Paco Sánchez

Vagón-bar

La conspiración del silencio

Es médico y dice que no tiene fe, pero que la tuvo y que le gustaría volver a tenerla. A veces lo tomo a broma y le discuto que la haya perdido o, según las ganas de meterme con él, que quiera recuperarla. Después de comprobar en muchas conversaciones que ambas bromas le molestan mucho y casi por igual, las he abandonado definitivamente. Pero insiste en explicarme de nuevo cuál fue el origen del cambio, por qué ahora desea tener fe: la muerte de algunos enfermos particularmente creyentes. Dice que “saben morir serenamente”, con alegría incluso, que le emocionan, que entienden mejor la muerte, quizá, porque entienden mejor la vida. Habla en particular de una mujer, muy conocida. Pero siempre que ocurre de nuevo con otros, me lo vuelve a contar. Se encocora hasta la rabia, sin embargo, cuando advierte  que los familiares o los profesionales ocultan al enfermo la inminencia del fin. Pone voz enojada y de desprecio para decir, casi gritando, él que es hombre calmado: “¡Una conspiración de silencio!” Y la describe: “Una cosa tremenda, un silencio cenagoso, en el que todos saben y nadie quiere saber: los familiares, los médicos, el propio paciente. Deberías escribir sobre eso”.

Lo de “deberías escribir sobre eso” me lo dicen mucho, y el sintagma produce el rarísimo efecto de secar inmediatamente mi imaginación en torno al asunto en juego. No hay mejor manera de callarme. Pero esta vez, “la conspiración del silencio”, por las razones que fueren, se quedó bailando entre mis neuronas, como buscando asiento. El título me sonaba a película y, en efecto, pude encontrar dos en la red, una de ellas protagonizada por Spencer Tracy. Pero también descubrí que “la conspiración del silencio” no es una invención de mi amigo, sino un problema identificado con ese nombre por quienes se dedican a cuidados paliativos. Según ellos, ese silencio ensordecedor tiene como causa principal un intento defensivo, de autoprotección, por parte de los familiares, que no saben decirle al paciente lo que realmente ocurre o no se atreven por miedo a sufrir ellos mismos. Lo he visto varias veces. Recuerdo especialmente una en la que los parientes de alguien muy cercano a la muerte —después se recuperó y vivió algunos años— evitaban que le atendiera un sacerdote por miedo a que se asustara. Y recuerdo también la cara de felicidad que puso el buen hombre cuando, por fin, recibió al cura.

La segunda causa del silencio, según los profesionales, suele manifestarse en un equivocado interés en ahorrar sufrimientos al paciente y, por lo visto, sus principales víctimas son ancianos y niños, a los que impiden despedirse, pedir perdón y perdonar, agradecer, manifestar su afecto a las personas más queridas. Ocurre más en las familias que han pasado o pasan por problemas, en situación difícil o incapaces de expresar sentimientos. Los expertos describen consecuencias tremendas para el paciente, sobre todo emocionales,  y más graves incluso para las familias que actúan así:  cuando llega la hora de la muerte, todo es peor para todos.

Mi amigo el médico considera “la conspiración del silencio” como una manifestación más del miedo a la muerte: “Intentamos olvidarnos de ella, no queremos pensar que nuestra vida es limitada”, que tiene que tener sentido vista desde el final, y por tanto, ocultamos la muerte como si con eso nos ocultáramos de ella. Probablemente, tiene razón. Pero estos silencios horrísonos —tan frecuentes en otros ámbitos de la vida— quizá provengan de otro miedo más general y generalizado: el simple miedo a la verdad, que conduce primero al disimulo, luego a la mentira y, por fin, a la trampa.