María José Canell

Desde la azotea

Carisma papal y liderazgo político

La gaviota que se posó sobre la chimenea de la que saliera fumata blanca tenía aspecto de paloma pentecostal. Objeto de la mirada del mundo, pero ajena a las especulaciones sobre los rasgos que tendría el nuevo Papa, contemplaba la plaza de San Pedro con la serenidad de quien finaliza con éxito una campaña electoral. Minutos más tarde, el nuevo dirigente de la confesión religiosa más extensa del mundo se asomaría a la ventana para lo que los consultores políticos llamaríamos su primera intervención pública.

Durante los dos meses que distan de aquel día, varios países han otorgado autoridad a un nuevo Jefe de Estado. Desde esta azotea hemos observado una revolucionada Venezuela, evocando al “Chávez inmortal de América”; una gozosa Holanda, entronizando bajo manto de armiño a su nuevo rey; y una inquieta Italia, calmada por la estatalidad de un vetusto Napolitano.

En un momento en que los pueblos están necesitando inspiración sobre cómo y a quién otorgar poder, bien merece la pena echar una mirada al proceso que deriva en autoridad papal.

La mejor explicación del cónclave, elección sometida a códigos tan llenos de tradición como de trascendencia, la facilitó el cardenal de Nueva York, Timothy Dolan: “Un intenso rezo proveniente de todo el mundo ha planeado sobre la elección del papa Francisco”.

Hay algo de esta intervención misteriosa en el término que la comunicación política utiliza para referir lo que necesita un líder para ganar elecciones: carisma. Tener carisma, ejercer carisma o parecer carismático es la aspiración de todo candidato, y en ella emplea sus esfuerzos para llegar al votante. Pero no se sabe mucho sobre cómo hacerlo.
Carisma proviene del término griego kharis (que expresa favor o regalo). En su acepción religiosa significa “don gratuito que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad”. Max Weber importó el término al mundo político para referirse a la “especial capacidad de algunas personas para atraer o fascinar”. Los estudiosos no dan hoy, sin embargo, con una definición clara de lo que se entiende por tal en la comunicación política.

El contenido del carisma varía por épocas, países y culturas: para unos es el candidato simpático y para otros quien cumple lo prometido; unos lo atribuyen a quien inspira seguridad y competencia, pero otros dan prioridad a la cercanía y honradez.

Tres rasgos del origen religioso del término merecen aquí mención. Carisma hace referencia a algo gratuito, recibido; por eso, quien lo porta debe proyectarlo con humildad, sin atribuirse mérito. Carisma habla de donación (kharis es también la raíz de la palabra eucaristía, que refiere la ofrenda propia del sacramento); carismático es entonces alguien que se entrega. Esta donación ha de ser, por último, a favor de la comunidad, porque es sólo para beneficio de esta para lo que se otorgó el regalo.

Las sociedades de un mundo en crisis están reclamando líderes auténticos, que orienten sus cualidades a la comunidad; líderes que sepan donarse, anteponiendo el bien común a su interés particular; líderes, en definitiva, que se crean aquello de que “poder es servir”.

En su primera intervención el papa Francisco hizo algo insólito, inédito si de unas elecciones políticas se hubiese tratado. No pronunció discurso –en realidad el protocolo no establece que el recién elegido lo haga–. Pero tampoco se quedó en lo que indica el ritual: impartir la bendición papal. Como si esperara que Dios le entregara el carisma a través del pueblo que le acababa de encomendar, dijo: “Pedid a Dios que me bendiga, para que yo os pueda bendecir”. Y el mundo vio a un líder inclinado ante el pueblo y a su servicio. La gaviota-paloma levantó el vuelo segura de haber cumplido su misión.


María José Canel [Com 87 PhD 91 ] es catedrática de Comunicación Política de la Universidad Complutense
@mariajoseCANEL
www.mariajosecanel.com

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