• Cultura
  • El fin del mundo: fantasías y visiones

    Texto Jorge Collar

    De 2012, de Roland Emmerich a The Road, de John Hillcoat, el cine actual se inclina por las historias apocalípticas


    El temor a una catástrofe planetaria está en el ambiente. El cine se ocupa del tema, mezclando hipótesis pseudocientíficas, cifras climáticas o peligros atómicos. El género de “filmes catástrofe” se ha popularizado, y así llegan a las pantallas dos obras que podrían incluirse en esta categoría pero con características muy diferentes, por no decir opuestas: 2012, del alemán Roland Emmerich y The Road, del australiano John Hillcoat.

    De Roland Emmerich se podría decir que ha inventado un género: las “películas de destrucción masiva”. Su incursión en el género con Independence Day (1996), estruendoso éxito de taquilla, continuaba en The Day After Tomorrow (2004). Gracias a unos medios financieros importantes y a las imágenes de síntesis en plena evolución, se podían obtener resultados impresionantes. Estas películas se ajustaban a un esquema dramático invariable: tremendas imágenes de destrucción combinadas con historias individuales donde están en juego problemas amorosos y familiares. Todo con el inevitable final feliz. 

    2012 aplica el mismo esquema, pero da a la catástrofe un carácter más radical. Adrian Helmsley (Chiwetel Ejiofor), eminente geólogo americano va a la India,  donde un colega trabaja sobre el núcleo terrestre, mientras que un novelista divorciado, Jackson Curtis (John Cusack), lleva a sus hijos de vacaciones a orillas de un lago donde casualmente tendrá noticias de la catástrofe que se prepara.

    La obsesión de Emmerich es ir más lejos que en sus obras anteriores, ofrecer un espectáculo de destrucción a gran escala como nunca se ha visto en el cine. Y hay que reconocer que esta audacia le permite no defraudar a los espectadores. Todos los lugares significativos del mundo son destruidos, incluido el Vaticano. Las imágenes de la Meca estaban también listas, pero un reflejo de prudencia las ha hecho retirarlas  de la película. Es evidente que 2012 no debe tomarse en serio, es una película de pura diversión que cumple sin embargo su acuerdo tácito con el espectador de este tipo de cine. El éxito de taquilla prueba una vez más el limitado influjo de la crítica sobre el gran público.

    The Road, de John Hillcoat, es harina de otro costal. En primer lugar porque el guionista, Joe Penhall, adapta una novela del mismo título de Cormac McCarthy, premio Pulitzer 2007. 

    Esta vez la catástrofe pertenece al pasado y además su origen no se especifica. Un fenómeno desconocido ha producido un gran resplandor y la tierra ha sido privada de vida. Los escasos supervivientes tienen dificultades para subsistir, y surgen el canibalismo y la barbarie. En este contexto, un hombre (Viggo Mortensen) conduce a su hijo de diez años (Kodi Smit-McPhee) a través de los Estados Unidos devastados. Para recrear un mundo sin sol se han utilizado como decorados zonas destruidas por el Katrina o pueblos abandonados que la fotografía de Javier Aguirresarobe ofrece con una extraordinaria belleza fúnebre. John Hillcoat ha renunciado a las imágenes de síntesis, no hay nada o casi nada de espectacular en The Road, que conserva sin embargo una extraordinaria fuerza visual y una acción palpitante. Y el director ha renunciado también a todo exceso en la representación de la violencia, incluso si su amenaza es constante y forma parte del esquema dramático del relato.

    La imagen, sin trampa, está aquí al servicio de la historia, y la historia es simple. Se trata de la supervivencia y de la transmisión de valores. Porque el padre intenta inculcar a su hijo, todavía un niño, las nociones elementales de una moral natural que divide a la especie humana en caníbales y personas honestas, los buenos y malos de toda fábula que describe una situación extrema. Hillcoat juega con la emoción, y Dios sabe que la emoción es difícil de obtener en este tipo de películas que el espectador contempla siempre sin demasiada convicción. Pero el mérito en este terreno se debe al formidable trabajo de Viggo Mortensen y de Kodi Smit-McPhee, y a la rápida aparición de Robert Duvall. Para evitar un excesivo pesimismo, la historia desemboca en  un final que deja a salvo la esperanza.