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  • Eric Rohmer: El arte de la paradoja

    Texto Jorge Collar

    Con el reciente fallecimiento del director francés desaparece una manera de hacer y entender el cine lejos de los tópicos.

    Eric Rohmer.

    Cannes, mayo de 1969. En la selección oficial figura Ma nuit chez Maud, de Eric Rohmer (de su verdadero nombre, Maurice Schérer). “Una película maravillosamente pasada de moda”, escribirá Jean de Baroncelli en Le Monde días más tarde. La historia de un joven ingeniero (Jean Louis Trintignant) que pasa la noche en casa de una bella divorciada (Françoise Fabian), sin tener relación amorosa y que discute de lo divino y lo humano con un tercer personaje, profesor ateo de Filosofía (Antoine Vitez), rompió los cánones de la nouvelle vague. Y más aún cuando el protagonista va a misa y allí piensa haber encontrado a “la mujer de su vida”, a la que debe ya fidelidad. El éxito de la película no encontró eco en el jurado, presidido por Luchino Visconti, pero sí marcó el reconocimiento de Rohmer por parte del público y, sobre todo, de los cinéfilos, que le consideran uno de los más ilustres representantes de la nouvelle vague. Gracias a su estatuto de profesor germanista, representa el mundo de la cultura, lo que no es el caso de Godard, Truffaut, Rivette o Chabrol, sus compañeros de páginas en Cahiers du cinéma

    La obra de Rohmer se desarrolló bajo el signo de la paradoja: fue fiel a la tradición literaria en medio de un movimiento rupturista; estaba sumamente preocupado por los diálogos en plena revolución de la imagen; defendió los valores cristianos durante el desorden del 68, y su vida privada se mantuvo siempre en secreto, cuando la divulgación de los comportamientos personales hacía furor. Analista, en fin, de las derivas sentimentales de las nuevas generaciones con una comprensión y agudeza particular, fue quien mejor comprendió a la juventud de su tiempo.

    Quizá lo que más llama la atención en la abundante creación de Eric Rohmer (una treintena de películas) es la unidad y la coherencia de sus temas. El amor siempre será el núcleo central de sus obras; hombres y mujeres que se encuentran, que se atraen, que se aman, que temen comprometerse, que se equivocan, que pasan cerca de una felicidad posible. Todo ello pone en juego la libertad, las heridas del tiempo, los riesgos que hacen correr los sentimientos que la razón no gobierna, las frustraciones inevitables... El juego amoroso, con resultados diversos, está siempre dispuesto a recomenzar, quizá para cometer los mismos errores bajo la influencia de elementos que los personajes no acaban de dominar. Sus películas no son, sin embargo, un catálogo de errores de las nuevas generaciones. En el fondo, todas sus obras hacen referencia al verdadero amor y a la fidelidad, a menudo olvidada, pero afirmada como un postulado fundamental. Todo eso pasa a través de abundantes diálogos que –otra paradoja y no la menor del cineasta– están cuidadosamente escritos pero gozan siempre de una naturalidad sorprendente.

    Si esta evocación se inicia con una cita de la crítica de Jean de Baroncelli, puede cerrarse con otra cita del mismo texto, que destaca por su actualidad y por ser un juicio adelantado sobre la obra del cineasta: “Eric Rohmer trata problemas que no son actuales porque son de todas las épocas: el amor (el amor verdadero y no la cabriola erótica), la religión (el protagonista es católico y como tal  acepta las reglas) y la difícil búsqueda de la felicidad en los quehaceres de la vida cotidiana. Sobre todo, se interesa por seres inteligentes, capaces de reflexionar y de razonar, de tomar decisiones personales (a veces equivocadas, podría añadirse), lo que nos distrae de los maniacos, los dementes o los robots a los que el cine dedica a menudo sus favores”.


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