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  • La mujer que escribía con el alma

    Texto Joseluís González [Filg 82] es profesor y crítico literario @dosvecescuento 

    Ninguna de sus obras llegó a publicarse en vida de santa Teresa. El quinto centenario de su nacimiento invita a releer unos libros como más que Literatura.

    La Fundación V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa de Jesús ha organizado numerosos eventos para el año 2015.

    Me acuerdo bien de aquella tarde de segundo en que el catedrático de Historia  de la Literatura/Siglo de Oro, el Prof. Cañedo, se aderezó unas gafas recortadas que le ayudaban a leer, desdobló los folios del programa de su asignatura y se dispuso a revelarnos el gran secreto. Había explicado, las semanas anteriores, brillantemente la novela picaresca, el currículo de Lázaro de Tormes, sus episodios de hambre y sus adversidades, su «caso», además de los equilibrios y desazones del amor en los sonetos y las églogas de Garcilaso. No nos imaginábamos ninguno, en aquellos pupitres universitarios, cuántas horas íbamos a hablar nosotros, en nuestra tarea de profesores, cursos y cursos después, de aquellos temas. Pero se desvistió las gafas. Se puso solemne la voz y dijo despacioso —alargando el propio eco de su dicción en las últimas sílabas—, convencido: «Comprobarán que en el programa figuran los nombres de Teresa de Jesús y de Juan de Yepes. Magníficos autores. Pero yo vengo aquí a exponer Literatura, señoritas, señores, y no a hablar de las sublimidades de la Mística. Esas obras son más que Literatura. Eso sí: por su cuenta completarán las lecturas señaladas en la bibliografía y será materia de examen». Y, efectivamente, contaban que en algún final había caído, como una losa, como un trueno, la tan temida pregunta de la embrollada «Historia de los manuscritos de las obras de San Juan de la Cruz». 

    La premisa mayor era cierta: a Teresa de Jesús le movía más dar el testimonio de su alma y su oración que una voluntad estética. Vivir y comunicar la experiencia de Dios. Sobre todo, su trato con Jesús Sacramentado. Su biografía reconoce que contemplar en la Cuaresma de 1554 una imagen de Cristo llagado cambió su vida. Tenía Teresa entonces 39 años y llevaba casi veinte de monja. Pero a esa edad madura encuentra de verdad el amor de Dios. Resuena el Sero te amavi... «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva!», de las Confesiones de san Agustín

    El hispanista Joseph Pérez, catedrático de Burdeos y premio Príncipe de Asturias, destaca tres cualidades en Teresa de Ávila: su magnanimidad, su lucidez y su elocuente sinceridad, es decir, la capacidad de esta mujer para expresar de modo claro lo que sentía. Claro, con palabras llanas, en estilo preciso, pero no sencillo siempre, porque «no escribe como habla».

    Se aprecian esos dones y ese afán literario en el primer gran escrito que le salió del alma, el que conocemos como Libro de la vida, redactado en 1562, perdido después, y que, basándose en el texto inicial, vuelve a escribir en 1565. Lo llevó a la Inquisición doña Ana de Mendoza, la resentida princesa de Éboli. Pudo imprimirse, por fin, en 1588, póstumamente, en las prensas de Foquel, un flamenco asentado en Salamanca.

    Los diez primeros capítulos resumen su infancia y adolescencia, la muerte de su madre, la del padre, su ingreso joven en la vida religiosa en 1535 con veinte años y los otros veinte de monasterio aunque estrechados por la tibieza y la sequedad de corazón, hasta recibir la gracia de ver amorosamente a Cristo colgado en el padecer de la cruz. Los doce capítulos siguientes configuran un tratado de oración y de la relación viva con Dios. Del 23 al 36 Teresa relata la primera fundación, el monasterio de San José, en Ávila, nacido a la fuerza conventual el 24 de agosto de 1562. Aún añade páginas, los cinco capítulos finales, para enhebrar favores, mercedes, de la Divinidad y experiencias espirituales.

    Pero ni ahí ni en ese libro acabó la vida de esta mujer singular, porque en otros escritos reaviva episodios vitales. Inexplicablemente, en la magnífica serie de 1984 —entregada interpretación de Concha Velasco— no figura el capítulo 24 del Libro de las fundaciones, una concatenación de dificultades que todo guionista debería conocer. Teresa, sesenta años de edad, viaja con cuatro monjas a fundar el que será el convento de San José del Carmen en Sevilla. Dios más allá de los pucheros.

    Quien quiera recorrer con soltura el Libro de la vida puede confiar en la edición elaborada por Mª de los Hitos Hurtado en Edaf, o incluso en la de Eduardo T. Gil de Muro en la editorial Monte Carmelo. Quizá no lo aprobase el Prof. Cañedo, pero leer nos da más vida.


    Libros NT 688


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