudadanos tolerantes con la diferencia y respetuosos ante la discrepancia. En entornos democráticamente inhóspitos este intento suele terminar generando una paradójica relación de inversa proporcionalidad entre libertades públicas y derechos individuales, un fenómeno dramáticamente comprobado por las minorías religiosas en el caso que nos ocupa.

Nos encontramos ante un laberinto que plantea interrogantes de respuesta compleja, y que de momento estudiamos con el sosiego de quien lo observa desde la otra orilla del mar. Sin embargo, parece evidente que la actual evolución demográfica en Europa nos obligará pronto a afrontar esta cuestión como un problema doméstico. No dejemos los deberes para el último día.

 

Dánel Arzamendi [Der 95 MUDE 96] es abogado y columnista de Diari de Tarragona.