Cristina Abad

El periscopio

A propósito de septiembre

Aunque la concepción cristiana y occidental de la historia sea lineal y no cíclica, la naturaleza y la organización humana del tiempo –con su orden, con sus repeticiones periódicas– nos permiten apoyarnos en el terreno conocido del hábito y levantar desde ese humus el edificio de lo porvenir. Afortunadamente no somos Funes el Memorioso de Borges. Ni tampoco Bill Murray atrapado en el Día de la Marmota.

Septiembre es, junto con enero, un mes de propósitos, iguales y distintos a los de otros septiembres de nuestra vida. Un tiempo que huele a madera de lápices alpino sin estrenar, a gomas Milán, a uniforme de colegio y a plástico nuevo; olores que se superponen a otros aromas felices e impregnados ya de toda la melancolía del ropero: el de la hierba caliente, el olor a salitre y a bronceador.

“El final del verano llegó y tú partirás”, como decía la rancia canción. Atrás queda, paradójicamente corto y largo a un tiempo –como todos los estíos que se precien– corto de descanso y largo de pereza. Un verano de tintes berlanguianos –con Marbella por Villar del Río y Mr. Obama por Mr. Marshall–, de altísimas temperaturas en todos los aspectos y con muchos toros por torear en la arena económica y política. “Gracias por elegir Marbella”.

Donde de niños decíamos: este año no pintarrajearé en los libros, mejoraré la letra de mi cuaderno, haré los deberes a tiempo, hoy prometemos: me ocuparé más de los míos, cumpliré mejor mi trabajo, venceré tal defecto, alcanzaré tal virtud, ahorraré más, me mantendré en forma o reformaré el cuarto de baño.
Parece como si todas esas cosas tuvieran la virtud de convertirnos como por ensalmo en mejores personas, como si sólo por el hecho de formularlas pudiéramos cumplirlas ya. Sabemos por experiencia que no es tan sencillo, que si los proyectos son nuevos o han sido renovados, quienes llevamos la mochila al hombro somos, como poco, más viejos, cínicos y resabiados que el año pasado por estas fechas. Pero cuánto necesitamos tener la oportunidad y unas cuantas ocasiones al año para intentarlo y quizá para empezar a conseguirlo. Yo renuevo en estos días algunas pocas ilusiones: disfrutar más con la familia, dedicar tiempo a los amigos, mejorar mi entorno próximo ya que no tengo el poder ni probablemente la capacidad de cambiar todo lo que no me agrada, distinguir lo urgente de lo importante, encontrar fuentes de inspiración para mi trabajo, lanzarme a nuevos proyectos, leer unos cuantos libros necesarios y ver unas cuantas películas esenciales, viajar más, conocer mi ciudad, hacer algunos cursos útiles, practicar deporte, comer sano, retomar los idiomas.

No espero que mejore la economía, cuya tendencia es continuar cuesta abajo y sin frenos, según auguran los analistas y pronostican el regreso de las faldas largas a las pasarelas de moda y el incremento en la venta de barras de labios; ni tampoco que varíen sus efectos sobre nuestra vida laboral y nuestra cesta de la compra. Seremos más pobres pero no necesariamente menos felices. Hay algo que supone todo un reto en épocas como la presente, algo que sólo a nosotros pertenece, que no puede supeditarse a las seguridades externas ni al bienestar, que no debe regalarnos ningún mercachifle pero que tampoco nadie nos puede arrebatar si nosotros no nos dejamos, aunque se empeñara en encerrarnos en un campo de concentración –no lo digo yo, lo dice Viktor Frankl–: nuestra libertad interior. Sin miedo a perder. Quien ha perdido todo ya sólo puede empezar a ganar.  Que donde dice: “Prohibida la entrada a perros y judíos”, nosotros, como interpreta el personaje de Roberto Benigni en La vida es bella a su hijo, leamos: “Prohibida la entrada a arañas y visigodos”. Sin ingenuidades.

Hagámoslo ahora, este mes de septiembre, en que aún tenemos la esperanza por estrenar y la ilusión por desenvolver. “¡Hemos ganado mil puntos! ¡Un carro blindado, es para morirse de risa!”. “Buenos días, princesa”.