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  • Sembrar la paz hasta las últimas consecuencias

    Texto Teresa García Paquet [Com 96] Fotografías Carlos Arriaga

    María, Urbana, Primitiva, Silvia, Chantal, Felisa... son misioneras de la paz en un lugar dle mundo repleto de miseria, conflictos e injusticia.

    – Teresa García Paquet [Com 96] colabora en tareas de marketing en Ayuda a la Iglesia Necesitada.

    Rubare [República Democrática del Congo]. El 28 de octubre de 2008, la misión de Rubare (en Rutshuru, al noreste del Congo), regentada por cuatro hermanas del Instituto Religioso de San José de Gerona, se convirtió en un campo de batalla para las tropas gubernamentales del Congo y los rebeldes dirigidos por el general Laurent Nkunda. Al día siguiente, los medios de comunicación españoles se hacían eco del dolor que había sacudido a las religiosas de San José. Una de las bombas había amputado las piernas de la hermana María y había destrozado por completo la casa en la que habitaban.

    La religiosa gravemente herida se recupera hoy en Gerona arropada por otras hermanas de su congregación. El resto de las misioneras de Rubare –Urbana, Primitiva, Silvia y ahora también Chantal– se resisten a abandonar la zona porque allí se las necesita. Hasta que su nueva casa-convento esté finalizada, se alojan en el almacén de alimentación que han acondicionado de forma provisional.

    Podría decirse que tanto la complicada situación de las religiosas como el frágil escenario en el que llevan a cabo su trabajo son una de las especialidades de Ayuda a la Iglesia (AIN), donde colaboro en tareas de marketing. AIN es una asociación internacional dependiente de la Santa Sede. La fundó en 1947 el Padre Werenfried Van Straaten con el fin de ayudar pastoralmente a la iglesia necesitada o que sufre persecución en cualquier parte del mundo. La sede central está en Königstein (Alemania) y desde allí se gestiona la recaudación que realizan las 17 oficinas nacionales en países donantes. En estas oficinas se reciben las peticiones de ayuda, se estudian, se evalúan y se distribuye la ayuda a los proyectos aprobados, que hoy benefician a más de 140 países del Tercer Mundo. En el caso del Congo, se está ayudando a reconstruir la casa-convento de las hermanas de San José en Rubare. El proyecto ha adquirido recientemente cierta relevancia, ya que fue distinguido en abril con el Premio Telva a la Solidaridad. El galardón nos brindó la oportunidad de conocer de primera mano la realidad de la República Democrática del Congo y, muy especialmente, el trabajo de las misioneras. Ellas son las verdaderas protagonistas de la historia y del premio.

    Consuelo, alimento y abrigo. Viajamos allí en febrero. Formábamos la expedición Kubrat de Bulgaria, que se licenció en Medicina en la Universidad de Navarra en 1990, que hoy trabaja de cirujano y que es miembro del jurado de los Premios Telva; Carlos Arriaga, fotógrafo de la revista; y Ariadna Blanco y yo, como representantes de Ayuda a la Iglesia Necesitada. Visitamos el centro de salud de Rubare y otras misiones de las religiosas de San José en El Congo y Ruanda. Estas misioneras de la paz ofrecen cobijo, consuelo, alimento y abrigo, devuelven la esperanza, alivian el dolor y siembran paz. Su trabajo anónimo y generoso muestra el verdadero rostro de la Iglesia, también en esta época de escándalos y ataques. Desde el centro de salud que regentan en Rubare dan cobertura a 16 poblados y a miles de desplazados. El centro comprende maternidad, un área de hospitalización, laboratorio, farmacia, salas de consultas curativas y prenatales, centro de nutrición y atención para pequeñas cirugías, prevención de la transmisión del sida, planificación familiar y sala para enfermos de cólera. En la parroquia de Rutshuru, las hermanas desarrollan labor pastoral con niños y adultos, y colaboran en la administración de sacramentos.

    Las hermanas de San José en Ruanda y en El Congo me enseñaron que “nada es pequeño si se hace con amor”, que tras la entrega sin límites se esconde una Felicidad con mayúscula. Que entre tanta hambre y sed, entre tanta miseria e injusticia, en cada gesto de amor, allí está Dios. Conocer sobre el terreno la realidad que vive la población congolesa supuso una sacudida para mi conciencia. Chabolas de adobe y paja, sin luz, sin agua, sin alcantarillado. Familias muy numerosas, hacinadas en espacios minúsculos. No tienen nada, salvo lo que llevan puesto. A pocos kilómetros de Rubare, en el campo de refugiados de Kiwanja, 5.000 personas malviven en tiendas de campaña de lona, plástico y paja. La ciudad de Goma, donde las hermanas cuentan con una casa de estudiantes regentada por la hermana Felisa, es otro de los escenarios que refleja la realidad de la vida en El Congo. También allí la naturaleza se cebó con los más pobres. La población sigue pagando, después de ocho años, las consecuencias de la erupción del volcán de Nyiragongo. Todo en Goma es gris, caótico, es una ciudad de chabolas construida a medias, a retales.  

    Durante nuestra estancia en El Congo y Ruanda el pasado mes de febrero, hemos sido testigos de la miseria, del miedo, del hambre y la sed, de la resignación y de la injusticia que sufren allí. Son personas que, como nosotros, sienten y padecen, aunque a veces desde nuestro cómodo hemisferio tendamos a ignorarlo por la lejanía o el desconocimiento. Hemos visto cara a cara la tristeza que los adultos reflejan en sus rostros. Y hemos experimentado y compartido la inocencia, por suerte, que manifiestan los niños en sus gestos llenos de esperanza.

    Un océano de necesidades. La región del Kivu, en el noreste del Congo, es una zona de eterno conflicto entre el gobierno congolés y los rebeldes del general Nkunda, apoyados por el ejército de Ruanda. El coltán, mineral del que la República Democrática del Congo es el primer productor del mundo, es la principal causa de que el país esté en guerra desde 1998. Una guerra que ya se ha cobrado más de 5,5 millones de víctimas. Curiosamente, la zona que el general ha ocupado “por motivos humanitarios” coincide con los principales yacimientos de coltán del país. Laurent Nkunda facilita la exportación ilegal de este mineral a multinacionales y clientes de Estados Unidos, Alemania, Holanda, Bélgica y Kazajstán.

    Y mientras unos se adineran y otros se disputan a muerte el control de las riquezas del país, los congoleses viven en condiciones deplorables, muchas veces indignas. Sólo si los gobiernos empiezan a mirar de frente a los desfavorecidos se logrará que la población prospere. Mientras tanto, misioneros, ONGs y Naciones Unidas, cada uno en su medida, se empeñan en aportar gotas de ayuda en un océano de necesidades inmenso. A los demás siempre nos queda la posibilidad de unirnos en oración y en generosidad a esos misioneros de la paz para quienes los pobres, los mansos, los misericordiosos, los que tienen hambre y sed, los limpios de corazón… son lo primero.