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  • Tobias Wolff, cuentista en el arco de la perfección

    Texto Joseluís González

    Las experiencias de una vida nutren la literatura de este escritor que sueña con conquistar el cuento perfecto.


    Tobias Wolff recibe a sus alumnos los lunes de una a dos y media, y los martes de diez a once, y, acordando día y hora, se compromete a buscar cualquier otro momento. Su despacho es el 460-218 de la californiana Universidad de Stanford, donde trabaja desde el curso 1997. Su nombre alumbra el Stanford Creative Writing Program and Writing Fellowships, que en 1946 fundó otro narrador magistral, Wallace Stegner. Wolff lo dirigió entre 2000 y 2002. Antes de ejercer en Stanford, enseñó en la Universidad de Syracuse, en Nueva York, desde 1980 hasta 1997. Está casado y tiene tres hijos. De niño, y menos todavía siendo un adolescente escabroso, parecía imposible poder desembocar en estas apacibles circunstancias. 

    No mucho después de cumplir él cuatro años, se divorciaron sus padres. Se quedó con su madre, Rosemary, atractiva y con estilo Beverly Hills, y vivieron —bracearon— una etapa larga de vaivenes, padrastros, pobreza, mezquindades y desventuras. Y unas cuantas felicidades. En su libro This Boy’s Life (1989), Vida de ese chico, Toby rememoraría con humor templado y cierta temperatura de exageración y de esperanza un decenio de peregrinaje por la niñez y la adolescencia, desde 1955 hasta que lo expulsan del pudiente Hill College, un internado donde se prepara a los estudiantes para la universidad y en el que lo habían admitido, con beca, tras falsificar él sus propias cartas de recomendación. 

    En 1964, rozando los veinte años, y después de trastabillar por varios oficios, Wolff, sin estudios, se alistó en el ejército. En la primavera de 1967 partió para la guerra de Vietnam. Dejó el Delta del Mekong sin que acabara el conflicto, al expirar su contrato militar. Tras aquella otra lejana derrota, sembró su vida por mejores campos de batalla. Se marchó a Inglaterra. Según su hermano mayor, Geoffrey, escritor también, con quien apenas coincidió de niño, la experiencia bélica le hizo a Tobias revestirse de la suficiente “autoridad para imaginarse la variedad inmensa de las reacciones humanas ante la tentación, el terror y la indiferencia”. Eso quizá lo había aprendido con sus padrastros y en los váteres de los institutos, antes que en Vietnam y en los cuarteles. 

    Quienes lo han entrevistado señalan que el escritor mantiene algunas maneras castrenses en su estilo de sentarse, en su bigotazo de oficial, en su disciplina para exigirse ponerse a escribir.

    Wolff acabó sus estudios en el venerable —y a la vez progresista y exigente— Hertford College de Oxford en 1972, con notazas, cuando aún no era un centro universitario mixto. El primer título académico que obtenía.

    Tobias Wolff, que lee con apasionada atención, es un perfeccionista. Ha publicado en treinta años cuarenta y pocos cuentos. Se sabe capaz de revisar un párrafo por quinta vez, un cuarto de siglo después de haberlo tecleado, y aunque le haya dado unas cuantas pasadas y corregido, incluso admitiendo indicaciones de una editora o lo que le sugiera un antólogo. Él insiste. Sueña con conquistar un cuento perfecto. Y tiene al menos diez irreprochables. Incorruptibles. Los dieciséis folios del primero que publicó, “Fumadores”, tuvieron el honor de aparecer en los buenos tiempos de The Atlantic Monthly en diciembre de 1976. 

    Tobias Wolff domina el diálogo con ingenio teatral, tiene el don y la maestría de hacer palpitar la vida a base de detalles, modela personajes verídicos y variados (es especialista en embusteros), desmenuza las acciones creíbles (aunque sea fregar la vajilla, como ocurre en “Di que sí”), aprovecha el escenario y el paisaje (la niebla en “Aquí empieza…”) como un elemento esencial del relato y su significado simbólico… Por eso sabe exprimir narrativamente las escenas y situaciones en sus cuentos, para agrandar los temas, sus protagonistas y su pasado. Y como todo narrador excelente, no se limita a contar una historia: deja entreabierta la envergadura de las ideas y que se intuyan las continuaciones, para que planeen en la vida después de la lectura. Pero es distinto a muchísimos otros que saben hacer también eso. Sus desenlaces trazan un arco para que el lector sepa redondear por sí mismo el círculo entero. Tobias Wolff es católico, y dicen que se le nota en su creativa capacidad de comprensión y en su no juzgar. Si puede, léalo en inglés. Todos sus cuentos tienen, reconoce, ecos de su vida, el círculo sin cerrar de su vida.


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    Categorías: Literatura