Paco Sánchez

Vagón-bar

Catequesis especial

Escribo en sede vacante, pero se me leerá después de la fumata blanca: usted ya sabe cómo discurrieron estos días e incluso quién es el sucesor de Benedicto XVI. Yo no. Y esta circunstancia me coloca en una clara inferioridad de condiciones que aconseja el silencio. En puridad y para mi caso,  la inferioridad de condiciones resulta tan habitual que, si hiciera caso de ella, pasaría la vida  callado, pero además está la caricatura: me parece que Nuestro Tiempo ocupa por primera vez la página de enfrente con un motivo no publicitario (a última hora, y con muy buen criterio, la han mudado a lugar más principal). Dejar esa deliciosa caricatura ahí sola me pareció, de pronto, una falta de consideración, un abandono, como si Benedicto XVI quedará ignorado por un artículo vulgar que, como diría Chesterton, no se da cuenta de que está ante alguien grande.

Si esa es la definición de vulgaridad –estar ante algo o alguien grande y no darse cuenta–, parece que no puede aplicarse ni a Benedicto XVI ni a los miles de millones de personas que bebieron atónitas las noticias de su renuncia, de su marcha y de su sucesión. El papa Ratzinger pasará a la historia por muchas razones. La menor de ellas, quizá, porque supo reconocer y diagnosticar dos de las crisis centrales de nuestra época: la crisis del amor y la crisis de la razón. Andamos mal del corazón, pero también de la cabeza, acaso como consecuencia. El mal de amores siempre ha producido reacciones violentas, irracionales, melancólicas o las tres cosas a la vez. Y la gente se da cuenta.

 Sin duda, hay muchos católicos en el mundo, más de mil millones, casi el veinte por ciento de la población. Pero esto no explica la avidez con la que se reciben en tantos países las noticias que ha generado estos días el Vaticano. Influye una escenografía propicia: arquitectura y vestimentas renacentistas mezcladas con helicópteros y ruinas de la Roma antigua, rojo, negro y blanco por todas partes, historias de intrigas y poder, los elementos para condimentar el bestseller eficaz, el Juego de Tronos de turno. No encaja en la trama, sin embargo, que el protagonista sea un anciano, que su poder se reduzca apenas a la palabra y que su renuncia signifique, por lo tanto, casi solo silencio. Eso ya no encaja.

Desde luego, el tirón mediático no procede del subrayado de esos rasgos, sino más bien de más escenografía: el anillo del pescador que debe ser destruido, la rareza escandalosa de la renuncia, los intríngulis de las instituciones vaticanas, las agotadoras entregas de papables, las tres tallas de sotanas y de mitras. En fin, esas cosas. Pero lo que en realidad mantiene en vilo a los medios y a sus audiencias, conscientemente o no, es que por detrás de toda esa parafernalia se entrevé algo muy grande, muy deseado, muy necesario para los males del corazón y de la inteligencia, algo que tanto echamos de menos: un atisbo de cómo Dios habla y de cómo aclararse con Él. Antes nos manejábamos con muchas historias: sabíamos cómo funciona Dios gracias a las borracheras de Noé, las lentejas de Esaú, los sueños de José, el pecado de David o la fuerza de Sansón. Sin contar el directo de Dios que transmiten los evangelios y que el propio papa quiso comentar en tres tomos. El caso es que sabíamos cómo entendérnoslas con Él y ahora no, aunque nos gustaría.

Tamaña demanda de información, tal despliegue de medios tiene que ver también con motivos políticos, ideológicos y sobre todo comerciales –hay muchas grandes industrias que pretenden un imposible cambio de discurso de la Iglesia–, pero se debe sobre todo a una gigantesca sed que, a falta de agua más fresca, se alivia en horóscopos, adivinos, sectas esotéricas y juegos diabólicos o en un carpe diem desesperado. Ojalá haya servido la elección del papa como la gran catequesis global con la que muy probablemente soñaba Benedicto XVI cuando proclamó este año de la fe.