Solaris
Stanilav Lem. Impedimenta, 2011
Solaris es una de las novelas de ciencia ficción más originales e inquietantes que se han escrito. Y ciertamente nos encontramos ante un protagonista único en la historia de la literatura: un planeta-océano, dotado de una inteligencia inabarcable y hermética, con la que intentan contactar unos insignificantes científicos. La novela, abierta a muchas interpretaciones, admirada por unos y denostada por otros, ha ido cobrando consistencia con el paso del tiempo, enriquecida por las diversas lecturas que ha suscitado. Y esta es la principal prueba de que nos encontramos ante una obra maestra. Si a esto añadimos la grandiosa imaginación visual del escritor, tenemos los ingredientes necesarios para tentar a un buen cineasta.
Y de hecho, dos de los grandes directores de cine –Tarkovski y Soderbergh– han llevado al cine esta historia, pero ninguno ha conseguido recoger y expresar la hondura de la novela. Porque su lectura deja al lector con la sensación de que está tocando el fondo de la existencia. Las dos preguntas que subyacen en el relato son: ¿queda algo de todo lo que vivimos?; y, si hubiera un Dios, ¿es posible entenderle, comprender sus designios, y es posible que él entienda nuestros sentimientos?, ¿hablamos el mismo lenguaje?
Lem es un judío polaco, médico, agnóstico, que vivió la ocupación nazi y la dictadura comunista. El existencialismo en el que se mueve se trasluce en el frío pesimismo que se respira en sus relatos. Pero su educación bíblica le lleva a moverse en unas coordenadas muy interesantes. Las preguntas que se formula sobre Dios son sorprendentemente atinadas. Él, desde su escepticismo cientificista, no las sabe responder. Sólo conserva el anhelo de una vida que no se destruya. Pero con el trasfondo de esas preguntas –las preguntas sobre la lejanía de Dios– se entiende en toda su dimensión humana la respuesta cristiana, la del Dios encarnado.
Eduardo Terrasa