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  • El entusiasmo de la serenidad

    Texto Joseluís González [Filg 82] / Fotografía Lupe de la Vallina

    Con motivo de la beatificación de monseñor Álvaro del Portillo, presidida por el cardenal Amato en Madrid el 27 de septiembre de 2014, la Universidad de Navarra edita una compilación de las intervenciones en la vida académica del que fuera su segundo Gran Canciller, desde 1975 hasta su fallecimiento en 1994.


    Que una parte notable de los conocimientos está sembrada en los libros lo siguen comprobando quienes lean a menudo y hayan descubierto ideas o párrafos deslumbrantes, o quien haya experimentado ese quedarse quieto y pensativo tras una frase lúcida y con horizonte. Los libros reúnen el saber. Lo comparten. Una porción valiosa del saber que contribuyen y ayudan a entender, con su testimonio y sus averiguaciones, las fronteras y límites y a la vez las profundidades del entorno y de la realidad. Es el clásico poderío del diálogo. La universidad, la ciencia, las humanidades, avanzan a través de esas comunicaciones. 

    Es cierto que la realidad, inagotable, suele admitir diversas perspectivas y enfoques. Visto de este a oeste, el pico del monte Tabor, a unos diecisiete kilómetros a poniente del mar de Galilea, es curiosamente agudo. Visto, en cambio, de sur a norte —desde Afula, la capital del Valle de Jezreel— es una cumbre redondeada.

    Poco después del Tabor

     Don Álvaro del Portillo vio el perfil de esa cima el jueves 17 de marzo de 1994. Tres días después de cumplir ochenta años, había emprendido una peregrinación a Tierra Santa. Lo acompañaban Mons. Javier Echevarría y José María Araquistáin, su médico, más Mons. Joaquín Alonso, a quien en 2014 le pidieron resumir el alcance de esas jornadas, como aportación en un congreso universitario. «Al bajar del Monte [Tabor] quiso don Álvaro que recogiéramos algunas flores campestres de aquel lugar, para llevarlas a Roma», precisó don Joaquín Alonso. Antes, habían «leído y meditado los textos evangélicos de la Transfiguración del Señor». Ese mismo jueves «don Álvaro escribió varias postales, para mandar un recuerdo desde Tierra Santa a sus hijas e hijos de Roma y a personas de la Santa Sede». El día final de aquel viaje intenso, en la iglesia que está cerca del Cenáculo de Jerusalén, don Álvaro celebró la que fue su última Misa. Tras unas cuatro horas de vuelo, el avión aterrizó en el aeropuerto de Ciampino, a eso de las 21.15. La madrugada del miércoles 23 falleció en Roma. El periodista Salvador Bernal ha escrito una semblanza clarividente donde aporta detalles singularmente humanos. El papa Juan Pablo II acudió esa misma tarde a rezar ante los restos mortales, en Bruno Buozzi, la sede central del Opus Dei. El tiempo ya no sabía contar hacia atrás.

    Los libros, paso a paso

     Al cuidado de Mercedes Alonso de Diego, la Universidad de Navarra ha editado, con motivo del primer aniversario de la beatificación de don Álvaro del Portillo, un volumen que reúne artículos sobre su persona y su enseñanza, y reproduce una decena de escritos de quien fue su segundo Gran Canciller, sucesor del Fundador, enmarcados en circunstancias y ceremonias académicas. Tras unas líneas agradecidas de Mons. Javier Echevarría sobre «el queridísimo don Álvaro», la parte inicial del libro  muestra varios estudios y testimonios sobre Mons. Del Portillo, doctor ingeniero de Caminos y doctor en Filosofía y en Derecho Canónico. Se muestra la cálida silueta, sosegada, equilibrada, de don Álvaro, plasmada en sus dotes de gobierno, como subraya Jaime Nubiola, o en cómo entendió y aceptó estar frágil de salud y saber admitir el sufrimiento, y a la vez no frenar su actividad ni sus responsabilidades, según apunta Ángeles Sánchez Bellón. La vicerrectora María Iraburu se centra en tres mensajes bien asimilados: la respetuosa unión del profesorado como resultado de un proyecto común, el reto de «hablar de Dios explícitamente» y el ejemplo silencioso del hombre humilde que fue don Álvaro. Alejandro Llano destaca dos cualidades ensambladas en él: «la más cálida comprensión» y su «firme entereza». El casi centenar siguiente de páginas lo componen tres investigaciones minuciosas, técnicas, con perspectiva diacrónica, que demuestran la novedosa e integral visión de Mons. Del Portillo en lo que se denomina «humanismo cristiano», su contribución al Derecho propio de la Iglesia y el impulso decisivo al desarrollo de facultades universitarias y grandes proyectos cooperativos de estudio y formación.

    En la segunda sección del volumen resalta la propia voz de don Álvaro: se transcriben discursos y textos académicos sobre la personalidad de san Josemaría, además de tres entrañables homilías. Inolvidable —Nuestro Tiempo la publicó— la disertación «Entusiasmar nuevamente a un mundo cansado». Otra manera de «Amar al mundo apasionadamente». En todas las piezas se sostiene la idea vertebral de la aspiración, «con la ayuda de la gracia», a la santidad y el deseo de contribuir al progreso de la sociedad contemporánea.

    Madrugar para viajes decisivos

    Aún a oscuras, con el sereno de la noche, a las puntuales seis menos cuarto de una de las últimas mañanas de septiembre de 2014 arrancaban los nueve autobuses en que viajaban alrededor de doscientas hijas de Santa María del Corazón de Jesús: religiosas, alumnas, familiares de distintos colegios que estas monjas regentan. Su fundadora, la madre María de Jesús Velarde, encabezaba esa expedición. Agradecidas a don Álvaro, se situaron en el sector T, una zona relativamente cercana al altar de la ceremonia litúrgica de beatificación que presidió el cardenal Angelo Amato. La madre fundadora denominó Tabor, por la T, a esa parte de la madrileña explanada de Valdebebas. La inteligencia emocional es la sabiduría del corazón, dicen. Y el agradecimiento es la memoria del corazón. La capacidad de establecer relaciones  y ver brotar la vida casi casi a diario. Como en libros buenos de hombres buenos. Y grandes.