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  • La Mesa de los Pobres

    Texto Javier Echávarri Fotografía Ronja Meier

    La Misión abre sus puertas cada mañana para dar de comer a 500 niños del sur de Etiopía, muchos de ellos enfermos y en estado del malnutrición.

    Al sur de Addis Abeba. La imagen verde de los campos y praderas de la región de Wolayta contrasta con la realidad de sus gentes: muchos niños enfermos y personas vestidas con harapos sucios.

    Dubbo [etiopía]. Cuesta entender que un pueblo de 20.000 habitantes no aparezca en los mapas. Ni siquiera en el popular Google Maps, donde se pueden encontrar los detalles más íntimos de cualquier ciudad del primer mundo. Sin embargo, antes del viaje, a mi mujer y a mí nos fue imposible situar con cierta precisión en el plano de Etiopía la ubicación geográfica de Dubbo. Allí  íbamos a pasar las tres primeras semanas de julio como voluntarios en la Misión Católica de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús. Dubbo está 300 kilómetros al sur de la capital, Addis Abeba.

    El pueblo sí existe. Y lejos de la imagen preconcebida que teníamos de Etiopía, como un lugar seco e inhóspito, la región de Wolayta nos sorprendió desde el primer momento por sus verdes praderas y bosques, y por el color rojizo de su tierra, repleta de campos de maíz, patatas, batatas y bananos. Una imagen casi idílica y desconocida para nosotros, pero que, por el contrario, no iba en consonancia con la realidad de sus gentes: personas vestidas con harapos sucios, y muchos enfermos, sobre todo niños, que deambulaban sin rumbo por caminos sin asfaltar repletos de piedras y desniveles. Pero, sin duda, lo que nos llamó la atención fue la ausencia total de cualquier máquina o aparato que nos recordara que habíamos superado hace ya 200 años el siglo xviii. Parecía un viaje al pasado.

    Dubbo es un pueblo afortunado. La presencia de la Misión desde 1999 ha dignificado mucho las vidas de sus gentes. Cientos y cientos de personas trabajan de manera directa o indirecta para ella, lo que supone una ayuda económica extra que les ha permitido mejorar sus formas de vida. La Misión tiene un hospital, un orfanato, varias iniciativas de ayuda a la mujer, un programa de apadrinamiento a distancia, dos escuelas y organiza en julio y agosto un generoso proyecto que reúne cada mañana a un sinfín de niños a los que se les ofrece un plato de comida caliente.
    Se trata de una de las iniciativas del programa “Crear Sonrisas” (www.crear-sonrisas.com). Dos voluntarias españolas se encargan durante el resto del año y en su tiempo libre de organizar diferentes actividades con las que recaudan donativos para sufragar los gastos de la conocida Mesa de los Pobres: por sólo 1.200 euros se da la oportunidad de comer a mil niños durante los dos meses más fríos y lluviosos del año en Etiopía, lo que supone un alivio para muchas familias en un periodo en el que los colegios están cerrados y, en consecuencia, muchos niños no tienen acceso a la comida que diariamente reciben en las escuelas.

    Las fechas son muy importantes porque si hay suerte para el campo, se producen muchas lluvias en esta época del año. Pero el agua necesaria para los cultivos tiene su otra cara: permite que se cree el mejor ambiente posible para que los mosquitos se reproduzcan y transmitan la malaria sin contemplaciones. Esta enfermedad es la principal causa de mortalidad en la región. Con la Mesa de los Pobres se pretende que, al menos los niños, no afronten las noches con el estómago vacío y puedan defenderse de los ataques de los insectos con algo de fuerzas.

    Dos o tres horas caminando. La Mesa de los Pobres reparte cada día platos de frijoles con maíz. Quinientos niños los reciben los lunes, miércoles y viernes, y otros quinientos los martes, jueves y sábados. No hay ni espacio ni presupuesto para más. Y para muchos de estos niños se trata de un alimento que va a hacer las funciones de desayuno, comida y, si hay mala suerte, cena. Por eso nadie falta a la cita, aunque vivan lejos y llueva mucho. Si no se presentan puntuales en la Misión, se juegan no comer en todo el día. Merece la pena caminar descalzo durante dos o tres horas y sortear todos los charcos que se encuentren por los caminos embarrados. Con esta perspectiva comienza un día normal para estos chicos y chicas que recorren kilómetros y kilómetros para llegar a la Misión.

    Cada mañana, muchas veces agotados y empapados por la travesía que han tenido que hacer, quinientos niños esperan a que se abran las puertas para dar comienzo a la única comida que van a tener en el día. Y en cuanto ven por la puerta al farancha (así nos llaman a los blancos) o a la sister (tal y como conocen a las hermanas de la Misión), hay quienes incluso empiezan a aplaudir, o comienzan a saludarnos emocionados porque saben que la comida está más cerca. Es difícil no emocionarse sabiendo que cada uno de estos platos de frijoles, cuyo precio puede rondar los cuatro céntimos de euro, supone una alegría inmensa para unos niños que, pese al hambre y a las enfermedades que tienen algunos de ellos, siempre son capaces de mostrar una sonrisa como forma de agradecimiento por estar con ellos.

    Es la mayor recompensa que uno puede recibir en Dubbo, el pueblo que no sale en los mapas y uno de los lugares más miserables del mundo: la sonrisa de un niño. Es natural, sincera, honesta, limpia, sin doble sentido… Surge de pequeñas criaturas que para el primer mundo no dejan de ser una simple estadística más de África (en Etiopía se estima que hay seis millones de niños con riesgo grave de malnutrición), pero que en Dubbo tienen nombres e historias propias. Como Dejene, un niño huérfano de nueve años que llega a la Misión apoyado en su bastón por una malformación en su cadera; o Sion, una niña de tres años que cojea ostensiblemente porque un corte en la planta de su pie derecho le impide apoyarlo en el suelo; o también Shitae, una chiquilla de dos años que no se separa de su hermana para no perderse entre la multitud… Y así, cientos y cientos de historias que cada día se dan cita en la Misión con la única intención de comer.


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    Vacaciones en África. Javier Echávarri y su mujer, Ronja Meier, permanecieron tres semanas en Etiopía realizando labores humanitarias.

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