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  • Los niños, la clave para entender Filipinas

    Texto María Sorribes [Com10]

    Casi 95 millones de personas conviven en las 7.000 islas de Filipinas. El elevado índice de pobreza contrasta con la belleza del país.


    La otra cara de la miseria. Los niños encarnan a la perfección el espíritu optimista, alegre, provisional, a veces con un punto amargo de irresponsabilidad, que une a la mayoría de los filipinos

    Manila [Filipinas]. El jeepny es el medio de transporte público más común en Filipinas. Parece que alguien lo hubiese inventado en la prehistoria, y se mueve como si le pesaran los años. Es como un autobús en miniatura, pero sucio, destartalado, lleno de humo y sin amortiguadores. La base del vehículo está formada por la cabina del conductor y la zona de pasajeros. Esta, a su vez, está compuesta por dos banquetas de asientos enfrentadas. Un minúsculo pasillo las separa. En un jeepny caben diez personas, pero suele cargarse con quince, veinte e incluso treinta. Los últimos que llegan se agarran al techo de la parte trasera y tienen la mala suerte de viajar con el brazo medio dentro y el cuerpo medio fuera. En época seca el mismo techo se convierte en una baca improvisada para bultos humanos.

    Cada viaje cuesta siete pesos, o lo que es lo mismo, once céntimos de euro. A la consigna de “Bayat po”, las monedas pasan de un viajero a otro hasta el conductor, que con una habilidad inusitada controla la carretera, calcula el pago y devuelve religiosamente los cambios. Al llegar a algún destino se oye “¡Para po!”, y el jeepny sortea coches, bicicletas y niños, cruza la carretera y hace gritar los frenos hasta detener los neumáticos importados. Alguien baja. Y después, continúa la marcha.

    La primera vez que me monté en un jeepny entendí que había cambiado de país, de continente. Luego llegaron las palmeras, las frutas tropicales, el calor asfixiante, el tagalo, el paisaje, las narices sin tabique, el pelo negrísimo. Y todo lo demás. Pero siete meses de convivencia dan para empaparte de todo un país, de una cultura distinta, y para alejarte de todas esas primeras sensaciones físicas, tópicas, a veces tan superficiales e insuficientes, de turista. 

    Vine hasta Filipinas para trabajar con la Fundación Juan Bonal y desarrollar un plan de comunicación en el que mostráramos toda la labor social que realizan aquí. La misión más importante se centra en niños con discapacidad física o mental que muchas veces son abandonados por sus familias. El asiento de un autobús, la puerta de una iglesia o los pies de un contenedor son lugares en los que uno no se imaginaría nunca encontrar un bebé. Por desgracia, son ejemplos reales. 

    Lo que más me ayuda a entender este complicado amasijo de 7.000 islas son los niños. Ellos encarnan a la perfección el espíritu optimista, alegre, provisional, a veces con un punto amargo de irresponsabilidad que une a la mayoría de filipinos. Y precisamente es la felicidad de los niños la que me compensa de alguna forma la visión constante de sus carencias. Desgraciadamente, por todas partes la miseria convive con el día a día de cada región, ya sea en entornos urbanos, escondida entre grandes edificios de oficinas y carteles publicitarios, o en las provincias, hacinada en suburbios fabricados con chabolas. Un enorme estado de 94 millones de habitantes y un desolador índice de pobreza. Uno de los principales problemas es que el crecimiento de la población es desproporcionado a las limitadas oportunidades laborales. Le sigue el altísimo nivel de corrupción política, enquistada en las administraciones regionales con sus centenas de cabecillas, y la violencia. Eso sí, “cuando lucha Pakquiao no se cometen crímenes”, y más que una frase constituye una realidad. El 8 de mayo una Manila silenciosa y vacía anunciaba que el número uno, el orgullo nacional, volvía a jugarse el ansiado cinturón en el ring.


    Un país lleno de riquezas. Pero a veces comparamos nuestro cómodo nivel de vida con lo que estamos descubriendo, e injustamente nos centramos en lo negativo. Por eso también es justo hablar de un país cuya belleza te pega una bofetada nada más bajar del avión. Hay rincones que la vista no se termina de creer; imposible que existan tantos verdes, imposible el fucsia de un cielo a las cinco de la tarde, imposible el fluorescente de algunos peces. Una de las cosas que más me llamó la atención, y que no hace sino aumentar esta riqueza, es la existencia de algunas tribus nativas. Anclados entre la pervivencia de su identidad y el deseado progreso para sus hijos, los mangyanes se mantienen gracias a unas cestas hechas a mano con fibra natural. Esta tribu, dividida a su vez en siete grupos o familias, vive repartida por las montañas del norte de Filipinas, en la zona de Luzón. Una de las misiones de las monjas con las que trabajé tiene precisamente como protagonista a esta tribu. En la isla de Mindoro las sisters dirigen un colegio, un comedor y un pequeño ambulatorio dedicado exclusivamente a los mangyanes.

    Filipinas también se caracteriza por su folclore. Es un país con ritmo propio en el que pocos son los desentonados o torpes bailando. Vayas donde vayas, la música suena y en cada rincón hay un karaoke y alguien dispuesto a usarlo durante horas. El arraigo de esta cultura musical es comparable al de la religión. Con un porcentaje de católicos del 85%, los filipinos son personas muy devotas y es raro encontrar una iglesia vacía. Incluso en los centros comerciales, nunca menos de veinte personas hacen un alto en sus horas de shopping, otro hobbie nacional, para rezar un rato en la capilla del centro. Siempre es el último local en cerrar.