Mikel Ayestarán

El invitado

Bagdad-Kabul

Sala de embarque del aeropuerto de Bagdad. Los paneles que nacieron ocupados por fotos de Sadam Husein se convirtieron a partir de la invasión de 2003 en carteles en los que se exhortaba a los jóvenes que no habían huido del país a enrolarse en las nuevas fuerzas armadas iraquíes. Siete años después anuncian telefonía móvil. Un ejército de indios espera el avión de la compañía Global que les llevará a Dubai y la megafonía no deja de anunciar salidas. Damasco, Abu Dhabi, Erbil, Suleymania… La actividad ha crecido sin parar. Las instalaciones conservan el sabor añejo de los años del antiguo régimen.

Irak se cruzó en el camino de Afganistán en 2003 y desde entonces las dos misiones van de la mano. Además de los miles de soldados y personal civil americano que han dado saltos de un lugar a otro, la implantación de democracias exprés, los fracasos en la arena militar y las recientes prisas por vender a la opinión pública americana y mundial una salida digna son una parte del denominador común de dos pueblos que hasta la invasión estadounidense nada tenían que ver. En plena fiebre de venganza por los sucesos del 11S, Washington apretó el acelerador de la maquinaria bélica y lanzó dos invasiones en toda regla cuyas consecuencias sobre el terreno aun no hemos terminado de ver. Me refiero al caldo de cultivo para grupos radicales que recuperaron una yihad (guerra santa) oxidada desde la década de los ochenta, cuando la Unión Soviética trataba de convertir Afganistán al socialismo, un plan tan alejado de la realidad como el plan democratizador impulsado por Estados Unidos y respaldado por la comunidad internacional en Irak y Afganistán. Un plan que fue desde el primer momento el segundo plato de operaciones de seguridad cuyos objetivos eran acabar con Bin Laden y con las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein, respectivamente.  

Como profesional de la información me toca cubrir las posguerras de unas contiendas que marcaron un antes y un después en el Periodismo, sobre todo en el caso de Irak, cuando pudimos seguir los bombardeos en directo. Unas guerras tan mediáticas en sus inicios como olvidadas y difíciles de cubrir están resultando las posguerras. Hoy sólo parece existir un frente y hasta las Naciones Unidas han tomado parte por una de las partes en conflicto y han dejado de ser un mediador válido. Por un lado, Estados Unidos y el gobierno de Bagdad, o la OTAN y el gobierno de Kabul. Por otro, un magma de grupos que bajo el nombre de insurgencia han logrado poner en jaque a los ejércitos más potentes del mundo. Bajo insurgencia se ha incluido a milicianos de Al Qaeda, movimientos nacionalistas, talibanes, narcotraficantes… y en nombre de la “guerra contra el terrorismo” se ha dado carta blanca a ejércitos y paramilitares de empresas de seguridad. Casi ningún periodista, yo tampoco, ha logrado rascar en esa insurgencia y mostrar la cara de la otra parte del conflicto. Miedo –lógico teniendo en cuenta el riesgo de secuestro y asesinato, pero no superior al que en otros tiempos se corría en África o en conflictos como el de Balcanes, según narran los veteranos–, pero también desconocimiento y falta de tiempo y paciencia han dejado este lado en casi completa oscuridad.

La megafonía anuncia la salida del vuelo de la Royal Jordanian a Amman. Me quito los cascos de mi iPod, deja de sonar “Wave of Mutilation” de los Pixies y preparo mi pasaporte. Me espera un largo viaje desde Amman hasta Kabul con escala en Dubai, un viaje de una guerra a otra. Un viaje a otro conflicto que quedará definitivamente fuera de los focos de las grandes agencias el día que las potencias extranjeras decidan que Afganistán es una nación “independiente y soberana”, que es como ya empiezan a definir a Irak. Nadie preguntará a los ciudadanos su opinión al respecto, ¿a quién le importa? Entonces será momento para otro tipo de Periodismo, ese que escribe la historia, pero que tardará años en ser leído porque no aparecerá en portadas y titulares.

 

Mikel Ayestaran [Com 97], es periodista freelance.

Colabora habitualmente con el diario ABC y resto de

periódicos regionales del grupo Vocento y con EiTB.