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  • Entre clases y novelas

    Texto Leire Escalada [Com 10] y Beatriz Sánchez Tajadura [Com 13] Fotografía Manuel Castells [Com 87]

    La decana Reyes Calderón, que acaba de lanzar su sexta novela, forma parte del grupo de profesores de la Universidad que concilian la escritura de textos académicos con la de libros de ficción. Entre ellos destacan también Sara Barrena, Pedro Lozano y Domingo Pellicer.


    La rutina de los profesores de la Universidad de Navarra, marcada por clases, asesoramientos, reuniones y tardes en la biblioteca, también deja espacio para la imaginación, tal como lo confirma un grupo de profesores que concilia la docencia y la escritura de textos académicos con la de novelas. Es el caso de Reyes Calderón, decana de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales; Sara Barrena, profesora de Filosofía y Letras; Domingo Pellicer, profesor de la Escuela de Arquitectura; y Pedro Lozano Bartolozzi, profesor emérito de la Facultad de Comunicación.

     

    Sus inicios De pequeña, su padre le llevó a una corrida de toros en Valladolid. Cuando regresó a casa, estaba tan fascinada con la experiencia que deseaba contarla pero no sabía cómo. Entonces Reyes Calderón cogió un papel y lo escribió porque le resultaba “más fácil que expresarlo de viva voz”. Después llegaron los concursos de cuentos, que ganó con la condición de hacer un curso de ortografía porque, como ella reconoce, “ponía un rato uve y otro be”. 

    Los certámenes fueron también el primer paso de Domingo Pellicer. Fue el único de su curso que se presentó a uno organizado en Santiago de Compostela, en el que consiguió premio. “Hice una de mis poesías simbolistas, rarísimas”, confiesa, al mismo tiempo que recuerda que atendía al estilo de Apollinaire, Rimbaud y Miguel Hernández. “Al acto oficial vino de dama de honor la que ahora es mi mujer. La literatura me ha dado todo lo que me podía dar”.

    Pedro Lozano procede de una familia con tradición literaria y pictórica, por lo que a nadie sorprendió que siendo pequeño comenzara a repartir entre sus compañeros de clase cuentos que él mismo ilustraba. “En el Bachillerato me decían que tenía faltas de ortografía, pero que escribía bien, casi en exceso en las redacciones”. Ya en la Universidad, elaboraba una suerte de diario que ahora recupera en su último libro, La caja de cerillas

    Es diferente el caso de Sara Barrena, para quien la literatura llegó al terminar la tesis. Su director, el profesor Jaime Nubiola, le preguntó qué le gustaría hacer en el futuro. “Sin saber muy bien por qué, le contesté que quería ser escritora”, cuenta. Animada por el docente logró publicar una colección de relatos cortos. Después, se lanzó a escribir la historia de la adopción de su hija, de origen chino, y el viaje para encontrarse con ella. “Era lo más emocionante y bonito que había vivido en la vida. Resultó una necesidad escribir para contarlo”.

    Manías y rutinas Ante la página en blanco, cada uno tiene su método y sus rarezas. Lozano Bartolozzi se decanta por el papel antes que el ordenador. “Cuando escribo, pinto... Cuando escribo es como si dibujara, y eso es algo que me permite el papel”, explica. 

    Aunque si alguien dispone de una amplia paleta es Reyes Calderón, quien acostumbra a llevar una libreta dividida en partes en las que escribe con colores distintos, que le ayudan a diferenciar diversos ámbitos de su escritura. “Hay todo un sistema detrás que es aparentemente caótico, pero yo creo que es una obra de ingeniería”. También emplea diferentes colores a la hora de imprimir las distintas versiones de una misma novela. 

    Reyes Calderón se suma a quienes prefieren el papel antes que el ordenador, al menos para las primeras versiones de sus novelas, lo mismo que Pellicer: “Escribo a mano y, además, a lápiz. Se me va reduciendo el tamaño de la letra a medida que voy escribiendo, como si me fuese concentrando en la escritura”. Al contrario, Sara Barrena siempre trabaja con el teclado porque considera que es una inmensa ventaja el poder corregirse a sí misma todas las veces que sea necesario. 

    Los cuatro coinciden en que pueden escribir prácticamente en cualquier lugar. “No soy muy exigente en cuanto al entorno para escribir: me sirve cualquier sitio donde me pueda sentar con el ordenador”,  declara Sara Barrena, mientras que Pellicer recuerda muchos ratos de escritura “con una hija sentada en una pierna, con los lápices en la mesa...” y  Reyes Calderón afirma poder escribir incluso con un terremoto a su alrededor. Lozano agrega: “Cuando me ha venido la inspiración, he llegado a apuntarlo en una servilleta de un bar”.

    Otro elemento común es la elaboración de esquemas para guiar la escritura, aunque muchas veces la imaginación desborda los límites y el guión se rompe.

     

    El desafío de publicar En este proceso creativo, los narradores del campus no fijan un tiempo concreto para finalizar sus novelas. Lozano Bartolozzi ha dedicado un tiempo desigual a la escritura de sus obras, ya que unas requerían una mayor documentación que otras: “El fuego en la tierra me ha costado muchísimo porque he tenido que consultar muchos libros. Han sido casi dos años de investigación antes de ponerme a escribirlo. Pero otros han sido mucho más rápidos, como los libros de recopilación de artículos”.  

