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  • Un estudio con vistas al Pacífico

    Texto y fotografías: Íñigo Resa Garde

    El «sueño americano» de Íñigo Resa Garde [Arq 11] comenzó hace un año. Desde la oficina de Studio PCH, situada en las colinas de Malibú, ha colaborado en el proyecto de tres restaurantes Nobu.


    Los ángeles [california]. Welcome to L.A.! Ésas fueron las primeras palabras que escuché cuando me disponía a cruzar la puerta de entrada a los Estados Unidos, la entrada a lo que se iba a convertir en una aventura que jamás olvidaré. «¿L.A.?», me pregunté, convencido de haber tomado un avión con destino a Los Ángeles. Así son los estadounidenses: cada minuto es oro, y no lo desperdician en nimiedades. Si existe una manera más rápida y eficaz de hacer las cosas, no hay duda de que serán ellos quienes la encuentren.

    Acababa de aterrizar del vuelo más largo de mi vida. Con los pies de nuevo sobre el suelo, trece horas después, me encontré con Luis Tena Omarrementería [Arq 12], un amigo de la Universidad de Navarra que había ido a buscarme al aeropuerto. Y allí mismo comenzó el asombro, la ilusión, la adrenalina bombeando en un corazón que parecía a punto de desbocarse: había imaginado una metrópoli de dimensiones extravagantes, pero lo que vi rebasaba todas mis expectativas. Milán, París, Lima... Grandes ciudades que he tenido la suerte de conocer, aunque ninguna de ellas mínimamente comparable a Los Ángeles. Como si hubiera caído de golpe en una película futurista, dejamos atrás el aeropuerto con forma de platillo volante para adentrarnos en la autopista; aunque aquel caos era más parecido a una vid frondosa, con más de diez carriles entrecruzando sus ramajes y un goteo incesante de vida en ebullición.

    No importa cuántas veces hayas abandonado tu hogar, cuántos países hayas visitado, cuántas culturas hayas invadido con la esperanza de sentirte más pequeño y más grande al mismo tiempo: el hormigueo incómodo pero gratificante que despierta en tus entrañas nunca desaparece. La fascinación y las ganas de vivir que iluminaron mi alma me hicieron consciente de que quería explorar y comerme la ciudad que se extendía ante mí. Necesitaba un coche cuanto antes.

    Así que a la mañana siguiente, a pesar del jet lag y de los primeros síntomas de la añoranza, me puse en contacto con Elías, un hispanohablante que había ayudado a otros españoles en mi misma situación. Nos adentramos en la locura de las subastas de coches de segunda mano. Diferentes vehículos recorrían el stand en cuestión de minutos mientras el vendedor gritaba exaltado. Increíblemente, logré mi objetivo y salí orgulloso de aquel lugar montado en mi preciado «carro», una antigualla en comparación con los lujosos coches que me rodeaban en el trayecto de vuelta, donde Ferraris y Lamborghinis me adelantaban con descaro.

    Una nueva familia en malibú

    Tras las primeras experiencias típicas de los EE. UU., aún me quedaba la más dura de las pruebas de fuego que me aguardaban: debía presentarme cuanto antes en el estudio de Arquitectura PCH, donde trabajo actualmente. No fue más de media hora de viaje a los pies de las montañas de Santa Mónica, flanqueado por decenas de casas salidas de las series de televisión. Al llegar, me apeé del coche con los nervios de punta. Solo la inmensa calma del océano azul que se abría a mis pies consiguió tranquilizarme.

    Las oficinas se encuentran en una de las colinas de Malibú, un pequeño pueblo de trece mil habitantes que cubre la costa californiana a lo largo de unos cuarenta  kilómetros. Aquello era un sueño hecho realidad.

    Una vez en el interior del edificio, la situación no hizo sino mejorar. Los ocho trabajadores de la empresa me recibieron con los brazos abiertos, como si yo fuera un nuevo miembro de su pequeña familia. Una familia un tanto peculiar, ya que cada uno parecía provenir de una esquina del planeta; pero familia, al fin y al cabo. ¿Cómo no considerar parte de tu sangre a personas encantadoras y amables con las que pasas más de diez horas al día, trabajando codo con codo? Porque esa es una parte fundamental del gran sueño americano: jornadas larguísimas y poco tiempo libre.

    Aun así, cada uno de los minutos que dedico a mi profesión es una recompensa: la satisfacción de contemplar tus diseños con personas reales disfrutando de tu trabajo supone una felicidad inigualable. En el año recién cumplido que llevo aquí, he colaborado en la creación de tres restaurantes Nobu, el último en Kuala Lumpur (Malasia), conocidos mundialmente por su excelente fusión de comida japonesa y la privilegiada ubicación de sus locales. Además, cómo no, por el hecho de que uno de sus fundadores es nada menos que el actor Robert de Niro.

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