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  • Haiku: la rendija en que quepa una emoción

    Texto Joseluís González [Filg 82]

    La manifestación más conocida de la poesía japonesa funciona también en español.


    No abundan las palabras que nuestro idioma ha tomado en préstamo del japonés: bonzo, kimono, catana, sake, manga, biombo, sushi, samurái, judo, harakiri, kárate, geisha, kamikaze, bonsái, karaoke... Esas voces recorren el difícil viaje de traer de otras latitudes y civilizaciones objetos desconocidos, costumbres forasteras, estilos inesperados, más la lejana palabra que designa y sella esa realidad exótica. Ese extranjerismo que apenas se aclimata a la propia ortografía sino que conserva casi intacta su escritura originaria se denomina, técnicamente, xenismo. Chalet, córner, suéter, best seller podrían servir de ejemplos. La apropiación —la asimilación— de esas novedades foráneas amplía el propio entorno. Reconforta saber que la Humanidad sigue alimentando verosímilmente a la Humanidad, haciéndola crecer.

    La literatura lírica ofrece un caso de éxito de esa aportación de generosidad cultural: el haiku. La vigésima tercera edición del Diccionario de la Real Academia incorporará esta entrada: haiku o haikú. Los académicos aseveran que este sustantivo se ha añadido a nuestro idioma a través del inglés, pero que el término tiene nacimiento nipón. Encierran su definición en su clásica escueta línea: “Composición poética de origen japonés que consta de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente”. Para el Prof. Vicente Haya, la semilla que aviva uno de esos breves poemas suele brotar del asombro y el arrobamiento con que al poeta le deslumbra el quedarse a contemplar la naturaleza. “Este camino/ya nadie lo recorre/salvo el crepúsculo” obra de Basho, monje budista del xvii y uno de los más altos creadores, como el traducido mil veces: “El viejo estanque:/zambullirse una rana./El agua, un ruido”. Este otro, que se limita a escalonar estos tres versos rápidos: “«Ven, ven», le dije./ Pero escapó volando/ una luciérnaga”, haiku también de hace más de tres siglos y que se le atribuye a un niño de siete años que profesó después en el budismo. Más contemporáneo, y de una mujer casada, es esta estampa de invierno: “En la llanura/ y en los montes, inmóvil/ de nieve todo”. Una delicada preciosidad en cualquier hemisferio.

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