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  • Atrás traen a rastras sartas de otras erratas

    Texto Joseluís González [Filg 82]

    Una letra cambiada, una palabra confundida con otra... son algunos de los fallos comunes pero difíciles de esquivar.


    Las monedas con defectos —la efigie repetida en el anverso, supongamos— multiplican su valor para los coleccionistas. Esas rarezas de numismática, esas taras, les dan personalidad difícilmente repetible. Dumbo, el elefante volador que inventaron Helen Aberson y Harold Pearl en los años treinta, se llama en realidad Jumbo Jr. Pero en el circo en que nace lo apodan con ese nombre más bien cruel —en inglés, dumb significa «mudo» y encima, despectivamente, «tonto»—, para mofarse de sus desmedidas orejas. De ese inconveniente Dumbo logra una virtud: sus amplísimas ternillas le permiten volar como si tuviera alas desarrolladas. La historia de ese elefante representa el sentido de la enseñanza y de la esperanza que asegura: los aparentes defectos de alguien podrían convertirse en cualidades. 

    Por las mismas fechas en que Disney dibujó el largometraje de Dumbo, el escritor y diplomático mejicano Alfonso Reyes publicaba un discurso a impresores y tipógrafos. Reyes hizo amena su intervención —publicada como «Escritores e impresores» en el diario bonaerense La Nación el 30 de marzo de 1941— resumiendo varias anécdotas sobre impericias y casualidades que habían experimentado sus libros en las pruebas de imprenta. Se refirió a las erratas. El sustantivo plural latino errata significa «cosas erradas, confundidas». Las que le cayeron a sus versos los mejoraban, reconocía don Alfonso. Uno que debería decir «más adentro de tu frente» se transformó en “mar adentro de tu frente”.  En el mismo artículo, incluido también en el libro La experiencia literaria, Reyes elogia otra pifia. En lugar de “La historia, obligada a describir nuevos mundos”, el talento o el despiste del tipógrafo le colmó de honduras la frase al sustituir describir por descubrir. Las erratas nacieron casi con la imprenta de tipos móviles de Gutenberg (o del neerlandés Laurens Janszoon Coster). En nuestra Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra un compañero me ilustró que al periódico The Guardian sus resignados lectores lo llamaban The Grauniad, por sus frecuentes errores tipográficos. El apodo es ahora infundado, según me aseguran.

    Le propongo ahora una reflexión. Si le digo que, sgeun etsduios raleziaods por una uivenrsdiad ignlsea, no ipmotra el odren en que las ltears etsén ecsritas: la uicna csoa ipormtnate es que la pmrirea y la útlima ltera las hyaan ecsirto en la psioción cocrreta. Y evidentemente, como usted estará comprobando, las daems peuden etsar ttaolmntee mal e incluso prodá lerelo sin pobrleams, pquore no lemeos cada ltera en sí msima snio cdaa paalbra en un contxetso.

    Alfonso Reyes definió la errata como «especie de viciosa flora microbiana siempre tan reacia a todos los tratamientos de la desinfección», y Ramón Gómez de la Serna como «microbio de origen desconocido y de picadura irreparable». Siempre bichos pequeños y resistentes.

    Ningún idioma escapa de la plaga. En un poema pacifista, un bienintencionado inglés imaginaba así el sueño de un soldado que suspira por volver a casa: «Pasa la noche bajo las escaleras, y los sueños no salen de allí». Pero en los papeles del poeta el combatiente era menos cobarde: «All night he lies beneath the stars,/And dreams no more out there». O sea que la noche lo pillaba bajo las estrellas (stars), no acurrucado en los peldaños  (stairs) de una escalera.

    De cinco estrellas es esta que recoge el editor José Esteban en su divertido libro Vituperio (y algún elogio) de la errata: «El Consejo de Administración es responsable de la desesperación de los fondos». Como mucho, responderían de la «desaparición». Más animales que flores, la novela de Dumas hijo La dama de las… camellas.

    Don Manuel Seco, catedrático y sabio, soltó en 1990 en pleno diario El Sol una frase viajera por muchas redacciones: «Las erratas son las últimas que abandonan el barco». Cuesta espulgarlas y barrerlas de las páginas o de cubierta. Quizá por eso en uno de los puntos de su Libro de estilo, el sensato 2.95, El País da la cara: «Los duendes de imprenta no existen. Tampoco los hay en la Redacción. Cuando se comete un error, se reconoce llanamente, sin recursos retóricos». Dar la cara y mostrar el valor de verdad. Como las monedas sencillas, que muestran cuánto valen, sean nuevas o de primera acuñación. Monedas de siempre que tienen cera —perdón, cara, tampoco cama ni casa ni rara— y cruz. 

     

    Joseluís González [Filg 82] es escritor y crítico literario.