• Campus
  • Antonio Fontán: un profesional del sí

    Texto Redacción NT

    Agustín López Kindler visitó Pamplona el pasado noviembre para presentar Antonio Fontán. Un héroe de la libertad (Rialp, 2013). En la sede de Nuestro Tiempo se celebró una mesa redonda con los profesores Esteban López-Escobar y Carlos Barrera y algunos miembros de la redacción.


    —Aniversario. Tres años después del fallecimiento de Antonio Fontán, el recuerdo de su fecunda labor como profesor, político y periodista sigue presente.

    Los méritos cívicos y académicos de Antonio Fontán (Sevilla, 1923–Madrid, 2010) son bien conocidos: primer presidente del Senado democrático, ministro de la UCD, primer director del Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra (hoy Facultad de Comunicación), editor del diario liberal Madrid, fundador de Nuestro Tiempo, de Nueva Revista… La lista parece no agotarse nunca y encierra la clave para descubrir por qué Fontán causa fascinación. También, pero no solo. Es decir, su verdadero atractivo estaba en su magnanimidad y en la defensa de las libertades –que le valieron ser considerado uno de los «50 Héroes de la Libertad de Prensa en el mundo», prestigiosísimo galardón concedido por el International Press Institute–. Hasta tal extremo era un demócrata que, durante el régimen de Franco, fue demandado en diecinueve ocasiones y multado en diez por la cobertura a las protestas antifranquistas.

    Apenas tres años después de su fallecimiento, se publica un nuevo libro sobre Antonio Fontán. En esta ocasión escrito por Agustín López Kindler, discípulo y más tarde catedrático de Latín de la Universidad de Sevilla, si bien su vida ha transcurrido casi íntegramente en Suiza, donde es sacerdote. «La Filología latina y nuestra común vocación al Opus Dei son las razones que explican la correspondencia que mantuvimos sin interrupción a lo largo de los años».

    Tanto el autor, como Barrera y López-Escobar coincidieron en que este libro no es una biografía intelectual y, estrictamente, tampoco una simple biografía. Más bien se trata de la semblanza escrita de un colaborador que compartió muchas horas de trabajo y esparcimiento con Fontán desde que se conocieran en Pamplona. Precisamente, en la primera sede de la revista Nuestro Tiempo, en la calle Paulino Caballero, en el otoño de 1959.

    López Kindler es un especialista en autores de la Antigüedad tardía y en los Padres de la Iglesia, sobre los que ha publicado y traducido una decena de libros. Según confiesa, ese ha sido el motivo de estructurar la obra según la imagen de un árbol, tan habitual en la literatura cristiana clásica (raíces, tallo, ramas, frutos y flores...) para explicar la vida de un hombre. El cierre de esa metáfora es la savia, título del capítulo final y que el autor considera clave para dar sentido a la vida del biografiado. que transcurrió entre Sevilla, Madrid, Granada y Pamplona. Siempre con la triple vocación de filólogo, periodista y político.

    La base documental del libro son los archivos que el autor consultó en la sede central del Opus Dei en Roma. Sobre todo cartas que recogen el trabajo de Fontán en los encargos que le hizo san Josemaría durante tres décadas, de 1945 a 1975. Esa correspondencia –enriquecida con documentos del archivo personal de Fontán, que se conserva en la Universidad de Navarra– muestra con sencillez y riqueza al Antonio Fontán más íntimo. «En sus cartas expresa sus sentimientos más profundos, los móviles que le han llevado a lo largo de su vida a emprender tareas de servicio a la sociedad, en una medida muy superior a lo que habría sido normal en un hombre».

    Es decir, en Fontán no es posible desligar la actuación pública de su esfera interna. Todas las personas que le conocieron bien saben que ambas estaban inseparablemente unidas y se apoyaban hasta construir una unidad coherente. «El mayor tiempo de mi jornada lo dedico a la gente, que me busca porque siempre digo que sí». Quizá esa sea la clave para valorar en su justa medida el cariño que despierta Antonio Fontán entre personas de diversa condición e ideología. Era un profesional del sí. En esa apertura y disponibilidad también hubo episodios «extravagantes», según calificó López Kindler. Uno menor, pero de verdadera contradicción, fue no ingresar en la Real Academia de la Lengua. Según el autor «Fontán no quiso presionar ni postularse. Ahí perdió sus opciones porque Manuel Alvar, entonces director, no le apoyaba». El más doloroso, sin embargo, fue la aventura del diario Madrid, «una tormenta que alcanzó un grado delirante por su virulencia, tan alejada de la personalidad de Fontán». 

    En esa empresa participaron periodistas como Miguel Ángel Gozalo, que fue subdirector, Miguel Ángel Aguilar –redactor jefe–, o Pepe Oneto, pero el alma era Rafael Calvo Serer, presidente de la editora del diario. «Fontán admiraba a Calvo Serer y por Calvo Serer entró en el Madrid. Eran plenamente compatibles. Funcionaban como contrapesos». Según Fontán, la dignidad del trabajo periodístico, la coherencia o la calidad profesional de los periodistas son cuestiones con las que no se puede transigir. 

    En 2001 el diario El País afirmaba que «la línea editorial que marcaban Calvo Serer y Fontán demolió la apariencia de orden del franquismo, hasta provocar tal sensación de corrosión al régimen, que éste impuso el cierre del periódico en 1971». Ninguno de los dos ocultaba que Madrid tenía un proyecto político definido: provocar un cambio que trajera la democracia a España con la forma de una monarquía parlamentaria. Por eso fuimos el primer periódico en hablar de Comisiones Obreras. Incluso cuando encarcelaron a Marcelino Camacho, su hijo trabajaba en Madrid».

    Miembro del Consejo privado del conde de Barcelona, Fontán fue la persona que entregó al ya rey Juan Carlos I la carta de su padre, Juan de Borbón, en la que éste renunciaba a sus derechos dinásticos.

    Posteriormente, llegaron más dignidades y reconocimientos, nuevos libros (tanto técnicos como políticos, hasta llegar a las setenta publicaciones) y algo más de dedicación a sus sobrinos-nietos. Entre las mayores satisfacciones de su vida destaca la canonización en 2002 del entonces beato Josemaría Escrivá, «un regalo para toda la Iglesia».

    El estilo dialogante que caracterizó la vida pública de Fontán se mostró con especial intensidad en su muerte. En aquellos días de 2010 las principales fuerzas políticas españolas reconocieron el legado de concordia y tolerancia de unos de los firmantes de la Carta Magna. Una herencia humanista que López Kindler resumió en tres principios: el amor a la verdad, el respeto a la libertad y la unión de voluntades. «En una palabra, la vocación cristiana de Antonio Fontán  al Opus Dei».