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  • Escritores: de algo hay que vivir

    Texto Adolfo Torrecilla 

    Un libro de la italiana Daria Galateria recorre los oficios pintorescos desempeñados por varios escritores.


    Muchos jóvenes aspirantes a escritores, hay que decirlo bien alto, no han sentido la llamada de las musas o de la literatura sino la del dinero. Piensan que la publicación de una novela –ni los poetas ni los dramaturgos tienen estos sueños– les abrirá las puertas de la fama y del negocio, como ha sucedido recientemente con algunos casos (Dan Brown, J. K. Rowling y en un territorio más cercano, Carlos Ruiz Zafón, Ildefonso Falcones y María Dueñas). El reclamo, la llamada, la obsesión por el best-seller está haciendo mucho daño no solo a lo que es la literatura –muchos, muchos, muchos dan, ay, gato por liebre– sino al mismo concepto de escritor.

    Pero la realidad tiene poco que ver con estos sueños (o pesadillas). Salvo rarísimas excepciones, los escritores deben compaginar su entrega a la literatura con ocupaciones diversas, que van desde trabajos editoriales, periodísticos y vinculados al mundo de la cultura y la enseñanza –una buena parte de ellos–, a los que desempeñan profesiones variadas, alejadas de las letras. Una de las sorpresas literarias de los últimos años fue la novela Fin, del escritor David Monteagudo: en todas las entrevistas que le hicieron se resaltó, a mi juicio demasiado, que trabajaba en una fábrica de cartonaje. Aquí les salió a los periodistas la imagen que el subconsciente colectivo ha proporcionado de lo que debe ser un escritor: si tiene éxito, vive rodeado de lujo, comodidades y placer; si es un fracasado, acompañado de miseria, pobreza y bohemia. Casos como el de Monteagudo o el de Miguel Hernández son una excepción. Y, sin embargo, aunque parezca mentira, la realidad no es así, como demuestra Trabajos forzados (Impedimenta, 2011), un entretenido ensayo de la escritora y profesora italiana Daria Galateria que rastrea en los oficios que han desempeñado muchos escritores importantes de la literatura europea y norteamericana del siglo xx antes de ser escritores consagrados o incluso después de triunfar en las letras. Lástima que no se mencione a ningún español.

    Tras unos años oscuros en los que se dedicó al tráfico de obras arqueológicas, André Malraux llegó a ser ministro. Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Principito, no renunció nunca a su gran vocación profesional, donde encontró la muerte: piloto de aviones; Jean Giono fue un sencillo y humilde empleado de banca; Céline trabajó de médico en una prestigiosa empresa internacional; Dashiell Hammett fue, antes que escritor, investigador privado en la agencia de detectives Pinkerton, experiencia que le proporcionó mucho material para sus futuros libros; Bukovski, que apenas duraba unas semanas en los trabajos por culpa de sus monumentales borracheras y su desarreglado estilo de vida, aguantó durante años en el servicio de correos, todo un milagro. George Orwell fue policía en Birmania y al regresar a su país decidió alimentar su imaginación literaria yéndose a vivir con los desarraigados y pobres, experiencia que relató en un libro de 1933, Vagabundo en París y Londres. La escritora Colette utilizó la fama que le proporcionaron sus libros para lanzar al mercado una colección de productos estéticos.

    En el libro de Galateria merecen especial atención Máximo Gorki y Jack London. El primero fue pinche, fogonero, panadero, pescador en el Mar Negro, vendimiador en Besarabia... La vida de Jack London tampoco está nada mal: fue repartidor de periódicos, obrero en una fábrica de conservas, cazador de focas, buscador de oro en Klondike...

    ¿Han sido estas experiencias vitales para su posterior dedicación a la literatura o, al revés, un lastre que les ha impedido realizar una carrera literaria más sólida y cuajada? Pienso que no hay una respuesta tajante ni clara. Darle vueltas, además, puede desembocar en ese peligroso debate sobre las relaciones entre la vida y el arte que me parece a mí pueden ayudar poco. ¿Hace falta ser un ladrón y un asesino para describir con pelos y señales un robo y un asesinato? ¿Hace falta tener muchas experiencias vitales para escribir sobre las luces y las sombras de la condición humana? ¿Hace falta haber sido jugador de fútbol para ser un buen árbitro? 

    Una conclusión sorprende de este ameno ensayo. Casi todos sus protagonistas reconocen que el oficio más duro de sus vidas, el más sacrificado y costoso, ha sido el de escritor. Puede ser verdad.


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    Categorías: Literatura