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  • Un brindis por Paco Gómez Antón

    Texto Pedro Lozano Bartolozzi [Der 67]  / Fotografía Manuel Castells [Com 87] 

    Refugiado en su retiro mexicano, Francisco Gómez Antón se marchó en silencio a los ochenta y cinco años. Su adiós ha inspirado decenas de comentarios y artículos en recuerdo del maestro que solo pretendió «enseñar a aprender».

    Francisco Gómez Antón, en el centro, y Carlos Soria en la lectura de la tesis doctoral de José Uranga, en 1984.

    Acarreo desde Viena una nostalgia surrealista del Imperio Austro-Húngaro, envuelto en quincallerías shopping con estampas de Sissi, Mozart y Klimt

    Acabo de aterrizar en Barajas, donde anuncian que hace una temperatura de cuarenta grados, y cuando espero confirmar el vuelo que me trasladará al bullicio festivo de Pamplona abro el móvil y leo un mensaje tan escueto como triste: «Ha muerto Paco Gómez Antón». Llamo para averiguar más detalles. Me llega un breve texto de una antigua alumna: «Siento comunicaros, si no lo sabéis ya, que ha fallecido nuestro padrino. Me ha avisado mi hija, que lo ha visto por casualidad en el Facebook de un profesor. No sé nada más pero supongo que estaría en México, donde vivía felizmente desde hace años».

    La nebulosa añoranza del Danubio, la tarta Shacher y el imponente Schönbrunn se volatilizan. Un triple recuerdo de Gómez Antón me asalta emocionado; como maestro, como compañero, como amigo. Yo tuve la suerte — y ahora puedo añadir también el honor — de haber sido alumno suyo. Fue en la disciplina de Derecho Administrativo. Corría el curso 1960-1961. Sus clases eran ya entonces magistrales. Es decir, claras, ordenadas, bien expuestas, con contenido y hasta amenas, pese a lo arduo de la materia. Este buen hacer continuó y mejoró con el paso de los años, igual que ocurre con los buenos vinos y los libros clásicos. Siempre daba sus lecciones con la pizarra, en cierto modo las dibujaba con la tiza.

    Después coincidimos como colegas. Recuerdo un verano en Frascati, cerca de Roma, en un curso sobre Iberoamérica, su pasión. De aquí saltaría a dirigir el fantástico programa para Graduados Latinoamericanos que lo llevaría a recorrer  varias veces todo el continente. Y evoco también una semana en Washington siguiendo las presidenciales de Ronald Reagan en 1984. 

    Presenté sus dos libros sobre temas de alta política. Ya vicedecano, formó un inolvidable trío con Carlos Soria y Aires Vaz. Era la época de Luka Brajnovic, Miguel Urabayen, Esteban López-Escobar, Alfonso Nieto, Ángel Faus y otros personajes de tronío.

    Ya jubilado, nos dejó sus Desmemorias y se trasladó a vivir a México. No volvimos a vernos, ni a tomar café en el Faustino o charlar sobre la actualidad internacional, otra de sus inquietudes, pero sí a contactar por correo. Siempre preguntaba por Navarra y por la Universidad, por los amigos y por los alumnos. Cultivaba la amistad como pocos,  arraigada en su profunda fe, base también de su quehacer académico. Esos ingredientes forman ya parte del «alma» de la Universidad, a la que se entregó sin reservas.

    Paco fue un hombre muy activo, de contagioso entusiasmo. Confieso que me encuentro embarullado con la noticia. Todavía me parece escuchar la «Marcha Radetzky» y a la vez imagino a Gómez Antón bajo el sol de la ciudad azteca, en un escenario multicolor con el plumaje de Quetazalcóatl. Tengo la extraña sensación de que me toca en el hombro y me dice riendo que me olvide de tristezas y vaya a Sanfermines a brindar por su recuerdo.

     

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