Ainhoa Pariente: «Tenemos que poder cambiar el futuro de los niños con enfermedades raras»

Texto María Pilar Huarte [Com 96] / Fotografía Manuel Castells [Com 87] y Stefan D.G.S. (Cedida por Diario de Navarra)

Adriana es una niña navarra de seis años, la hermana pequeña de Paula y María, mellizas de nueve. Tiene síndrome de Dravet, una enfermedad genética rara que provoca convulsiones generalizadas de duración prolongada y que carece de tratamiento efectivo. Su madre, Ainhoa Pariente, es la cara visible de una familia que no se rinde por buscar un tratamiento que cure a su hija y a otros doscientos españoles diagnosticados. Aunque para lograrlo tenga que «desnudar su alma», reconoce, contando su experiencia en conferencias y buscando ayudas para impulsar la investigación de esta enfermedad.


¿Cuándo llegó el síndrome de Dravet a sus vidas?
Adriana tuvo la primera convulsión a los cuatro meses. Una convulsión de más de treinta minutos que nos precipitó a la Clínica Universidad de Navarra, donde trabajo. Allí tuvimos la suerte de que nos atendiera la Dra. Rocío Sánchez-Carpintero, una neuropediatra que había visto algún caso y que enseguida nos confirmó el diagnóstico: síndrome de Dravet. Fue un momento muy duro porque tienes un bebé sano y de la noche a la mañana te enfrentas a una enfermedad incurable. Pero supimos darle la vuelta. Tras el diagnóstico, la vida sigue y decidimos crearle a Adriana el mejor ambiente posible. El entorno médico lo encauzamos muy fácil desde el principio, pero el educativo había que pelearlo.

¿Cuáles fueron las primeras medidas que adoptaron?
Aunque no era recomendable llevar a Adriana a una escuela infantil, debido al riesgo de infecciones, yo me iba a incorporar a trabajar después de una excedencia. Así que apostamos por poner a su alcance todos los recursos posibles: que se higienizaran más los juguetes, que tuviera una persona que le pudiera cuidar y le controlara la temperatura. Además, nuestra vida había cambiado. Porque la enfermedad de Adriana te limita muchísimo: vives alrededor de un hospital, debes tener control sobre las emociones y el calor para protegerla de posibles convulsiones... y hacer entender a nuestros familiares y amigos esta nueva situación.

Y además incorporar esa nueva situación a su vida familiar.
Efectivamente. Tras el diagnóstico, debíamos volver a ser felices. Si hubiéramos decidido llorar, habríamos seguido con el mismo síndrome de Dravet en casa y además seríamos una familia triste, con las mellizas de dos años y medio. Así que ni nos planteamos esa opción. Había que luchar por volver a meternos en la vida. Cuando me pasó lo de Adriana, el mundo que me rodeaba cambió. Era como si todos fueran en un tren de alta velocidad y yo, en una máquina de vapor. No me importaba llegar el primero, sino tener carbón suficiente para completar el viaje y lograr una cura al síndrome de Dravet. Se trastocan tus prioridades. Te importa el ser, el estar todos juntos lo mejor posible. Que el minuto se disfrute sin mirar al mañana porque no sabes lo que te espera. Además, como le digo a mi marido: «Imaginarnos el futuro es más duro de lo que luego vamos a vivir». Si me hubieran dicho hace seis años que hoy iba a estar fuerte para atender entrevistas y dando charlas a los alumnos de cuarto de Medicina, no me lo habría creído.

¿Cómo es su día a día?
El día a día es como el de todas las familias, pero añadiendo una carga muy grande. Hay que estar muy pendientes por si Adriana convulsiona, dedicar especial atención a que coma bien, ya que toma muchísimos fármacos, ayudarla a vestir... Y a la hora de salir de casa, además de meter el almuerzo en la mochila, siempre llevamos con ella la medicación de rescate por si convulsiona. Por otra parte, tenemos que atender a sus hermanas, que han madurado muchísimo. Aunque involuntariamente les hemos privado de muchas cosas, también necesitan su espacio, sus actividades extraescolares… Para ellas, este día a día es su normalidad porque no han conocido otra vida. Saben que su hermana está malita y que sus papás estamos buscando un jarabe para que se cure. No podemos estar mucho tiempo los cinco juntos, porque Nacho y yo nos repartimos para llegar a todo, pero valoramos más la calidad que la cantidad de esos ratos. Además, la enfermedad nos ha aportado a todos unos valores increíbles que de otra manera no habríamos vivido. Hemos sabido controlar la ira por lo que nos ha tocado, aunque también tenemos ese derecho a gritar «¡Por qué!». Nuestra vida gira en torno a una preocupación constante. Pero cuando Adriana sufre una convulsión, luego te recompones porque ya ha pasado y piensas: «Una menos». Sin duda, la discapacidad te exige mucho, pero no es lo más duro: lo difícil es la enfermedad física.

