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  • Javier Marrodán: «Es preciso arropar a las víctimas de ETA, también a nivel periodístico»

    Texto Celia Erice [Com 15] Fotografía Jorge Nagore Cavero y Diario de Navarra

    Javier Marrodán (Pamplona, 1966) es periodista y profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. Desde de 2012 ha coordinado una investigación sobre la historia del terrorismo de ETA en Navarra. El libro se presentó en Pamplona el 13 de diciembre y cuenta con el patrocinio del Gobierno de Navarra. 


    Javier Marrodán Ciordia [Com 89 PhD 00] se licenció en periodismo en 1989 y se incorporó a Diario de Navarra. Por entonces, la actividad terrorista comenzaba a cobrar mayor protagonismo en los periódicos y él tuvo cada vez mayor interés en ese tema. En 1990, se produjeron en la comunidad foral desarticulaciones de comandos, tiroteos o bombas, y él se centró de lleno en dicho ámbito. En 1999 tuvo material suficiente para hacer una tesis doctoral sobre la historia del terrorismo en Navarra, a la que dedicó un año de su vida. Una vez acabada, volvió al periódico y realizó reportajes más largos, como El eco de los disparos, sobre la familia Ulayar, que se publicó el 3 de diciembre de 2000. Ese mismo día, festividad de san Francisco Javier, el Gobierno foral entregó la Medalla de Oro de Navarra, máxima distinción de la Comunidad, a las víctimas del terrorismo. 

    Fruto de ese reportaje pudo escribir un libro, Regreso a Etxarri-Aranatz, que recoge la historia de los Ulayar, antes y después del asesinato de Jesús Ulayar, ex alcalde de esa localidad, y también la de varias víctimas de ETA en Navarra. En 2008 colaboró en la realización del libro 40 días rojos. Asesinatos de ETA en Navarra

    En todos sus trabajos, este periodista ha dado un gran protagonismo a las víctimas de cada atentado, de quienes realza su dignidad y ejemplo. Cuando le propusieron contar estas historias, Marrodán pensó que toda su trayectoria profesional había sido una preparación para ese proyecto.


    ¿Por qué el terrorismo?

     Fue surgiendo de una manera natural. Un poco antes de acabar la carrera, hice unas prácticas en Diario de Navarra y, ya licenciado, me quedé como redactor. En un periódico local se acaba haciendo de todo; pero, claro, al final lo que hace un periodista es contar lo que tiene a su alrededor. A finales de los ochenta y principios de los noventa se vivió un panorama en el que había gente que mataba… gente que mataba a otras personas porque pensaban que así iban a conseguir sus aspiraciones políticas. El asunto me interesó como periodista porque era lo más importante que estaba pasando. Y también me interesó como ciudadano, por todos aquellos sucesos que ocurrían a mi alrededor.

    ¿Cuál fue su punto de partida? 

    No empecé haciendo grandes cosas, pero sí que recuerdo un atentado contra la casa cuartel de Alsasua, en diciembre de 1988. Una bomba trampa hirió gravemente a un guardia civil en las dos piernas. Sobrevivió, pero estuvo mucho tiempo ingresado. Le operaron y le pudieron poner una prótesis. En ese momento, me pareció muy interesante la idea de entrevistarle. Sería enero de 1989 más o menos. Después de hacer alguna gestión, él accedió a mantener la entrevista. Me senté a hablar con un joven de 26 años, un poco mayor que yo, con mi grabadora y, de repente, me encontré con una historia increíble. La historia de su atentado: cómo empezaron a caer granadas desde el monte, y como él salió para intentar parar todo aquello y pisó una bomba trampa. Después empezó a contarme que estaba a punto de casarse, los planes que tenía con su futura mujer… Fue una entrevista que siempre recuerdo como la primera vez que hice algo de cierta envergadura relacionado con el terrorismo. En el periódico gustó mucho, tuvo cierto eco.

    En sus informaciones presta una atención especial a las víctimas que han sufrido un atentado o a sus familias...

    Siempre me ha parecido un tema interesante e, incluso, una responsabilidad periodística hablar de las víctimas, o más bien dejar que hablen ellas mismas. El periodismo es un trabajo donde hay que dar voz a los que no tienen voz. Al final te das cuenta de que el atentado es algo que ocurre en un día determinado, con unos titulares, la capilla ardiente, el funeral, el entierro… Y ya. Pero a partir de ahí empieza una historia: la historia de la viuda de ese hombre, de sus hijos, de sus padres… Para las víctimas, el titular del atentado se desvanece enseguida. Ellos empiezan a vivir una vida totalmente distinta sin ese ser querido. Yo vi que esas historias había que contarlas. En Diario de Navarra siempre han sido bien acogidas, lo que ha supuesto una ventaja. Y ahora, con el proyecto que estamos haciendo, hay gente que está dispuesta a contar su historia. También es verdad que en estos tiempos, hablar es mucho más fácil para ellos. 

