• Campus
  • Montserrat Herrero: «La sociedad no es tan distinta de los políticos»

    Texto Jon Fernández, periodista / Fotografía Manuel Castells [Com 87]

    ¿Cuánto vale hoy la palabra? Desde el punto de vista evolutivo, mantener la palabra dada ha sido y es favorable para el ser humano, porque crea vínculos de cohesión y cooperación. Sin embargo, la promesa también atraviesa una época de crisis, tanto en la vida privada como en la política. Así lo afirma Montserrat Herrero [Fia 89 PhD 94], profesora de Filosofía Política e investigadora del Instituto Cultura y Sociedad. «Como dijo el poeta y premio Nobel Vicente Aleixandre: “Ser leal a sí mismo es el único modo de ser leal a los demás”».

    —Honradez.«En política hacen falta personas en las que se pueda confiar».

    ¿Por qué tiene el ser humano la necesidad de prometer?
    Somos temporales, nuestra existencia se mueve en las coordenadas de pasado, presente y futuro. Con nuestras acciones no solo vivimos en presente, sino que nos aseguramos un porvenir. Es decir, necesitamos adquirir cierta estabilidad, necesitamos comprometer nuestra voluntad a largo plazo. Y esto solo podemos hacerlo dando lo más íntimo que tenemos, que es nuestra palabra. Nuestra palabra somos nosotros mismos, y no algo exterior. Una persona que no tiene palabra carece de identidad. Pero además, en esa forma de asegurar el futuro, se entrevé un deseo de eternidad. Hay cosas que no quieres que se diluyan o desaparezcan, porque su modo de ser es el «para siempre». Por ejemplo, un amor verdadero, sea a una persona, a la familia, a la patria o a Dios. De esas relaciones surgen siempre los compromisos más fuertes y las promesas más inviolables.

    ¿Comparte la idea de que la palabra dada ha sido la base de todas las sociedades?
    Sí, claro. Nietzsche plantea en Sobre la verdad y la mentira en sentido extramoral el caso extremo contrario: todos los hombres tienen una innata inclinación al engaño. Es una situación de gran desconfianza en la que se entabla una lucha a muerte. La única forma de salir de esa situación es generar artificialmente algo así como la verdad. De ahí que mediante un pacto, se lleguen a determinar significados unívocos para las palabras, y pueda haber acuerdos. Todos los hombres deben tomar la determinación de respetar las significaciones válidas, si quieren vivir en paz. Nietzsche coloca la mentira en el origen de la veracidad, en su interés por subvertir los valores. Pero, en cualquier caso, necesita del respeto a la verdad y a la veracidad para construir la sociedad. Ninguna sociedad puede subsistir sobre la base de la mentira, es decir, sobre la devaluación de la palabra. Hasta Nietzsche lo reconoce.

    Hace miles de años que se institucionalizó el funcionamiento de las promesas y los juramentos.
    Las instituciones jurídicas no hacen más que secundar este fundamento antropológico-político: los juramentos y la fidelidad a estos están en la base de todo orden social. El politólogo italiano Paolo Prodi repasa en uno de sus libros —El sacramento del poder: El juramento político en la historia constitucional de Occidente— las diferentes formas que ha ido adquiriendo con el paso del tiempo esta institución jurídica. Efectivamente, el juramento (ius iurandum) tuvo una importancia enorme en la Antigüedad y, por supuesto, entre los juristas romanos. El propio término ius parece guardar relación con el juramento y, probablemente, con Iovis (Júpiter), el dios invocado en el juramento para castigar el perjurio. A partir de esa realidad, la jurisprudencia elaboró el concepto de fides —o lealtad a la palabra dada— que ejerció un papel decisivo en la formación del Derecho romano y, en particular del Derecho de gentes, precedente del Derecho internacional y del nuevo Derecho global.

    Hasta hace poco tiempo, «dar la palabra» era algo casi sagrado. ¿Padecemos hoy de una crisis de la confianza?
    Era sagrado porque, como dice John Locke, se entendía que había un testigo sagrado que tenía poder sobre el orden del mundo y del lenguaje. No respetarlo implicaba autodestruirse. Muerto Dios, diría Nietzsche, para orientarnos solo nos queda el lenguaje. Pero el giro posmoderno en Filosofía, que ha tenido muy en cuenta el «giro lingüístico», ha acabado incluso con esa presunción. La palabra se puede violar sin ningún problema. Parece que no posee entidad alguna. Ni la realidad de las cosas puede ser un límite a mis enunciados, ni yo estoy sometido a mi propia palabra, dirá la nueva Filosofía en su alarde libertario. En el contexto posmoderno nos movemos en lo que a partir de Wittgenstein entendemos como «juegos lingüísticos». 

    ¿Hemos devaluado el valor de la palabra?
    Según Wittgenstein, las palabras y proposiciones no están dotadas de algún significado independiente de nosotros. Si deseamos comprender su significado, hay que examinar la circunstancia que lo dotó. Es decir, hay que determinar cómo se usa esa palabra. Lo que ha de aceptarse son formas de vida plurales que generan significados no unificables. Por su parte, Michel Foucault rechaza la idea de que existe un sujeto fundador del discurso que lo trasciende, o la idea de que en la base de la experiencia existen significaciones preexistentes, que sí son neutrales o reales. Todo discurso es una violencia que aplicamos a las cosas.

    ¿Quiere decir que la realidad se crea en el lenguaje y no al revés?
    Eso es. Mis palabras no han de adaptarse a nada. Son pura voluntad de poder. Este es el nuevo contexto. Si digo que no hay crisis, no hay crisis aquí y ahora... Al menos durante mi legislatura. ¿Era o no verdad? Da igual, si yo conseguí ganar las elecciones y estar otros cuantos años en el poder. Así funciona para muchos la actual estructura del lenguaje: como pura voluntad de poder. La teoría discursiva del filósofo Ernesto Laclau es un magnífico ejemplo de esta práctica. 

    ¿Qué ocurre cuando no se cree en la palabra dada?
    Pasa lo que vemos: corrupción, disolución, desconfianza, enemistad, lucha.

    ¿Cómo se puede recuperar el valor de la promesa?
    En el ámbito personal, me parece que es sencillo: no mentir nunca. La veracidad me parece la virtud más importante. Todo lo simplifica y todo lo corrige. Ya estaba en las tablas de Moisés. Sin ella, es imposible seguir ninguno de los demás consejos de esas tablas. Uno miente por miedo o por perseguir alguna utilidad. Sin embargo, generalmente desconocemos la utilidad real de las acciones. Lo que vaya a ser en el futuro nos es desconocido, y en la mirada retrospectiva generalmente nos damos cuenta de que nos equivocábamos en nuestros cálculos. Lo más sencillo siempre es ser veraz. Por otra parte, hay que recordar el viejo refrán: «Antes se coge a un mentiroso que a un cojo».

    Leer texto completo en pdf