• Alumni
  • En las trincheras de Bangkok

    Texto Gaspar Ruiz-Canela [Com 02]

    Cuando en mayo de 2010 tuvo la oportunidad de contar la revuelta de Bangkok, se acordó de Kapuscinski y no dudó en hacerlo en primera persona.

    In situ. Una de las cosas que más le sorprendieron fue la cantidad de turistas que seguían los disparos de cerca.

    Bangkok [tailandia]. Cuando la bala perforó el cerebro del general disidente Khattiya Sawasdipol, yo estaba devorando una salchicha de pollo o, quizá, comprando un infame cigarrillo de tabaco tailandés. Hacía tan sólo unos minutos, había estado grabando unas imágenes del paramilitar mientras hablaba con otros periodistas. Sus últimas palabras antes de ser abatido por un francotirador.

    Bangkok, 14 de mayo de 2010. Las protestas antigubernamentales de los llamados camisas rojas entraban en sus últimos cinco días de muerte, humo y espectáculo periodístico. En algo más de dos meses, perdieron la vida 91 personas, incluidos dos periodistas, y más 1.800 resultaron heridas.

    Después de ingerir la apetitosa salchicha, me encendí el cigarro vicioso. Anochecía en el parque Lumpini, donde miles de manifestantes se escondían tras la empalizada de cañas y neumáticos. Primero escuché los disparos de los soldados. Los camisas rojas respondieron con cohetes pirotécnicos y cócteles molotov. El tiro certero resultó fatal para el general Khattiya, también conocido como Seh Daeng (Comandante Rojo). El lugar olía a pólvora y humo.

    Traté de escapar escalando una valla del parque, pero alguien me advirtió de que era peligroso. “¡Nakhao, nakhao!” (¡Periodista, periodista!), repetían. Un camisa roja se encargó de ser mi protector. Con la banda sonora de los cohetes y los disparos, se arrodilló delante de mí, con la mano apoyándose en mi hombro. Tirado en el suelo, me sentí vulnerable.

    Tras descargar el vídeo en la oficina de la Agencia EFE, volví al lugar de los disturbios, en el centro de la metrópoli tailandesa. Los soldados se movían rápido, con sus escopetas de balas de goma y fusiles M16. A unos 200 metros, los manifestantes avasallaron dos camiones cisterna militares con cañones de agua. No podían contener su exaltación y júbilo ante la atrevida hazaña. Escoltaron a cuatro o cinco soldados aterrorizados, hasta fuera de su territorio.

    Contaba Ryszard Kapuscinski en su libro sobre la guerra de Angola, Un día más con vida, que los corresponsales que viven los conflictos son los que menos información tienen. Él observaba con cierta envidia a los barcos fondeados en el horizonte, donde estarían al tanto de las últimas noticias. Pero el periodista polaco prefería poder contarlo en primera persona.

     

    En las trincheras. Al día siguiente, presencié durante más de seis horas una batalla campal entre los soldados y los camisas rojas. Los militares tiraron ráfagas de balas de goma. También con munición real. Los manifestantes disparaban con sus tirachinas y lanzaban cohetes. Yo aproveché las escasas treguas que se concedían para correr de un frente al otro, bordeando las trincheras de sacos y alambre de espino.

    Internet y los móviles han resuelto, en parte, este inconveniente. Cada cierto tiempo, pude consultar los mensajes urgentes que me enviaba al móvil el diario tailandés The Nation. Un camisa roja muerto. Dos, tres. Decenas de heridos, tres de ellos periodistas.

    Los rumores también se contagiaban vertiginosamente en el campamento de los manifestantes, en pleno centro de
    Bangkok. Las motos me pasaban como flechas, mientras los camisas rojas se resguardaban de los francotiradores, reales o no. Corrió la voz de que entraban los soldados. Mujeres con el miedo en los ojos pasaban junto a jóvenes con expresión de rabia desatada e indignación.

    Algo cayó del cielo y provocó un humo verdoso. Unos manifestantes se tiraron sobre uno de sus líderes para protegerlo con sus propios cuerpos. Otros corrían o se cobijaban bajo las mesas o donde pillaban. Los camisas rojas rezaban. Una fila de monjes budistas con túnicas azafrán dirigían la oración desde el escenario, montado frente al centro comercial Central World.

    El 19 de mayo, venció el ultimátum dado por el Gobierno y el Ejército cargó contra los que quedaban en el campamento rojo. Una larga hilera de periodistas avanzaba detrás de los soldados. Algunos comunicadores hacían entradillas de televisión delante de los militares o del cadáver de algún camisa roja. Es cierto que algunos manifestantes estaban armados, pero el Ejército también disparaba al que no lo estaba.

    Estuve a punto de entrar a la zona del campamento con el corresponsal de La Razón y un periodista de la radio catalana. El silencio era abrumador. Unos metros más adelante se escuchaba el eco de música rock. El humo envolvía los raíles del tren elevado. En cuanto los soldados armados con subfusiles de fabricación israelí comenzaron a tomar posiciones y disparar, nos dimos media vuelta. Camisas rojas descontrolados prendieron fuego a decenas de edificios, incluidos la Bolsa de Bangkok y Central World.

    El miedo es irracional. En ocasiones hasta el punto de que no surge cuando lo necesitas, en una situación de peligro. Al fotógrafo italiano Fabio Polenghi lo mataron en el Parque Lumpini. Trató de bordear el recinto para entrar llegar al campamento de los rojos. Pero se vio atrapado entre los dos fuegos. Yo tuve la misma idea unas dos horas antes. Desistí; no porque percibiera el riesgo, sino porque decidí esperar a un compañero. Una de las cosas que más me sorprendieron fue la cantidad de tailandeses y turistas que seguían los disparos a no mucha distancia. Me encontré a una linda joven alemana, de ascendencia egipcia, que grababa con su móvil a dos metros de los soldados que disparaban. Una aguerrida señora tailandesa vendía café y té de su país en un puesto ambulante frente a una barricada de militares. Mientras me servía el té, soltó desafiante: “No tengo miedo, no tengo miedo”.

    El Gobierno declaró el toque de queda y detuvo a los cabecillas de los camisas rojas, acusados de terrorismo. Dispusieron autobuses para la mayoría de los manifestantes, que volvieron a las zonas rurales del norte y noreste. Así acabó esta revolución de campesinos y obreros; aunque no se puede decir que fuera una revuelta de izquierdas, ya que la política en Tailandia se mueve más por facciones que por ideología. Además, los camisas rojas, que buscaban la dimisión del Gobierno, deben su existencia a un ex primer ministro millonario, Thaksin Shinawatra, que vive exiliado.

    Los periodistas también nos quedamos sin los dos minutos de gloria en los noticiarios de todo el mundo. Yo he vuelto a mis crónicas de festivales budistas, monos y exhibiciones de arte. Ahora el único peligro es cruzar algunas avenidas en Bangkok, donde los pasos de peatones cumplen una mera función estética.