Adonáis, la más venerable juventud

Texto Enrique García-Máiquez [Der 92], poeta y ensayista 

La colección de poesía Adonáis y su premio homónimo son los más longevos de la historia poética de España. Con casi tres cuartos de siglo recorridos, su catálogo no solo recoge sino que preanuncia la mejor poesía. 


—Logotipo que representa al premio Adonáis.

Adonáis se estrenó en 1943 recibiendo a portagayola a Rafael Morales y sus Poemas del toro. Aquel poemario se arrancaba de lejos porque recibía los ímpetus de la vigorosa poesía de Miguel Hernández, y, al tiempo, recreaba los preciosismos formales del garcilasismo en boga. Dejaba claro el espíritu de la colección: un equilibrio audaz entre la tradición y el pálpito de cada momento. Adonáis, además, debía ese nombre al título del poema que Shelley dedicó a John Keats, proclamando una vocación internacional que se ha mantenido viva con la publicación de insignes traducciones.

Ese mismo año se convocó el primer premio «Adonáis», que será, desde entonces, el estandarte de la colección. Aunque en ella también se publican libros sin premios previos y acoge otros certámenes, como el «Alegría», que conmemora el libro de José Hierro que ganó el Adonáis en 1947, el «Florentino Pérez-Embid», que recuerda a una personalidad clave en la trayectoria del sello, y el «San Juan de la Cruz», que cierra el círculo, pues el premio Adonáis se falla alrededor del 14 de diciembre, festividad del patrón de los poetas. 

La colección, en general, y el premio, en particular, han gozado de una extraordinaria estrella. Su historia la repasa el actual director, Carmelo Guillén Acosta, en Historia de Adonáis (Rialp, 2016). Asombra la cantidad de jóvenes premiados que fueron luego nombres imprescindibles. El caso más paradigmático es el premio de 1953 a un libro milagroso: El don de la ebriedad, de un Claudio Rodríguez de diecisiete años. Pero hubo más hallazgos entre premiados y accésits: Valente, Ricardo Molina, Brines, Ángel González, Sánchez Rosillo, García Montero, Aurora Luque... No hay tendencia poética o grupo que no haya sido galardonado muy pronto por el «Adonáis» en algunos de sus representantes más significativos. Desde mi experiencia como jurado en las últimas ediciones, emociona ver cómo los nuevos premiados empiezan a contarse, enseguida, entre las voces importantes del panorama poético en español.

Preguntarse por los motivos de este fenómeno es otra manera de explicar la trascendencia del «Adonáis», más allá del inabarcable recuento de nombres y títulos. ¿Cómo el premio de poesía más longevo ha logrado el secreto de la eterna juventud?

La primera respuesta está en la propia juventud. Es quizá el premio para jóvenes más codiciado por su prestigio, por su eco mediático y por la sobria hermosura de su diseño. En la Séptima antología de «Adonáis»(Rialp, 2016) los poetas lo reconocen en sus textos introductorios, uno tras otro.

Se presentan al premio, por tanto, muchos originales. La selección natural, a partir de ahí, es sencilla. A elegirlos bien contribuye la estabilidad del jurado. La colección solo ha tenido tres directores: José Luis Cano (1943-1963), Luis Jiménez Martos (1963-2003) y Carmelo Guillén Acosta; y la condición de miembro del jurado es prácticamente vitalicia. Se evita de ese modo que el criterio poético dé bandazos de año en año.

Tampoco olvidemos el curioso mecanismo de la profecía que se autorrealiza. El premio produce gran interés en los medios, provoca la atención minuciosa de los críticos y propicia las invitaciones a congresos y recitales. Proporciona, en suma, un reforzamiento positivo: verse en un catálogo de tanto peso impresiona y potencia la responsabilidad creadora de los premiados y les abre puertas para las siguientes publicaciones. Sus carreras literarias arrancan con un pistoletazo de salida ventajoso.

Hay un motivo más central, volviendo al inicio de estas líneas y al corazón de la poesía: la combinación que, desde el origen, se logró y mantuvo entre tradición y actualidad. Otro cielo, el último libro de la colección, de Santiago de Navascués (Pamplona, 1993), ganador del Premio Alegría 2016, nos ofrece en un haiku («Las olas del mar/ se entierran con la luna/ bajo la arena») una poderosa imagen para concluir. La vieja luz de la poesía nos cala muy hondo con cada nuevo libro —una ola más— de Adonáis, que la refleja. 


Libros NT 693


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