    Para Pellicer escribir es un entretenimiento y desaconseja apresurarse: “Meterme prisa en una distracción me parecería un pecado mortal. Si nos vamos a divertir, tranquilamente”. Por eso, invirtió entre ocho o nueve años en escribir su novela De obispos y meigas. El arquitecto admite que tal vez intentó mejorarla “demasiado tiempo”, que es lo contrario que recomienda a sus alumnos en la profesión. “Les digo: tenéis que aprender a cortar. Hay un momento en el que el producto está”. 

    La labor de reescritura y correcciones también ocupa un lugar importante en la novela. Lozano Bartolozzi recomienda hacer caso al consejo que le dio uno de sus profesores: crear el Archivo P,  que no es otra cosa que la papelera. “Uno escribe, lo lee, lo rompe y lo tira... También a veces hay que dejar dormir las páginas una temporada en un cajón antes de volver a cogerlas”.

    Cuando el texto está terminado comienza un trabajo tanto o más arduo que escribir: publicar. Reyes Calderón comenzó en una editorial pequeña, después pasó a otra mayor, para terminar publicando en Planeta. “Cuando me llamaron por teléfono al despacho les pregunté: ‘¿Pero están seguros de que quieren hablar conmigo, o será con otra persona?’”, recuerda.

    Para publicar De obispos y meigas, Pellicer tocó la puerta de varias editoriales  “sin demasiada convicción”, según reconoce. Finalmente resultó clave la iniciativa de su hija de mostrar un ejemplar impreso en ordenador a un matrimonio amigo, quienes a su vez lo mostraron a otros matrimonios y entre todos se motivaron con la idea de formar una sociedad editorial para sacar a la venta el libro. “La nombraron Puerta con Puerta”, rememora.  “Ahora, con el libro de cuentos que acabo de escribir, Evaristo y el fantasma y otros cuentos, hice yo mismo una edición reducida de 50 ejemplares para regalárselo por Navidad a mis amigos”.

    Sara Barrena logró que su novela Mi vida según Martín viese la luz gracias a la misma agencia editorial de Barcelona que antes le había ayudado a publicar el libro sobre la adopción de su hija. “Fue un camino lento. Pasaron casi tres años desde que terminé de escribir hasta que salió publicado”. 

    Lozano Bartolozzi advierte que el proceso editorial no es nada fácil para quienes dan sus primeros pasos. “Posiblemente tendría que acusarme de haber sido muy poco inteligente en buscarme buenas editoriales y distribuciones”, admite. 

     

    De ficciones y realidades Se presupone que el escritor escoge el tema de su novela. No obstante, Reyes Calderón asevera que son los temas los que le atrapan a ella. “Cuando algo me llama la atención, le empiezo a dar vueltas y soy incapaz de parar hasta que he construido una novela”. Esto le ocurre especialmente con temáticas que posean elementos de intriga, aunque sin caer en excesos, como ella misma se encarga de puntualizar: “Yo no escribo novelas negras, no me cebo nunca en la sangre, no me gusta... Lo mío son las novelas de acción, en las que la trama conduce al lector no solo al asesino sino también a tomar una posición respecto a lo que está ocurriendo”.

    Domingo Pellicer prefiere abordar los temas relacionados con Santiago de Compostela y el Camino de Santiago. Esto es precisamente lo que trata en su novela De obispos y meigas y lo que parece ser que continuará investigando en su próxima obra, para la cual acaba de conseguir del Consorcio Gallego todos los libros que se refieren al tiempo del Apóstol Santiago. La historia es también un tema presente en Bartolozzi, quien en su novela Fuego en la tierra hace salir a escena a personajes de la época de Napoleón, y al propio Hernán Cortés, para intentar arreglar la Europa del siglo xxi. 

    Sara Barrena se inclina por lo que le resulta más cercano. Ha narrado la historia de la adopción de su hija y en su novela Mi vida según Martín aparecen numerosos elementos ciertamente biográficos. “Es una especie de tratado sentimental en  que se cuenta la historia de una chica, Violeta, que revisa su vida a la luz de una relación que establece por Internet con Martín, un desconocido... Mientras la escribía, pasé uno de esos periodos en los que me resulta muy difícil desconectar. Solo podía pensar en la novela”. 

     

    Universitarios, universales Domingo Pellicer se describe como un “santiagués que ha estado toda su vida fuera” y que probablemente por ello idealiza Santiago de Compostela. Sin embargo, no se plantea escribir en gallego. “Me gusta mucho el gallego, lo leo perfectamente pero no sé hablarlo bien, y sobre todo, no manejo la hermosísima construcción gallega, que no es igual que la castellana”. 

    Para Pedro Lozano el dilema siempre ha estado en la conciliación de periodismo y literatura: alberga tanto obras académicas como de ficción. Entre estas últimas destacan Taracea, Gavilla de escritos, Pemmican, y la novela con la que quedó finalista en el Premio Navarra de Novela Corta, Némesis o el Sueño de la Razón. Incluso en volúmenes que pretenden ser más académicos, se le llega a adivinar esa orientación literaria. Es el caso de títulos como El tsunami informativo o El polipasto noticioso

    A Reyes Calderón también se le llegan a cruzar los distintos ámbitos de su vida profesional en su escritura. La inspiración para su primera novela, Ego te absolvo, la encontró en una investigación académica que estaba realizando sobre el peso de la religión en la economía moderna, mientras que en El expediente Canaima aborda la corrupción, un tema al cual se dedica como investigadora y como consultora de organismos internacionales. 

    En lo que los cuatro coinciden es en que no existe un conflicto entre la labor académica y la literaria. La razón principal la resume Domingo Pellicer: “Escribir está en línea con el concepto que yo tengo de lo que es ser universitario: una persona que siente curiosidad por todos los aspectos de la vida”.