• Cultura
  • Tinta, papel y vida

    Texto Marina Pereda [Com 11] Fotografía Jongchul Lee

    La librería neoyorquina Argosy Books sigue mimando a sus lectores como el primer día que abrió, en 1925.


    “Cuando compra un libro, no está comprando sólo una onza de papel y tinta: está comprando una nueva vida”. Esta cita, enmarcada y colocada en el ascensor de la librería Argosy Books, despierta al lector del ensimismamiento en que le han sumido las altas estanterías repletas de libros, los mapas desgastados que adornan las paredes y la luz, amarillenta, tenue, envolvente, que ilumina la enorme estancia. Es una frase que golpea. Y uno siente que, en esa librería de segunda mano donde sólo se escucha el pasar de las páginas, se juntan lo viejo y lo nuevo, el pasado y el presente, la vida y la muerte, las grandes y las pequeñas historias.

    La de Louis Cohen es una más dentro de los cientos de miles de historias que alberga una ciudad como Nueva York. Con  veintidós años, Cohen decidió hacer de su pasión su negocio. En 1925 pidió un préstamo de quinientos dólares y abrió una pequeña librería en la calle 59 con la Avenida Lexington. Empezó vendiendo su propia colección de libros y, poco a poco, fue comprando colecciones privadas: “Como no tenía dinero para pagarles –explica su hija– tenía que esperar a vender los libros para devolver sus deudas”.

    Para Naomi Hample, hija de Cohen y una de las dueñas de la librería, el secreto del éxito de su padre fueron “su personalidad, amabilidad e inteligencia, que hacían que a la gente le gustara negociar con él”. Es esta cercanía, este respeto hacia los coleccionistas y hacia los lectores uno de los aspectos que subraya Hample al describir su profesión. Ella se encarga de buscar coleccionistas privados que deseen vender sus libros, analiza la colección, la tasa y negocia el precio con los dueños. “Es un círculo: tienes que hacer feliz al vendedor, tienes que estar contenta con tu propia compra y tienes que pensar en el lector que va a la tienda, para que se sienta conectado con el libro que tú compraste”. Naomi reconoce que es una “experiencia emocional” ya que, muchas veces, las colecciones pertenecen a personas que han guardado esas obras durante años y, tras fallecer, sus familiares las ponen en venta. 

    Hoy, Argosy Books es una de las librerías más antiguas de Nueva York y posee libros cuyos precios varían desde los tres hasta los tres mil dólares. Entre sus adquisiciones más recientes, cuenta con joyas como un ejemplar de las obras completas de Edgar Allan Poe editado en 1902 y valorado en ocho mil dólares. 

    Está especializada en la venta de mapas cartográficos de Estados Unidos (tienen un mapa de Francia fechado en 1552, valorado en cuatrocientos dólares). Además, desde hace treinta años, cuenta con un departamento dedicado a colecciones de cartas personales y autógrafos de personalidades de la política, el deporte y el arte. 

    Para Hample, “la tienda no ha cambiado, la filosofía es la misma, los vendedores son los mismos y la mayoría de los clientes lo agradecen”. A su librería acuden compradores de muchos tipos diversos, tantos como libros, y todos encuentran lo que buscan por muy especializado que sea. Hample se encarga de que sea así. Cuando, una tarde como otra cualquiera, un visitante que está de paso en la ciudad se acerca al departamento de autógrafos buscando la fotografía firmada de un músico de jazz, ella le atiende personalmente, toma sus datos y promete buscar y enviarle lo que ha pedido. A través del trato directo y comprometido de los vendedores con el cliente se crean estrechos lazos y Argosy Books va creando su propia fama. No hacen publicidad, no tienen carteles por la ciudad ni anuncios en el periódico; sólo esperan que la gente, ávida de libros y cultura, oiga hablar de su tienda y se decida a entrar. Mientras, los dependientes de Argosy Books, esperan.

    En una ciudad tan fieramente moderna, donde el ayer está obsoleto y el mañana parece llegar con antelación, sobrevive un espacio con un tempo propio, en el que Kennedy sigue sonriendo y saludando con la mano desde una fotografía en blanco y negro; en el que los mapamundi del siglo xvi continúan recordando lo que una vez se pensaba que era el mundo y en el que, cada vez que un lector compra una onza de papel y tinta, se apropia de una nueva vida.


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    Categorías: Literatura