    ¿Mantiene el contacto con alguna de esas familias?

    Sí. Al final son entrevistas interesantes a nivel periodístico, pero también a nivel humano. En una ocasión, me encontré con José Aguilar, el guardia civil herido en Alsasua, en un acto en homenaje a las víctimas en el Parlamento de Navarra. En el momento en que fui a darle la mano, él me dijo: «¿La mano? ¡Dame un abrazo!» Cómo le iba a dar la mano con todo lo que habíamos vivido juntos. En muchas ocasiones tratas con gente que nunca ha contado su historia. El otro día estuve en Málaga haciendo dos entrevistas. Una de las señoras, esposa de un guardia civil asesinado en 1980, contaba cómo tuvo que sacar adelante ella sola, con veinticuatro años, a sus tres hijos, y lo mal que lo pasó. Nunca había hablado de ello con un periodista, pero en ese momento ves cómo, cuando te sientas, empieza a contarte todo. Eso al final crea una cercanía enorme. 

    ¿Qué papel cree que desempeñan las víctimas?

    Creo que las víctimas han sido ejemplares. Lo digo en el sentido de que nadie se ha tomado la justicia por su mano. Se habla de la espiral de la violencia. Una espiral que va ensanchándose cuando hay una respuesta a esa violencia y otra respuesta a esa respuesta y así sucesivamente en círculos cada vez más amplios. Aquí no ha habido espiral porque las víctimas no se han tomado la justicia por su mano. No se ha llegado a una fractura social. Han masticado su dolor en silencio, pero no han hecho nada, y eso hay que agradecérselo. 

    ¿Cuál es su relación con los Ulayar? 

    La historia de la familia Ulayar es una de las más terribles, y a la que más tiempo dediqué en el libro. Con los cuatro hijos tengo una relación muy buena. Somos amigos íntimos. Ellos nunca habían contado su experiencia. Y recuerdo que esto sucedió en 2000, cuando se celebró el primer homenaje institucional a las víctimas del terrorismo. En ese acto surgió la idea de hacer algo «potente» y pensé en la familia Ulayar. Les llamé, y les dije que nos gustaría contar su historia. Después de pensarlo mucho, aceptaron. Durante una semana quedamos un rato todos los días. De aquellas conversiones surigieron el reportaje –que tuvo mucha difusión– y la relación que mantenemos. Recuerdo que mucha gente me dijo que lo había leído y se decía: «¿Dónde estaba yo cuando pasaba todo eso?». Ha habido personas que, con efecto retardado, se preguntan dónde estaban ellos cuando pasó lo de Etxarri o en otros atentados.

    Usted cita un fragmento de Los miserables, de Víctor Hugo en el que se distingue entre el «historiador de los hechos» y el «historiador de las costumbres». El primero se ocupa de los acontecimientos que ocurren a la luz del día y el segundo trata de reflejar «las evoluciones secretas de las almas». ¿Se pueden hacer ambas cosas?

    Pienso que sí. A mí ese texto me gusta mucho, creo que es un resumen perfecto del periodismo. Un buen periodista tiene que hacer las dos cosas. Siempre hay que tratar bien a las personas. Pero no tratarlas bien para que te cuenten su historia, sino porque realmente te importan. Con toda esta gente tenemos una deuda pendiente que incluye, no solo hacerles justicia periodísticamente, sino tratarles muy bien. Eso es importante. Además, descubres que no te hace falta hacer editoriales, ni juicios de valor. Si tú cuentas bien esa historia, no hace falta nada más: el lector saca sus propias conclusiones.

    ¿Qué le ayuda a ser periodista en los momentos más difíciles?