Tienen el apoyo de su entorno, impulsado por una familia unida, pero ¿la sociedad está preparada para la discapacidad?
No, queda mucho camino. Por eso es importante dar voz a las enfermedades poco frecuentes. Desde el punto de vista burocrático, hay unos estándares para solicitar una dependencia que están enfocados a enfermedades de mayor prevalencia. Pero las enfermedades raras no entran en ninguna valoración de las que se le suelen dar a cualquier otra enfermedad. Y, desde el punto de vista educativo, aunque se está intentando dar una normalidad y favorecer la inclusión, todavía estamos muy lejos de conseguirlo. Los colegios no están preparados para asumir una enfermedad física que, además, conlleve una discapacidad. Pero nosotros, como padres, queremos que nuestros hijos adquieran todas las capacidades que puedan y lo vamos logrando a base de coherencia y de perseverancia. Nos tenemos que sobreponer al duelo de la enfermedad y sacar fuerza para luchar por lo que es justo y corresponde a nuestros hijos.

Han sabido compensar estas limitaciones con la solidaridad de cientos de personas. 
Así es. Lo que no se conoce no interesa. A veces, por miedo. Y las enfermedades raras son las grandes desconocidas. Pero ocupamos un espacio en esta sociedad y tenemos los mismos derechos que las personas sanas. Hay que dar a conocer nuestra realidad, un ejemplo de los muchos pocos que convivimos con una enfermedad rara. Me propuse hacer visible el síndrome de Dravet: qué supone, qué necesidades hay sin resolver y, sobre todo, decirle al mundo que le puede pasar a cualquiera. Empecé contándoselo a mi bibliotecaria y ella me propuso organizar una venta solidaria de libros y presentar el acto. Lo que iba a ser una charla a un grupo reducido de personas se convirtió en una conferencia en el auditorio de mi pueblo, abarrotado de familiares, amigos y autoridades locales. Ese mismo día me di cuenta de que con los recursos disponibles no podíamos cubrir todas las necesidades de Adriana, pero se podía compensar con la implicación de las personas. Desde entonces, el apoyo de amigos, del entorno educativo y de las familias de nuestro alrededor ha sido increíble. Han organizado eventos benéficos tan variados como una corrida de toros, ventas solidarias, carreras deportivas, entre otros. Todo lo recaudado va destinado a la investigación de la enfermedad.

Lucha por lograr una curación para Adriana y para el resto de niños con esta enfermedad.
Tenemos claro que luchamos por la curación de Adriana. Quiero que Adriana se cure antes de que pueda recordar lo que yo ya no puedo olvidar de la enfermedad. No me importa que hable a los seis años y camine mejor a los diez. Quiero que se cure, que no pase esos momentos tan duros que le provoca la enfermedad. Pero, por supuesto, nuestro objetivo también es evitar que otras familias sufran lo que nosotros estamos viviendo. Para ello contamos con el apoyo y la experiencia de la delegación española de la Dravet Syndrome Foundation, una fundación que nació en 2011 impulsada por un grupo de padres luchadores que no se resignó y decidió hacer frente a la enfermedad a través de la investigación. Les estamos profundamente agradecidos por el buen trabajo que están haciendo y lo rápido que vamos con una enfermedad tan minoritaria. 

Actualmente el síndrome de Dravet no tiene tratamiento, pero los investigadores confirman que es curable. ¿Qué supone para las familias escuchar esta afirmación?
Nos hace mantenernos en pie. Desde el principio he asumido lo que tengo y soy muy consciente de que algunos no llegan, pero para mí escuchar que es curable es tan esperanzador… Supone levantarme todos los días y tener un motivo por el que luchar. Es cambiar el futuro de Adriana. Que, cuando yo no esté, disfrute de calidad de vida  y que sus hermanas no tengan que ver ese sufrimiento. Por eso no me importa desnudar mi alma. Me siento en paz. Porque si un día Adriana se nos va, hay que seguir caminando con Paula y María. Y si la curamos, bendito sea. Mis hijas se encontrarán otro futuro con otras piedras, pero el Dravet lo habremos vencido. Recientemente di una charla en el Centro de Investigación Médica Aplicada (CIMA) de la Universidad de Navarra y un investigador me dijo: «Cuida a Adriana, que vamos a lograr que se cure». Escuchar estas palabras me dio más fuerza todavía para seguir. Y me gustaría que nuestra motivación esté siempre presente en sus estudios. Que sepan que hay una familia, decenas de familias, que quieren volver a vivir. Por eso, no deben olvidar que detrás de su trabajo diario en el laboratorio hay personas concretas empujándoles. Son nuestra esperanza. 

Es una esperanza real.
Toda nuestra fuerza está basada en la investigación biomédica. Nos aporta una esperanza real. El síndrome de Dravet es una enfermedad muy reciente. El primer diagnóstico genético se obtuvo en 2003. Pero las investigaciones han avanzado mucho y se estima que para 2020 será posible obtener un tratamiento eficaz. Saber que la Universidad de Navarra cuenta con un centro de investigación como el CIMA, que está probando estudios de terapia génica, y con la Clínica Universidad de Navarra, que tiene la primera unidad de ensayos clínicos de España para el síndrome de Dravet, nos impulsa a seguir luchando. Tenemos que poder cambiar el futuro de los niños con estas enfermedades.