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  • Vida multicultural en Inglaterra

    Texto María José Duaso [Enf 96]

    Se instaló en Inglaterra para doctorarse en Enfermería hace siete años y allí se quedó. Trabaja en Londres, en la Escuela de Enfermería de King's College.

    Tres idiomas, tres culturas. María es española, su marido, Thomas, alemán, y sus hijos Otto y Lola ingleses, por lo que en Navidad reciben la visita de Nikolaus, de Father Christmas y de los Reyes Magos.

    Reading [Inglaterra]. Hace poco, cenando en casa de unos amigos abríamos los típicos crackers navideños británicos que contienen un regalito y una pregunta para el resto de los comensales. La mía decía: ¿Qué motivo te haría irte a vivir a otro país y adónde irías? “Sol y buen tiempo” decían unos: “Una buena oportunidad” comentaban otros. Destinos populares eran Nueva Zelanda, Australia… “What about you, María?” (el José ha pasado a un segundo plano, soy María a secas, como la mayoría de las españolas residentes en Inglaterra).  Mi respuesta fue: “Love, I suppose”. Aunque inicialmente emigré a Inglaterra por una oportunidad de formación –con una beca de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra a estudiar el doctorado en la Universidad de Durham– fue Thomas, ahora mi marido, el verdadero motivo por el que decidí dejar mi trabajo en la Escuela de Enfermería de la Universidad de Navarra y mudarme. Las circunstancias de la vida nos trajeron a Reading, en el condado de Berkshire, donde ya llevamos viviendo siete años.

    Escribo estas líneas sentada en un tren de cercanías una gélida mañana de enero, camino del trabajo. Sí, soy una de los 750.000 comuters que viajan a diario al centro de Londres. Tiene gracia, busco en el diccionario del portátil cómo se dice comuter en español y no encuentro un término equivalente. La pantalla sugiere: “Persona que viaja diariamente una distancia considerable entre su lugar de residencia y el de trabajo”. Está claro que eso soy yo: un trayecto de una hora y quince minutos, aunque sólo tres días a la semana, ya que trabajo a tiempo parcial.

    No siempre ha sido así. Para llegar a mi anterior puesto de trabajo sólo tenía que dar un paseo de diez minutos en bicicleta a la orilla del idílico Támesis. Pero la recesión económica también ha hecho mella en el ámbito académico, y el año pasado la Universidad de Reading anunció el cierre del Departamento en el que trabajaba. 

    Adiós a un trabajo interesante, con buen ambiente y al lado de casa. En definitiva,  un golpe difícil de encajar. Pero ya lo dice el refrán: “Cuando una puerta se cierra, otra se abre”. Y, en efecto, así ocurrió. Al poco tiempo comencé a trabajar en la Escuela de Enfermería de King’s College London. Quién me iba a decir a mí, cuando era alumna de primero de Enfermería en la Universidad de Navarra y observaba en la sala de procedimientos aquella foto en blanco y negro de una tal Florence Nightingale, que acabaría siendo profesora de la primera escuela profesional de enfermería que ella fundó en 1860.  

    Como responsable del programa de tesinas de másters, estoy en contacto con estudiantes de posgrado líderes en su campo que llevan a cabo investigaciones en los hospitales más prestigiosos de Londres. El ambiente no puede ser más estimulante. El campus de Waterloo está en pleno Southbank, con vistas al mítico Big Ben y al London Eye. Puedes aprovechar la hora del almuerzo para patinar sobre hielo en Sommerset House o para visitar la última exposición de Gauguin en la Tate Modern Gallery.

     

    La vida en un territorio neutral “¿Cuándo os venís a vivir a España?”, nos preguntan a menudo familiares y amigos cuando estamos de visita. “Wenn kommt ihr nach Deutschland?” La misma frase resuena cuando vamos a Alemania, el país natal de mi marido. Thomas y yo nos miramos y sonreímos. Y es que no hay planes a largo plazo. Hoy por hoy, vivir en “territorio neutral”, como nosotros lo llamamos, nos va bien. Tenemos trabajo, amigos y aeropuertos cercanos para visitar y recibir a menudo a la familia con los brazos abiertos.

    La vida familiar en un país ajeno también tiene sus retos. Para empezar, el lingüístico. En casa, con los niños, Thomas habla en alemán y yo en español. Otto, nuestro hijo de cuatro años, cambia de lengua sin problema. Lola acaba de cumplir dos y no siempre logramos descifrar en cuál de los tres idiomas está hablando, aunque se hace entender. Es un esfuerzo que tiene sus situaciones graciosas y sus frustraciones, pero que en definitiva merece la pena y forma parte de nuestra identidad como familia. A menudo tenemos que armonizar las tradiciones de tres países distintos. La multiculturalidad, más que un reto, es un tremendo beneficio, como dice Otto: “¡Lo mejor es que en Navidad tenemos visita de Nikolaus, Father Christmas y los Reyes Magos!”.

    No voy a negar que a veces echo de menos España, sobre todo cuando llegan los días grises de lluvia horizontal, pero aquí soy feliz, un país lleno de oportunidades y con mil culturas al alcance de tu mano.  

    Dicen que J. K. Rowling empezó a escribir Harry Potter en un tren que iba con retraso hacia Londres. Dudo que mis escasas dotes literarias me lleven tan lejos, pero  espero haber plasmado en esta carta unas pinceladas sobre mi vida en Inglaterra. ¿Volvería a repetirlo? Sin duda. La experiencia de vivir en el extranjero debería ser obligatoria para todos los estudiantes. La riqueza de culturas y vivencias te abre horizontes, te hace más tolerante  a la vez que te enseña a valorar lo propio. Así que al que está pensando en irse una temporadilla fuera, le diría: “No lo dudes, lánzate, pero cuidado: ¡Puede que no vuelvas!”.