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  • Petros Márkaris y otros crímenes

    Texto Joseluís González [Filg 82] es profesor y crítico literario

    Proliferan las novelas policiacas en Europa. Bajo la trama y el misterio sobreviven las ideas que retratan la sociedad actual, sin ahorrarse la amargura ni los atisbos de dicha.

    El turco cristiano Petros Márkaris es el «padre» literario del comisario Kostas Jaritos.

    «¿Qué es más importante: dar con un asesino o evitar la destrucción de una familia? Las dos cosas, y ese es mi dilema». No se lo pregunta ningún príncipe Hamlet sino un cuarentón, casado, padre de una única hija que prepara el doctorado en Derecho, exfumador, de sueldo más bien modesto y que trabaja de comisario en el departamento de Homicidios de Atenas: Kostas Jaritos. «Muchas veces la respuesta está delante de nuestros ojos y nos obstinamos en cerrarlos», reflexiona en la conclusión de un caso, tras haber mostrado sus dotes de inteligencia y sus escasas habilidades sociales. «Estoy luchando contra un monstruo de tres cabezas y tengo que conformarme con cortarle tres deditos», resume, para coincidir con una tendencia que abunda en la narrativa policiaca. Bajo la diversión que proporciona al lector, discurre, como la porquería de las alcantarillas o las leyendas urbanas de los caimanes, lo que puede ser verdad, realidad, o lo que se queda en justicia inalcanzable. 

    Con el nombre de Petros Márkaris, la lista de narradores de tramas policiacas puede alargarse por Europa. El barcelonés Manuel Vázquez Montalbán (que, como el sobresaliente Dashiell Hammett, inmiscuye la política en la novela negra), el siciliano Andrea Camilleri y su comisario Montalbano, el sueco Henning Mankell, la francesa Fred Vargas —pseudónimo de Frédérique Audoin-Rouzeau—, el madrileño José María Guelbenzu con su jueza Mariana de Marco, incluso el también madrileño Lorenzo Silva y su guardia civil uruguayo Rubén Bevilacqua trazan una alineación comunitaria. Y algunos —no me incluyo— hacen encabezar esa lista a la escritora estadounidense Donna Leon, creadora del comisario de la aparentemente exquisita Venecia Guido Brunetti. 

    Varios de esos autores suelen firmar guiones de películas o funciones teatrales. La inclinación al arte de la interpretación suele garantizar que las escenas no acarreen elementos innecesarios: si algo parece sobrar, páginas después cobrará relevancia o cumplirá la hábil misión de hacer descargar la trama o quizá aflojar la actividad atenta del lector. Pero tienen su sitio en la arquitectura de la novela. Si han escrito guiones o han dirigido teatro, estos narradores trocean muy bien las escenas y elevan el diálogo (interrogatorios, pesquisas, personajes que se retratan por su manera de hablar y conducirse) y las conversaciones a algo más que técnica. Ahí se les distingue el talento. Para estos narradores relevantes, sus representantes de la ley acaban presentando cómo se ha extendido capilarmente la corrupción por el sistema social. En el corazón de esos personajes policías suele sedimentarse un poso de cinismo, de amargura, lo cual no impide que vuelvan a intentar una y otra vez despejar la oscuridad y encontrar la verdad entre las bajezas. 

    Kostas Jaritos es singular. Leyendo—mejor en el sentido cronológico de las agujas del tiempo y sus pinchazos— las novelas que encarna aparece un retrato confidencial: sus diccionarios, sus relaciones conyugales, sus platos preferidos, cuántos trajes guarda su armario, su Mirafiori, cuándo pide ayuda a Dios, por qué él mismo escribe en presente sus relatos y la rutina con que giran los neumáticos del tiempo. El costumbrismo trascendente de estas novelas presenta una Atenas sofocante en agosto, con atascos y miserias de las Olimpiadas de 2004, con inmigrantes que sostienen mal que bien su dignidad sobrenadando al naufragio de alguna vida. 

    Para Petros Márkaris, la novela negra es «la más religiosa del mundo», porque en sus tramas inexorablemente «a los malos siempre se les castiga», según sentenció en una universidad española. Las solapas de sus libros repiten que, aunque griego, nació en Estambul, en 1937, que estudió Económicas en Viena y en Stuttgart, y que por fin se trasladó a Atenas. Guionista de televisión y autor teatral, su irónico y políticamente incorrecto comisario griego Kostas Jaritos y su familia les dan latidos y corazón desde 1995 a títulos como Noticias de la noche, Defensa cerrada, Suicidio perfecto, El accionista mayoritario, Muerte en Estambul, Con el agua al cuello, Liquidación final o Pan, educación, libertad. Empiece usted por el principio. Por donde echan raíces los crímenes y la maldad. Y por donde se pueden arreglar las cosas que se tuercen. Desfacer agravios y enderezar entuertos. Lo de siempre. 


    Libro NT 684


    Categorías: Literatura