• Cultura
  • La ofensiva estival del cine espectáculo

    Jorge Collar

    La acumulación el pasado verano de grandes producciones obliga a una reflexión sobre sus objetivos... y sus resultados.



    El cine se une al pesimismo en tiempos de crisis: ataques terroristas en plena galaxia, monstruos que surgen de las profundidades del mar, virus que transforman a los hombres, la tierra desolada y hostil como un campo de ruinas... El enemigo es multiforme, pero toda esta agitación tiene un origen común en los famosos blockbuster norteamericanos, esas películas mastodónticas, que se sirven de las innovaciones tecnológicas para ofrecer escenas apocalípticas. Son obras que se  identifican con dos rasgos esenciales: han costado millones de dólares y esperan ganar muchos millones más. Todas ellas han invadido las pantallas durante la temporada veraniega. Desde finales de junio Star Trek into Darkness, de J. J. Abrams, confirmaba el renacimiento de una de las sagas más prolíficas del siglo xx. Seguía el nuevo enfoque que Zack Snyder ha dado al personaje de Supermán en Man of Steel, mientras Brad Pitt se dejaba crecer el pelo para producir e interpretar la primera superproducción de zombis de la Historia, World War Z, de Marc Foster. Más tarde aparecían los monstruos de Guillermo del Toro en Pacific Rim, acompañados de gigantescos robots para combatirlos. Otra explotación de personajes de una saga conocida era Wolverine, el combate del Inmortal, de James Mangold, con un Hugh Jackman. Y aún quedan dos visiones negativas de la Tierra. La de M. Night Shyamalan, que en After Earth la presenta arrasada por los humanos, y la nueva película de Neill Blomkamp, Elyseum, cuyas secuencias sobre la Tierra se han rodado en un vertedero mexicano. 

    Entre las aspirantes a grandes éxitos no faltan algunas cintas de animación, como Moi, moche et mechant, de Chris Renault y Pierre Coffin; Turbo, de David Soren, o The Smurfs (Los Pitufos) de Raja Gospell. También entran otros géneros, como el western. Gore Verbinski en Lone Ranger intenta resucitarlo con cierta distancia paródica, como había hecho con Piratas del Caribe. Con las cifras en mano se puede afirmar que estas películas casi han acaparado las pantallas durante meses, con la consecuencia del avance del cine de Hollywood frente a los cines nacionales.

    El panorama del cine estival contiene otras enseñanzas. La primera, el riesgo mortal que acecha a la industria con la aceleración de los presupuestos. Cierta prensa ha aireado, con su antiamericanismo visceral, una serie de resultados mediocres, y se habla de fracasos ruidosos donde hay simples resultados decepcionantes. Los resultados de Pacific Rim (Warner), ni los de Lone Ranger (Disney) ni los de The Smurfs han estado a la altura de las expectativas. ¿Debe esto conducir a reorientar la producción estadounidense? La respuesta es clara: hay que frenar la progresión de los presupuestos y organizar mejor las fechas de los estrenos, pero nunca se podrá renunciar al riesgo que entraña la lógica capitalista. Siempre habrá un misterio –apasionante– a la hora de prever las reacciones del público. Por otra parte, la globalización obliga a tener en cuenta no solo la taquilla americana, sino la mundial. Los resultados de Pacific Rim en EE.UU., por ejemplo, se han compensado con una primera semana fulgurante de explotación en China, lo que ha relanzado la idea –abandonada– de una continuación. 

    El panorama contiene una última enseñanza: la abundancia de cine espectacular como evasión de la realidad a favor de mundos imaginarios. Las aventuras de ciencia ficción se imponen, mientras que el cine de autor o simplemente psicológico, que representan a menudo los cines nacionales, pierde terreno. Guardémonos de acusar a las superproducciones americanas de ser culpables de esta desafección. El descenso  de espectadores se debe más bien al retroceso del cine nacional. En el caso de Francia, por ejemplo, la cuota de mercado de cine nacional ha pasado de 41,3 por ciento a 35,2 por ciento en un año. Sin dar un valor absoluto a cifras parciales, es evidente la ausencia de éxitos en el cine nacional que equilibren, en gamas diversas, el cine-espectáculo. Este no solo tiene derecho a existir, sino que sigue siendo el motor de la industria cinematográfica en el mundo.