    En 1996 escuché una reflexión del entonces concejal Joaquín Pascal, amenazado por ETA, que me sirvió mucho: «Me ponen contra las cuerdas, pero yo no soy un ingenuo; si con esta carta me asusto y me caigo del guindo, es porque no me estaba enterando de qué iba la cosa». Entonces yo pensé que, de algún modo, un periodista que trabaja en Diario de Navarra publicando este tipo de reportajes y tratando esa clase de informaciones, sabe que son temas complicados. Hay que tener cuidado y ya está. Los periodistas tenemos una responsabilidad, y, si se dan una serie de injusticias, tenemos que difundirlas y conseguir que la gente se haga cargo de la gravedad de lo que ha sucedido. Si cuentas la historia de una viuda que ha tenido que sacar a sus hijos adelante, que ha sufrido… y es una historia bien contada, es probable que ayude a que mucha gente se dé cuenta de que lo que pasó fue importante.

    ¿Pueden estos riesgos y compromisos influir en la tarea del periodista?

    Cuando se inauguró el monumento a las víctimas del terrorismo que hay en la plaza del Baluarte, frente a El Corte Inglés, le preguntaron a Juan José Aquerreta, autor de la estatua, si no le parecía «peligroso» hacer algo así. Me impresionó su respuesta: «Lo peligroso sería no hacerlo». Se habla con frecuencia del compromiso del artista, y yo creo que los periodistas también debemos sentir esa responsabilidad. Es más: estoy convencido de que el periodismo es una profesión propicia para comprometerse con las injusticias, con todo aquello que se hace mal, con lo que se podría mejorar. Eso exige complicarse un poco la vida y el oficio, pero siempre merece la pena. Yo aún mantengo ese idealismo de los que creen que el periodismo sirve para hacer del mundo un lugar un poco mejor. Y en el caso concreto de Navarra, y en esta época que nos ha tocado vivir, pienso que eso tiene que ver con el terrorismo: es preciso dejar constancia de lo que ha ocurrido y arropar, también periodísticamente, a quienes más han sufrido. Lo contrario, «no hacerlo», resultaría más cómodo, pero sería una omisión grave en alguien que pretende informar de lo que ocurre.

    ¿Hay algún caso que le haya impactado más que otros? Conociendo tantos, ¿no corre el riesgo de acostumbrarse a un asunto tan inhumano? 

    Tengo la suerte de seguir conmoviéndome mucho con cualquiera de estas historias. Ahora que las estamos escribiendo con más calma, con motivo del proyecto, vuelves a escuchar cosas terribles. Esta mañana hemos estado con una señora que se ha puesto a llorar. Eso a mí me conmueve, y me preocuparía si dejara de conmoverme. En ese sentido me impactan todas las historias, pero con los años ese sentimiento va a más. A pesar de haber estado mucho tiempo con esto y haber hecho tantas entrevistas, eso no cambia.

    ¿Ha habido alguna persona que solo accediese a que usted le entrevistara? 

    Sí, ha habido varias personas. Recuerdo el caso de Adolfo Villoslada, al que secuestraron en noviembre de 1989 y liberaron el 16 de febrero de 1990. Yo cubrí el secuestro, ya que estaba dedicado más o menos al tema. Una vez liberado le llamé varias veces por teléfono, pero él siempre prefería quedarse al margen y no salir en la prensa. En 1993, cuando secuestraron a Julio Iglesias Zamora, al ser Villoslada el anterior secuestrado, con la novedad, le llamaron muchos medios. Entonces contactó conmigo, y me dijo: «Me están llamando varios periodistas, y al final me han convencido, pero la entrevista te la daré a ti, que estuviste desde el principio». Y sin ningún esfuerzo ni presión conseguimos una entrevista muy buena. Eso también tiene que ver con lo que decía Víctor Hugo de tratar bien a la gente.

    ¿Se ha encontrado con familias que hayan tenido la necesidad de contar su historia?

    Hay mucha gente que lo necesita. Recuerdo un caso muy curioso. En 1987 pusieron en Pamplona una bomba en una oficina de seguros de la calle Cortes de Navarra. Lo que querían con esa bomba era destrozar la oficina. La pusieron por la noche, y de madrugada, hacia las siete y media, pasó por allí una señora de 63 años que repartía periódicos, madre de seis hijos, con una situación familiar muy complicada... La bomba explotó justo cuando ella pasó al lado. Esa mujer dejó a cinco hijos, ya que uno se había suicidado antes; y a un marido al que le dio un ictus y que murió de pena tres meses después. En pocos años, de esos cinco hijos, tres fallecieron por enfermedad. En octubre de 2012 con el motivo del veinticinco aniversario del atentado, fuimos a hablar con los dos hijos, una hermana y un hermano, y comprobamos el enfado que guardaban hacia todo el mundo: ETA, los curas, el Gobierno, los periodistas… Estaban decepcionados con la forma en que se había contado su historia. Tuvimos una conversación un poco tensa, pero a pesar de todo, al cabo de unos días, les volví a llamar. Hablé con el hermano, que ya tenía cincuenta y un años, y le dije que, si querían que esos errores se corrigiesen y que su historia se contara bien, esa era la oportunidad de hacerlo. Le pareció razonable, y quedamos. Estuvimos dos horas hablando, y la sensación que ese hombre trasmitía era la de un embalse que llevaba veinticinco años reteniendo agua y que, de repente, se rompe y se abre. Esa fue la entrevista. Al finalizar, dijo que había sido la mejor terapia que había recibido. 

