Javier Marrodán

Presentación

Arquitectura de lo alto

Juan Luis Lorda tiene escrito que los interiores de las catedrales “figuran entre los espacios más hermosos creados por el hombre”. Es cierto que la arquitectura ascendente del gótico, la penumbra multicolor que las vidrieras extienden sobre las naves, los nervios que recorren ordenadamente las bóvedas, la pátina de tantos siglos de gregoriano y de incienso, y hasta el peso de la historia y de las generaciones sobrecogen a cualquier visitante con una mínima sensibilidad. Pero las catedrales no son únicamente un monumento: hay en ellas algo más que la suma de una técnica esmerada y una iniciativa magnánima. Antonio Gaudí lo resumió con pocas palabras: “Los templos son puentes para llegar a la Gloria”.

El planteamiento que late en la frase entrecomillada ayuda a entender el proyecto de la Sagrada Familia y la fascinación que ejerce entre tantas personas de todo el mundo antes incluso de que hayan concluido las obras. Está previsto que Benedicto XVI consagre el templo el próximo 7 de noviembre y se calcula que 10.000 personas podrán asistir al acto en el interior, pero la cifra es apenas una anécdota al lado de los dos millones que lo visitaron el año pasado. Es fácil intuir que detrás de ese interés multitudinario hay otras razones además de la envergadura del proyecto o del aparente anacronismo que supone una iglesia de esas características en un siglo de laicismo rampante. ¿Cuáles? Quizá tengan que ver con lo que Pablo VI escribió a los artistas: “Vuestro oficio, vuestra misión y vuestro arte consiste en descubrir los tesoros del cielo del espíritu y revestirlos de palabra, de colores, de formas, de accesibilidad”.

En el caso de la Sagrada Familia hasta podría decirse que el arte ya no es sólo el camino que asciende hacia Dios sino el que Dios utiliza para descender hacia los hombres. Cuenta la periodista Cristina Sánchez que cuando en 1883 Gaudí se hizo cargo de las obras, cambió la “buena vida” que llevaba por un comportamiento más próximo al Evangelio, imitando a aquellos pintores de iconos que se preparaban con ayuno y oración antes de tomar los pinceles. Gaudí se definió a sí mismo como “un copista de las más perfectas formas creadas por Dios” y puso todo su talento y su esfuerzo en el empeño por reflejar en su arquitectura la Belleza, la Verdad y el Amor.