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  • Hispanoamérica, la patria del microrrelato

    Texto Javier de Navascués [Filg 87, PhD 91]

    En la América que habla español el microrrelato acumula una pequeña e intensa historia. Incluso hay académicos que investigan el género con entusiasmo.


    Una paradoja rodea al fenómeno de la minificción actual: de un lado, críticos y profesores ensalzan la enorme actualidad del género, su crecimiento vertiginoso  y el aumento de cultivadores y lectores; de otra parte, hay que rebuscar entre las buenas librerías y en editoriales minoritarias para encontrarse con libros íntegramente compuestos por microrrelatos.

    Como todas las paradojas, esta también se puede resolver, aunque sea a medias. Basta bucear un poco en Internet para darse cuenta de la perfecta sintonía entre el cuento reducido a su mínima expresión y el mundo de los navegantes informáticos. Muchos curiosos que no se aventurarán a abrir un libro, más de una vez se habrán topado con un cuento brevísimo durante sus flâneries electrónicas. Hay lecturas que son difícilmente medibles si pensamos en el universo generado a partir de la Red.

    Otra vía para resolver la paradoja puede encontrarse en el interés de ciertos profesores de Lengua y Literatura por atraer como sea a sus alumnos. Quizá el microrrelato (o cuento ultracorto, minicuento, ficción mínima, como quiera llamársele) resulta un campo de pruebas apropiadísimo para su trabajo en el aula de la enseñanza secundaria, ahora que, además, las listas canónicas de libros obligatorios empiezan a ser una reliquia del pasado educativo. Muchos profesores esforzados han encontrado en él una herramienta eficaz para transmitir amor por la literatura. 

    En la América que habla español el microrrelato tiene ya una pequeña pero intensa historia. A principios del siglo xx ya existen escritores que se mueven en la frontera movediza del cuento brevísimo y el poema en prosa: Alfonso Reyes, Vicente Huidobro, Ramón López Velarde, José Antonio Ramos Sucre o César Vallejo. Otros, como Salarrué o Nellie Campobello, ya escriben microrrelatos muy personales. El mexicano Julio Torri es quizá quien se acerca con mayor claridad al patrón instaurado más tarde. Pero hay que esperar algunas décadas, entre los años cincuenta y sesenta, para que aparezcan autores decisivos que impulsen el género y le den los rasgos que hacen reconocible su configuración actual: Juan José Arreola, Augusto Monterroso o Marco Denevi. Estos tres escritores, de forma independiente el uno del otro, publican libros en donde el microrrelato es parte esencial de su estructura. Otros autores fundamentales no se atreven a tanto. Así, sucede con el mismo Borges, ya que su libro El Hacedor (1960) alterna poesía y prosa breve, un híbrido genérico cuyos orígenes se remontan, por lo menos, hasta Azul... (1888) de Darío. Hoy día las mejores muestras del género están en Ana María Shúa, Luisa Valenzuela, Raúl Brasca, Pía Barros, Guillermo Samperio, Armando Sequera, Luis Britto, etcétera.

    Conviene recordar que, en la década de los sesenta, retumbaba el célebre boom de la nueva narrativa, con sus monumentales summas novelescas: Conversación en la Catedral, Rayuela, Sobre héroes y tumbas, Cambio de piel, El obsceno pájaro de la noche, José Trigo, Paradiso… Libros larguísimos (más de uno bastante pesado) que pretendían abarcar la realidad desde múltiples puntos de vista. Esta desaforada ambición eclipsó en su momento los proyectos más irónicos y  ligeros de quienes apostaban por la brevedad extrema. Sin embargo, conforme fueron apagándose los ecos de la tormenta, otro tipo de narración menos audaz, también menos segura de sí misma, fue imponiéndose desde mediados de los setenta en adelante. Incluso algunos escritores abandonaron sus ideas revolucionarias, estéticas y políticas (Vargas Llosa sin ir más lejos), y dejaron que el humor y la trama convencional se introdujeran en sus historias. En este clima de relativo escepticismo, próximo a lo que tantos llaman posmodernidad, la ficción mínima encontró cultivadores que volvieron la mirada a los Monterroso, Arreola, Piñera, Denevi y compañía. 

    Así pues, con el paso del tiempo, los microrrelatos han ganado la partida, es decir, han ido situándose dentro del campo literario y generando, incluso, una tradición, una secuela de escritores que se apoyan en quienes les precedieron.

    Además, en las últimas décadas el microrrelato hispánico ha entrado con buen pie en el mundo académico, donde tiene un número creciente de investigadores entusiastas (Lagmanovich, Noguerol, Epple, Koch, Zavala, Rojo, etcétera). Existen buenas revistas en la red que difunden creación y crítica con afán, y no faltan tampoco las editoriales, minoritarias y exquisitas, que se interesan por el fenómeno. En este milenio que fomenta una cultura de la instantánea y el vértigo, unas pocas palabras pueden servir de aperitivo para un banquete imaginario.