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  • Tres nuevos doctores 'honoris causa'

    El pintor Antonio López, el cardenal Péter Erdö y el catedrático Joseph H. H. Weiler se suman a la nómina de doctores honoris causa de la Universidad.

    —En el edificio Central. De izquierda a derecha, Inmaculada Jiménez, Rafael Domingo, Joseph H.H. Weiler, monseñor Javier Echevarría, Péter Erdö, Eduardo Molano y Ángel J. Gómez-Motoro.

    La Universidad celebró el 27 de octubre el acto de investidura como doctores honoris causa de tres personalidades: el cardenal húngaro Péter Erdö, arzobispo de Budapest y presidente del Consejo de Conferencias Episcopales de Europa; el catedrático de Derecho de la Universidad de Nueva York, Joseph H. H. Weiler; y el pintor Antonio López, que no pudo estar presente en el acto por un problema de salud.

    Con los tres nuevos doctores son ya 35 las personas distinguidas con este reconocimiento.

    Más de 450 personas, entre autoridades y académicos, asistieron al evento, celebrado en el Aula Magna y presidido por el gran canciller, monseñor Javier Echevarría. Asimismo, otras 370 personas vieron el acto desde diferentes estancias del edificio Central.

    El prelado del Opus Dei destacó que los tres nuevos doctores, cada uno desde su especialidad, comparten “una honda vinculación” a la institución universitaria. “Su acendrada personalidad –dijo– ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la tarea deformación de las personalidades jóvenes y sobre el empeño por ampliar las fronteras del conocimiento, mediante la investigación científica”.

    En su discurso, el gran canciller de la Universidad aseguró que el momento actual se presenta “grávido de desafíos”. “La comunidad académica no ha de replegarse sobre sí misma: sería una irresponsabilidad grave. Ha de responder, en cambio, a los diversos retos que se le presentan, avivando los motivos de esperanza”.

    Según dijo, sólo el acercamiento sapiencial a la naturaleza, a la sociedad y a la persona, a la verdad de su origen y de su destino, puede ofrecer una sólida base para la educación de las nuevas generaciones. “Respetando cuidadosamente la libertad de los estudiantes, los profesores han de entrar en diálogo personal con los alumnos, y también entre ellos, para ampliar horizontes culturales y orientarse hacia la superación de tantas perplejidades morales como se alzan ante su mirada, en un entorno social que se halla en trance de perder toda sustancia ética”.

    Tal y como manifestó en su discurso, “lejos de ofrecerles un refugio protector, reductivo, la universidad ha de contribuir a templar el ánimo de los jóvenes, para que se lancen con valentía a revitalizar una sociedad más libre, creativa y solidaria: más cristiana”.