    ¿Qué acogida ha tenido este proyecto?

    La acogida está siendo muy buena. Ahora mismo, las víctimas tienen la percepción –y yo creo que esto es unánime– de que se las está ninguneando, de que todo el dolor de tantos años y no haberse tomado la justicia por su mano no ha servido para nada. Ven que los causantes de todo ese dolor se les están otorgando beneficios, y están muy desencantadas. En medio de ese desencanto, agradecen que aparezca alguien que quiera contar bien su historia, de manera rigurosa, completa, y con su propia voz. Incluso ha habido expectativas de mucha gente, familias que estaban pendientes del trabajo que hacíamos. Yo creo que este proyecto hay tiene un sentido profundo: contar lo que sucedió. Esa es nuestra tarea como periodistas. Y hay que hacerlo por ellos.

    ¿Cuánto tiempo cree que necesita la sociedad para curar la herida que ha dejado ETA? 

    Es complicado, depende mucho de las circunstancias de cada uno. Mientras haya gente que sienta que está abierta, esa herida seguirá abierta. Hay personas a las que nunca se le va a cerrar. El otro día hablamos con la esposa de un militar tiroteado en 1980, pero que sobrevivió. Sospechamos que ambos podían haber fallecido, pero moviendo hilos dimos con un teléfono en Benidorm, y pudimos hablar con ellos. Resultó que aún vivían los dos, y la mujer, de una avanzada edad, nos dijo: «Yo sigo curándole todos los días la herida a mi marido». Todos los días le cura la herida al que es un herido, un herido de entre muchos, pero que simboliza a cada uno. 

    Con este libro se quiere dejar «constancia de lo que se ha vivido y sufrido» en las últimas décadas. Usted afirmó que cree que este proyecto es «una buena forma de cerrarlo», pero ETA aún no ha dejado las armas. ¿Podemos hablar de un cierre definitivo?

    La iniciativa del Gobierno de Navarra parte del convencimiento de que ya no va a haber marcha atrás, de que al menos no va a haber terrorismo «militar», de que no va a haber atentados. En el terreno político, ellos siguen librando su batalla. ETA existe y hace sus comunicados y aspira a reunirse con el Gobierno, tiene una serie de objetivos y de aspiraciones. Yo creo que de un «punto final» no se va a poder hablar nunca. Lo digo en el sentido de que no va a haber una capitulación donde ellos se desenmascaren, pidan perdón y entreguen las armas. Me temo que eso no va a ocurrir. 

    Entonces, ¿por qué se ha decidido hacer este libro precisamente ahora? 

    Porque han sido derrotados. Ellos tienen su explicación, que es una manera de disfrazar lo que ha ocurrido de verdad: que la policía les ha puesto contra las cuerdas. Esta investigación comenzó cuando ETA anunció en 2012 su «alto el fuego» porque quisimos fiarnos. Es verdad que ha habido otras treguas, pero esta parece ser distinta a las anteriores, la marcha atrás parece complicada. Otra circunstancia que concurre es que ahora se puede acceder a viudas que aún viven, puedes documentar relativamente bien muchas cosas. Si se deja pasar el tiempo, va a ser mucho más difícil.

    ¿Qué significa este proyecto para usted?

    Un lujo. Acepté encantado. Tiene un componente periodístico indudable, pero es además un buen modo de hacer justicia a todo lo que hemos padecido. Para realizar el trabajo se creó un equipo con los periodistas María Jiménez, Rocío García de Leániz y Gonzalo Araluce. También ha colaborado estrechamente con nosotros Jorge Nagore Cavero, fotógrafo veterano, que cubrió directamente muchos de los atentados que hemos reconstruido. Hay además personas e instituciones que nos han ayudado. Yo no puedo imaginar un trabajo mejor: en primer lugar, por el tema, y en segundo lugar, por tener el privilegio de tratar algo de tal envergadura en la historia de Navarra. Qué más quiero.