• Cultura
  • Volver a la infancia

    Adolfo Torrecilla

    Los años de la niñez, ese territorio que nunca se abandona, son el escenario recurrente de numerosas novelas.


    “Lo esencial en la obra de un creador sale de alguna obsesión de su infancia”, escribe el escritor argentino Ernesto Sábato. Y no le falta razón: la infancia es el territorio que nunca desaparece y al que siempre se regresa, en muchas ocasiones con nostalgia y melancolía, de ahí esa persistente sensación de pérdida. Pero, en sí misma, la infancia tiene también su interés narrativo, sin considerarla un sucedáneo del presente ni una debilidad.

    Últimamente han aparecido varios libros que recurren a la descripción de la infancia. Para unos, como el italiano Mario Rigoni Stern o el soriano Abel Hernández, lo vivido aquellos años explica buena parte de lo que han sido después. Otros, como el serbio Bora Cosic, se sirven de sus recuerdos para retratar la vida de una familia con el telón de fondo de los cambios políticos que sufrió Yugoslavia al finalizar la II Guerra Mundial.

    El escritor y periodista Abel Hernández, recientemente premiado con el Espasa de Ensayo por Suárez y el Rey, es el autor de dos libros de memorias que han llamado la atención por el tono con que aborda los recuerdos de su infancia en un pueblo abandonado de Soria. El primer libro, Historias de la Alcarama, fue concebido como una larga carta del autor a su hija Sara para que conozca cómo fue la infancia de su padre. El libro tiene un especial aroma antropológico: se describen las fiestas, las profesiones y oficios, el trato con los familiares, las comidas... Un auténtico homenaje, pues, a una civilización rural en vías de extinción que recuerda a muchos de los textos elegíacos sobre Castilla que escribieron los autores del 98 y el vallisoletano Miguel Delibes

    En el segundo libro, El caballo de cartón, Hernández se sirve de su peripecia personal para volver a describir un mundo que es una excelente metáfora de un pasado que, como la infancia, no volverá. Con frescura, Hernández revive aquel mundo a la vez que reflexiona sobre el enfrentamiento campo-ciudad y el olvido que sufrían sus habitantes, lo que aumentaba su complejo de inferioridad y multiplicaba el éxodo de habitantes del campo. Todo, escrito con mucho sentido común, emotividad y sin acritud.

    Un tono muy distinto utiliza Bora Cosic en El papel de mi familia en la revolución mundial, una novela que cuenta a través de la mirada de un chaval, el autor, las vicisitudes de una curiosa familia en la ciudad de Belgrado en los años cuarenta. El relato, breve, resulta delirante por las extravagancias de la mayoría de los miembros de la familia en unos años marcados por la guerra y la implantación del comunismo. 

    El relato no es idílico, sino muy real. Su madre tiene frecuentes crisis nerviosas; su padre recurre más de la cuenta al alcohol; su tío es un mujeriego empedernido; y su abuelo vive aposentado en un afilado cinismo. A pesar de los pesares, y de los problemas, “éramos una familia”, afirma,  y “vivíamos juntos como una unidad militar”. 

    También la II Guerra Mundial determina el contenido de Chico de barrio, del guionista y director de cine italiano Ermanno Olmi. El libro, que posee muchos rasgos del neorrealismo, esa tendencia tan genuinamente italiana, cuenta la historia de un chaval de doce o trece años durante la Segunda Guerra Mundial en un barrio humilde de Milán. El protagonista habla de sus amigos, de la escuela, de sus padres, de las colonias... hasta que la guerra irrumpe en sus vidas, destrozándolas, y obligándole a separarse de su familia. 

    El también italiano Mario Rigoni Stern, autor de Historia de Tönle y El sargento en la nieve, vuelve frecuentemente a su infancia en Estaciones, donde combina su pasión por la naturaleza con los recuerdos autobiográficos, muchos de ellos relacionados con su infancia y su participación en la II Guerra Mundial. Rigone Stern se muestra bucólico en muchos casos, poético a rachas y, sobre todo, nostálgico de los días de su infancia en pleno contacto con unos paisajes agrestes y unas gentes sencillas que encarnan las mejores virtudes del hombre. Por su radical amor a la naturaleza y su hondo humanismo, Estaciones es el testamento vital y literario de un autor fundamental en la literatura italiana contemporánea.