José Ramón Ayllón

Cátedra Abierta

Cocineros al poder

Era un crucero de lujo. De los primeros que subían por el Canal de la Mancha hacia los hielos del Norte. Una tarde de tormenta, las olas vapulearon el casco durante horas y abrieron una peligrosa vía de agua. A media noche, cuando el capitán tuvo claro que el barco se hundía sin remedio, buscó su megáfono. Pretendía bajar, piso por piso, organizando la evacuación. Pero el megáfono no estaba en el puente de mando, donde solía. Irritado, el capitán empezó a recorrer los pisos dando voces, muy extrañado de no encontrar a nadie en pasillos y camarotes. Cuando llegó al piso más bajo, ocupado en su totalidad por el restaurante y el salón de baile, entendió lo que sucedía: allí estaban los pasajeros, de punta en blanco, vestidos para empezar una cena de gala. Todos pendientes del cocinero francés, que les explicaba el menú con gran ceremonia, megáfono en mano.

Hoy, en nuestras sociedades avanzadas se han multiplicado, formando enjambre, los cocineros con megáfono. Personajes y personajillos que acaparan la información y la audiencia, asociados a teclados y pantallas de todos los tamaños, que hacen más verdadero que nunca el mito de la caverna. Usted puede pensar que estoy exagerando, pero ya se habla no de un cambio cultural, sino de una mutación: del Homo sapiens, producto de una cultura escrita milenaria, se está pasando al Homo videns, infraeducado por la imagen. Antes ignorábamos las consecuencias de dicha transformación. Ahora ya sabemos que, si la lectura despierta y aviva la inteligencia, las imágenes la mecen y adormecen. Pero también conocemos el remedio: las neuronas de nuestros jóvenes recuperarían la buena forma con menos Internet y más lectura, con menos facebook y más the face on the book.

Dostoievski, prisionero en Siberia, escribía a su familia: “Enviadme libros, libros, muchos libros, para que mi alma no muera”. ¡Eso es un lector! En las antípodas de aquel alumno que me decía: “Ayer por la tarde, estaba tan aburrido que hasta me puse a leer un libro”. Mi alumno no sospechaba que los grandes libros nos rescatan de nuestra condición cavernícola. Desconocía que los clásicos aceleran tanto nuestro viaje interior, nos alejan tanto de la vulgaridad, que cuando regresamos al mundo ya no somos los mismos. “Me encontré con un libro de un tal Cicerón”, cuenta San Agustín en sus Confesiones. “Era una exhortación a la filosofía y llevaba por título Hortensio. Su lectura cambió mi mundo afectivo, mis proyectos y mis deseos. También encaminó mis oraciones hacia Ti, Señor. De golpe, las expectativas de mi frivolidad perdieron crédito, y con increíble ardor deseaba la sabiduría. Tenía entonces diecinueve años y empecé a leer no ya para afinar la sutileza de mi lengua y ganar más dinero, sino por el mismo contenido del libro”. Si tuviera que resumir el secreto de los grandes libros en una línea, hablaría de su capacidad de plasmar por escrito el amor a la verdad y a la belleza. Una gran obra literaria no es más ni menos que eso: un fondo enriquecedor envuelto en una forma bella. Pero la verdad y la belleza no son cualquier cosa. Vienen a ser las mejores credenciales del mundo, las cualidades más importantes y atractivas de la realidad. Las encontramos en cualquier página de Homero y Platón, de Confucio y Séneca, de San Agustín y Dante, de Cervantes y Antonio Machado, de Ana Frank, Dickens, Jane Austen, Miguel Delibes…, el novelista castellano que dedicó una novela a su mujer, donde dice, hermosamente, que esa Señora de rojo sobre fondo gris era capaz, con su sola presencia, de aligerar la pesadumbre de vivir.

Verdad y Belleza bien se pueden escribir con mayúscula, porque sospechamos, igual que Steiner, que “la fuerza de Homero y Shakespeare, la tristeza y el idealismo de Don Quijote, la luz que entra por la ventana de Vermeer, la alegría de Vivaldi y de Mozart están hablando de lo mismo en el momento exacto en que las palabras fracasan”.