• Campus
  • La alegría de Pablo

    Texto Blanca Rodríguez G-Guillamón [Com His 15]

    Nada es imposible con perseverancia e ilusión, y Pablo Vilarrubias es un ejemplo. La fotografía, los jardines y el teatro son algunas de las aficiones que quiso compartir con alumnos de la Universidad, en una conferencia impartida en la facultad de Económicas. Su espontaneidad y sencillez cautivaron a quienes tuvieron la oportunidad de conocerle. 

    Ángel Mª Sagüés, jardinero de la Universidad, acompañó a Pablo en su recorrido por el campus.

    El aula 2 de la facultad de Económicas estaba llena cuando Pablo Vilarrubias llegó. Venía acompañado de su padre, Felio Vilarrubias, y el profesor José Ramón Ayllón, y no parecía preocuparle demasiado ser aquel día el protagonista de la clase. Tomó asiento junto a su padre, tras una mesa larga y frente a un centenar de alumnos, y esperó paciente su turno de palabra.

    Los murmullos cesaron cuando Felio cogió el micrófono. Su experiencia como profesor le permitía hablar con soltura, pero su experiencia como padre cautivó al público. Pablo, el cuarto de sus hijos, tiene síndrome de Down. Con sencillez, habló de sus miedos, de su dolor y de sus alegrías al recordar aquellos primeros días en los que recibió la noticia. En 1990, cuando nació Pablo, la información y la visión antropológica en el hospital se revelaron como “una asignatura pendiente”, pues relegaban las necesidades de su hijo a la cola de la lista de atenciones. Explicó que Pablo era una persona con discapacidad, no un discapacitado, y la dignidad humana no depende de las capacidades. Aseguró que “el hombre de hoy tiene más miedo a la verdad que a la muerte y vive en las tinieblas sin ver lo que le plantea la vida”. Sin darse cuenta, antes del nacimiento de su último hijo, la vida le había ido preparando para un reto que supo enfrentar. Pablo cambió su vida. Es un chico risueño, cariñoso, que busca el lado positivo de las personas. “Pablo es capaz de hacerlo todo, pero a su ritmo”, repitió en más de una ocasión, sonriéndole a su hijo.

    Y llegó su turno. Pablo cogió el micrófono y se recolocó las gafas. Muy erguido, contestó procurando que no se le notara que estaba nervioso. Sonreía en cada intervención y miraba a su padre, que lo dirigía con preguntas. Explicó algunas de las actividades que llevaba a cabo en su trabajo como jardinero y su pasión por la fotografía de árboles etiquetados con chapa, muchos de los cuales conocía con su denominación científica, que habían sido su afición desde la escuela. “A las 9.00 de la mañana sale de casa con su fiambrera a cuidar sus jardines”, contó su padre, y Pablo lo corroboró con una sonrisa. 

    Cuando su padre le preguntó por la fotografía de escudos heráldicos, Pablo respondió con cariño y cierta sorna. “Los escudos son una afición de mi madre y yo le hago fotos para ella. Es muy absurdo hacerle una foto a un escudo”. Pablo se había ganado la atención de toda la clase, que reía con el ingenio de sus comentarios. Así, cuando su padre le preguntó por las fiestas a las que de vez en cuando asistía con su abuelo, Pablo se echó a reír y con timidez confesó que “me pongo un poco loco”. Las sonrisas de los alumnos lo confortaron y los nervios dejaron de entorpecer su expresión. Continuó hablando de su experiencia como profesor de catequesis, de lo mucho que le gusta el teatro y del amor que le guarda a Dios y a su familia.

    “Es un maestro de descomplicarse”, afirmó Felio con una sonrisa agradecida, “Pablo busca lo mejor de todo el mundo. Esto es un instrumento para ser feliz”.

    La clase prorrumpió en aplausos y, mientras los alumnos abandonaban el aula, repartieron calendarios de la Fundación Talita, que desde 1998 trabaja para solucionar problemas de integración social, laboral o familiar de personas con discapacidad, y que Pablo les había llevado como regalo. En la edición anterior, la de 2011, le habían fotografiado con Vicente del Bosque, entrenador de la selección española de fútbol, un recuerdo que Pablo guarda con especial cariño.

    Al terminar la sesión, Pablo se acercó a la redacción de Nuestro Tiempo y paseó por el edificio de Ciencias Sociales, donde se encontró con algunos antiguos compañeros de su colegio de Barcelona.

    A las 12.00 h Ángel Mª Sagüés, jardinero de la Universidad, esperaba al invitado en la puerta de la facultad de Económicas para comenzar el recorrido programado por el campus. La temperatura era agradable y brillaba un sol espléndido. La primavera se aproximaba y, aunque los cerezos aún no estaban en flor, todo indicaba que faltaba poco para ello.

    Bordearon el edificio de Económicas, deteniéndose en los arbustos y árboles que lo cercaban. Ángel acariciaba las hojas, como si las desenredase, y era capaz de establecer un pequeño informe de su estado al instante.

    Pablo admiraba el campus y, aunque ninguno de sus árboles estuviera clasificados con chapa, empezó a fotografiarse con muchos de ellos. Ángel, un hombre simpático y dispuesto, enseguida conectó con Pablo. Recorrieron la explanada de la Biblioteca antigua, Comedores, el edificio Central y Belagua hasta llegar a una de sus residencias, Torre. 

    Durante el paseo, y debido a  las clases, no hubo mucho movimiento de alumnos, así que los dos jardineros pudieron recorrer el campus a sus anchas. La mirada azul de Pablo parecía querer abarcarlo todo. Que hubiesen bromeado con hacerle un examen después para comprobar su atención sólo le sacaba unas risas. Estaba tan interesado que no perdía detalle.

    Pero las sorpresas no habían acabado y, cuando ya regresaban a Ciencias Sociales para reunirse con su padre, Pablo se cruzó con un tractor verde y pequeño. Estaba estacionado en frente de la facultad de Económicas y no dudó en prestar su cámara para que le tomasen una instantánea. Ángel le animó a que subiese y Pablo accedió entusiasmado. En el curso de Formación Profesional de jardinería ya había conocido ese tipo de maquinaria, y le seguía apasionando. El olivo de la explanada de Ciencias Sociales fue la meta del recorrido. Pablo se apoyó en su tronco para poner punto y final a su engrosado álbum de fotografías del campus y se despidió de cuantos lo habían acompañado. No dejaba de sonreír, satisfecho y, según repetía, agradecido por la oportunidad de pasar la mañana en la Universidad.