• Cultura
  • Adivinar la realidad

    Texto Joseluís González [Filg 82] es profesor y crítico literario @dosvecescuento

    La poesía no solo se embebe de realidad, sino que aspira siempre a encontrar «la palabra justa» que nos ayude a entenderla.

    Poema manuscrito de Miguel Hernández. ©www.todocoleccion.net

    La poesía mantiene extrañas relaciones con la realidad. Afortunadamente. A veces la refuerza. «Por el aire andan plácidas montañas/o cordilleras trágicas de sombra/ que oscurecen el día» escribe Borges en un soneto que ensalza las nubes. Se pregunta versos más abajo si las nubes son «una arquitectura del azar». En una escena de la novela filmada Ardiente paciencia o de lo que fue una película hecha novela, el cartero Mario Jiménez habla con Pablo Neruda. «Te quedas ahí parado como un poste», le dice el premio Nobel. Y el aprendiz de cartas y versos casi rectifica: «¿Clavado como una lanza?». «No, quieto como torre de ajedrez», escucha por respuesta. Luego el joven duda de si se puede estar más tranquilo que un gato de porcelana. Ese sensual Neruda compuso unas maravillosas Odas elementales, elogios de cosas sencillas y de diario. Nos hace saber que un libro, por ejemplo, es un «mínimo bosque», como asegura cuando retrata su verdadero oficio: «los poetas caminantes exploramos el mundo: en cada puerta nos recibió la vida». Y en esas casas limpias el vino es el «estrellado hijo de la tierra»,  «liso como una espada de oro, suave como un desordenado terciopelo» y, sobre todo, «mueve la primavera». Es verdad. Posiblemente sea así para siempre, después de que nos lo han descubierto quienes con la palabra y la mirada engrandecen la definitiva realidad. La alegría de la realidad.

    La poesía no siempre da tristeza. Abundan los casos de voces que aumentan los confines de nuestra vida. Estas ocho líneas inolvidables, escritas cuando los veranos se segaban a mano, en la España de los años treinta, elogian un aspecto arrinconado de la existencia: «Es demasiado poco maniquí,/vivo al viento del más visible trigo,/la caña de la escoba para ti,/a la fuerza del pájaro enemigo./Donde los picos restan pan, allí/te eriges con tu aire de mendigo,/meseguero incorpóreo, que has dejado/riéndose tu cabeza en el granado». No solo segaban el cereal —«el granado»—, la mies, con hoz «los mesegueros»; también los palos de las escobas eran de caña, y cuerpo de espantapájaros, para ahuyentar a las aves («los picos») que pretendían «restar» (disminuir, quitar) lo que iba a ser el trigo para el pan. «Aire», pintas de mendigo tiene este espantapájaros que se ve con la acción del viento y que exaltó un joven Miguel Hernández en Perito en lunas, experto en noches y oscuridades. En reflejos. Un libro que salió en 1933, tarde para el homenaje a Góngora en 1927. Un libro de poco más de dos mil palabras. Un libro enorme. 

    Otras cuarenta y una adivinanzas que hacían ascender la realidad se suceden en ese poemario que guarda todavía secretos. Recomiendo un ensayo sin fecha de caducidad, Simbología secreta de «Perito en lunas» de Miguel Hernández, escrito y dibujado por Ramón Fernández Palmeral, que comenta los versos y las imágenes de esos acertijos. Puede consultarse en la web cervantesvirtual.

    ¿Alguien sabrá descifrar qué profesión canta el poeta con esta octava? «Aunque púgil combato, domo trigo:/ya cisne de agua en rolde, a navajazos,/yo que sostengo estíos con mis brazos, /si su blancura enarco, en oro espigo./De un seguro naufragio, negro digo,/lo librarán mis largos aletazos/ de remador, por la que no se apaga/boca y torna las eras que se traga». En la calle de Orihuela donde vivió Miguel Hernández de 1930 a 1936 olía por las mañanas a la panadería de la familia Fenoll. Era sede de una tertulia literaria joven, entre roldes y artesas y sacos de harina. Amasar a puñetazos. A navajazos invisibles. El panadero doma y suaviza la harina, que vino dorada del verano y las cosechas, blanca ahora como un cisne curvado, enarcado, o sea, la masa. El pan será oro tierno. Lo corta en hogazas, en piezas (más navajazos), y lo mete en el horno, en la boca del horno, con la larga pala, como si remase. Los barcos de los panes acabarán en un naufragio que hay que rescatar para que no se chamusquen y salgan negros. El pan de cada día y los días saben mejor después de estos descubrimientos.

    Esa palabra anticuada para designar a los poetas, vate, guardaba en sus entrañas parte de verdad. Vaticinio, vaticinar, pronosticar y adivinar, misión de esos creadores. Con hacernos nueva —y algo más grande— la realidad que abrimos todas las mañanas nos basta para agradecérselo. Y poder vivir así. Divinamente casi. Sin tantas pesadumbres, por favor.


    Libros NT 685


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